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Costa de Zafacones vence a la Casa de Alofoke

Por Ramón Peralta
El 24 de abril de 2024, el municipio juramentó a un alcalde pintoresco. Decían pintoresco, pero lo que querían decir era extraño, impredecible, como si la razón misma se hubiera desvanecido, abandonando el cuerpo de un hombre con traje impecable y sonrisa demasiado blanca. Desde la primera semana, la ciudad dejó de ser un lugar para vivir y se convirtió en su reflejo: cada calle, cada ventana, cada mirada debía devolverle su imagen. Gobernar era secundario; la urgencia era mirarse, ser visto, ser aplaudido. La ciudad era un escenario, él, un actor que no distinguía entre el teatro y la vida, entre el absurdo y la autoridad.

Llenó los espacios públicos cercanos a escuelas y clínicas con contenedores hediondos. La peste se deslizaba por las aceras, pegándose a la ropa y al pelo, llenando de náusea los pulmones de los que pasaban. Los niños lloraban con la garganta áspera, los enfermos tosían y se encogían frente al fango oscuro que parecía crecer con vida propia junto a la entrada de la clínica. La corrupción del aire se sentía como un aliento constante que nadie podía apartar.

A veces se presentaba como pastor evangélico, golpeando el pecho con fervor de demonio. Al día siguiente, cerraba la Avenida de las discotecas y bailaba un merengue que nadie había pedido, como si quisiera convencer al mundo de que dos pastores podían dominar cualquier arte, incluso el ridículo, incluso el horror. Criticaba bares con la pasión de un fundamentalista, jurando que el pecado vivía en la música de Chencha. Horas después, ahí estaba él, bailando son, riendo, ignorando la contradicción, ignorando que su seriedad era una máscara que colgaba sobre un vacío. Nadie sabía dónde terminaba el hombre y comenzaba la comedia.

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Se presentó como gerente, pero su administración era un teatro macabro. Frente a la cámara de televisión afirmaba haber pagado todas las prestaciones laborales, mientras ex empleados permanecían encadenados frente al palacio, sus ojos desorbitados y los brazos magullados suplicando justicia que nunca llegaría. En la madrugada, salía de eventos sociales y, como un director trastornado de su propio horror, convocaba a su equipo de comunicación. Llegaban personas vestidas de obreros, y él, impecable en camisa blanca y traje oscuro, sacaba un casco de ingeniero de su vehículo y grababa un video de dos minutos proclamando: “Aquí estamos trabajando de madrugada”. Y cuando la cámara se apagaba, todo desaparecía: los obreros se desvanecían, el equipo se disolvía, el casco se guardaba, y solo quedaba el eco de su teatralidad colgando en las redes como un cadáver sin dolientes.

La ciudad no respiraba, solo imitaba su aliento, lleno de miedo y de olor a contenedores putrefactos. Las calles parecían esperar, quietas y temblorosas, el próximo acto de un alcalde que había transformado el espacio público en un escenario de locura.

Sometía a periodistas que se atrevían a mirar más allá de la máscara de su sonrisa. Los que hablaban de transparencia eran desmandados y se los miraba con ojos de sospecha, se los rodeaba con murmullos, y a veces, se decía que algunos habían comenzado a recibir llamadas nocturnas de hombres sin nombre, preguntando por su casa, su familia, su perro. Mientras tanto, el pueblo ignoraba si los donantes de los contenedores hediondos habían recibido algo a cambio, si alguna sombra de justicia se había posado sobre ellos. Los números del alcalde eran un delirio que se retorcía como cucarachas en las paredes: los ingresos caían un 30% por debajo de lo estimado y nadie podía decir hacia dónde desaparecía el resto. Educación, género, salud: todo devorado por la nómina. Él, vestido de blanco, sonreía mientras el hambre, la ignorancia y el cansancio se acumulaban en los pasillos del municipio.

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Cancelaba a su maestra y le negaba prestaciones, y no era solo indiferencia: era una especie de venganza silenciosa. Tal vez la matemática le recordaba fantasmas, ecuaciones que se torcían en su mente como serpientes y le susurraban errores imposibles de soportar. Ningún cálculo suyo se acercaba siquiera a lo estimado. Sus manos parecían limpias, pero el aire a su alrededor olía a algo podrido, a cuentas que se comían a sí mismas.

Se escondía detrás de un contralor que no había sido nombrado por concurso, una figura inquietante, un pedazo de carne con ojos que seguían cada movimiento. Si alguien preguntaba por qué no había concurso, él se retorcía en su traje de pastor, hablaba con voz temblorosa, fingiendo locura, y escondía en el pecho su carnet de sinvergüenza como si fuera un corazón negro y palpitante.

Su segundo al mando denunció la quiebra de la cooperativa. El caos se desató como un vómito en los pasillos: empleados-socios corrían de un lado a otro, con ojos llenos de miedo y desconfianza, sin comprender que la raíz del desastre estaba en la mano que gobernaba la ciudad. El palacio municipal era un espectáculo grotesco: un show de luz y sombra, un escenario donde la Casa de Alofoke parecía un parque infantil comparado con la podredumbre que allí se respiraba.

El alcalde quería controlar la cooperativa a través de su mano derecha. Desde la alcaldía la asfixiaban con competencia desleal por medio a ferias de préstamos, comedores con descuentos por nómina, ferias de muebles y electrodomésticos. Nadie sabía quién ganaba. Nadie sabía quién perdía. Retenía el dinero de los socios durante semanas, meses, mientras el Decreto 1498-71 exigía que los fondos se transfirieran en 48 horas. Lo que alguna vez fue salvación, desde 2009, se convirtió en dolor de cabeza y pesadilla constante.

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La ciudad entera parecía un Macondo maldito, donde la realidad se mezclaba con un hedor permanente. Sus calles eran ríos de aguas malolientes y féretros podridos. Mercados ignorados, cementerios invadidos por la maleza, donde los muertos no podían descansar, y el aire olía a humedad, descomposición y abandono. Todo gobernado por un narcisista que había convertido los zafacones pestilentes en marca ciudad, en símbolo de su grotesca teatralidad. El palacio municipal ya no era un edificio: era un teatro de locura, un escenario donde el absurdo se vestía de autoridad y la miseria se disfrazaba de espectáculo.

La Casa de Alofoke, con sus dramas estudiados y sus cámaras omnipresentes, parecía un juego de niños comparada con el palacio municipal de Macondo. La costa de zafacones, hedionda y omnipresente, se había convertido en un escenario más poderoso que cualquier reality. Lo inmoral, lo absurdo y lo ridículo reinaban sin cámaras que los suavicen, y la ciudad entera era el público obligado, atrapado en un espectáculo donde la miseria, la corrupción y la estupidez ganaban sin apelación.

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