miércoles, 9 de septiembre de 2026
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3.2 millones salieron del simulacro, pero ¿estamos preparados para el terremoto?

El simulacro no era para posar: era para comprobar quién está preparado para salvar vidas

Por Cinthia Polanco

yer la República Dominicana hizo un simulacro nacional de evacuación ante un terremoto.

El COE informó que participaron unos 3.2 millones de personas y que se registraron más de 12,500 instituciones, empresas y centros educativos.

Eso luce bien en las estadísticas.

Pero un terremoto no se enfrenta con estadísticas.

Se enfrenta con preparación.

Y ahí es donde quedan muchas preguntas.

Porque evacuar un edificio es apenas una parte del problema.

El propio COE había anunciado que el ejercicio serviría para poner a prueba los planes, la comunicación, la coordinación entre instituciones y la capacidad de respuesta del país.

Entonces hay que preguntar:

¿Estamos realmente preparados para responder cuando un terremoto derrumbe edificios, bloquee carreteras, destruya puentes y deje comunidades incomunicadas?

¿Los organismos de socorro conocen cuáles son los puntos críticos del país?

¿Saben cuáles comunidades rurales quedarían aisladas?

¿Tienen identificados los barrios construidos cerca de ríos, cañadas y otros lugares vulnerables?

Eso no se resuelve haciendo sonar una sirena.

Se necesita conocer el terreno.

Conocer los barrios.

Conocer las comunidades.

Y saber cómo entrar cuando las calles estén bloqueadas por toneladas de concreto.

¿Y los bomberos?

Aquí aparece otra pregunta incómoda.

¿Están nuestros cuerpos de bomberos preparados para trabajar durante horas entre edificios colapsados?

¿Tienen camiones en condiciones?

¿Tienen combustible?

¿Poseen equipos hidráulicos y herramientas para rescatar personas atrapadas?

¿Hay suficiente personal entrenado?

Porque cuando un edificio se venga abajo no habrá tiempo para buscar una herramienta que no aparece o un camión que está fuera de servicio.

El terremoto no espera.

¿Y los hospitales?

Este es quizás uno de los puntos que menos puede quedar en un simple ejercicio de evacuación.

Supongamos que ocurre un terremoto fuerte.

Cientos de personas resultan heridas.

Hay fracturados.

Hay personas atrapadas.

Hay pacientes que necesitan cirugía.

Hay personas con traumas severos.

¿Tenemos suficientes médicos especialistas en trauma?

¿Tenemos enfermeras y auxiliares suficientes?

¿Tenemos ambulancias disponibles y en condiciones?

¿Tenemos medicamentos?

¿Los hospitales tienen capacidad para recibir una cantidad extraordinaria de heridos?

Y una pregunta todavía más seria:

¿Qué ocurre si uno de los principales hospitales también resulta afectado por el terremoto?

Ahí comienza la verdadera prueba.

Los niños también están en el medio

El Ministerio de Educación informó que todos los centros educativos públicos participaron en el ejercicio, junto con las 18 regionales y los 122 distritos educativos.

Muy bien.

Pero ahora viene lo importante.

¿Quién está revisando las condiciones estructurales de esas escuelas?

Porque allí pasan diariamente miles de niños.

No basta con enseñarles a salir corriendo cuando suene una alarma.

Hay que saber si el edificio donde están sentados todos los días puede resistir.

Hay que identificar las escuelas vulnerables.

Hay que corregirlas antes del terremoto.

Después puede ser demasiado tarde.

La Defensa Civil también tiene que ser puesta a prueba

La Defensa Civil debe saber dónde están las comunidades más vulnerables y cuáles serían sus rutas de acceso.

Debe tener equipos.

Personal.

Comunicación.

Logística.

Y capacidad para permanecer trabajando cuando la emergencia dure horas o días.

Lo mismo debe ocurrir con los centros de acopio.

¿Dónde están?

¿Qué capacidad tienen?

¿Están realmente preparados?

¿Tienen agua, alimentos, medicamentos y otros suministros?

¿Quién los administra?

¿Durante cuánto tiempo podrían responder?

Esas preguntas deberían tener respuestas claras antes de que tiemble la tierra.

El simulacro no puede ser una foto

Y aquí está el punto.

Un simulacro no puede convertirse en una actividad para las cámaras.

No puede limitarse a funcionarios saliendo ordenadamente de sus oficinas mientras los fotógrafos hacen su trabajo.

Un terremoto verdadero no tendrá protocolo para las cámaras.

No tendrá discursos.

No tendrá tiempo para posar.

Tampoco preguntará quién es funcionario, quién es jefe y quién es empleado.

Todos estaremos debajo del mismo peligro.

Por eso tampoco se trata de quién sale primero.

Se trata de quién sabe qué hacer.

Y de quién puede ayudar al que quedó atrapado.

Ayer debimos buscar las fallas

El verdadero éxito del simulacro no debería medirse solamente por los 3.2 millones de personas que participaron.

Debe medirse por las fallas que fueron descubiertas.

¿Dónde no sonaron las alarmas?

¿Quién no recibió el mensaje?

¿Quién no participó?

¿Qué edificio no pudo ser evacuado correctamente?

¿Qué escuela tuvo problemas?

¿Qué comunidad no pudo movilizarse?

¿Qué institución no tenía un plan?

¿Qué ambulancia no respondió?

¿Qué organismo descubrió que le faltaban equipos?

Ahí está el verdadero resultado.

Porque si ayer descubrimos que algo no funciona, todavía estamos a tiempo de corregirlo.

Pero si esperamos al terremoto para descubrirlo, ya no estaremos haciendo un simulacro.

Estaremos contando muertos.

La República Dominicana necesita prepararse para un terremoto.

No para la fotografía de un simulacro.

Para el terremoto de verdad.