
Por Felipe Castro
Desde la familia, como principal célula social, hasta el Estado, existe la simbología del poder. En la familia el poder se manifiesta a través de la autoridad patriarcal, cuyas normas devienen de los usos y costumbres. Sin embargo, la simbología del poder del Estado, se manifiesta en una autoridad delegada por sus ciudadanos, derivada de rituales, como el discurso, las propuestas de soluciones a problemas, afín de crear estructura de dominación y obtener la obediencia de las masas.
No se trata simplemente de la fuerza física, sino de la capacidad de influir en las ideas, creencias y percepciones de las personas para que acepten y respalden el orden social existente.
El agotamiento de la obediencia social, por el hartazgo de la demagogia estatal, deriva en la creación de un vengador social como alternativa a las repuestas eternamente incumplidas a la sociedad en toda su vida..
Nicolas de Maquiavelo dijo que; “Si los cerdos pudieran votar, el hombre que trae el balde de comida sería elegido una y otra vez sin importar cuántos de ellos hayan sacrificado antes. El poder no se gana con justicia ni con mérito, se gana con la ilusión de que estás alimentando las necesidades más básicas del pueblo. Las masas no eligen con la cabeza, eligen con hambre, con miedo y con la promesa de una ración”, agrego yo, con la retórica perpetua de proporcionarle un estado de bienestar; nave que al final de cuenta aterrizará en el aeropuerto de la ilusión.
Este pensamiento despectivo y sabio a la vez, es un verdadero axioma basado en la práctica sociopolítica del común, poseídos con la mentalidad de países subdesarrollados o en vía de desarrollo, en la que su prioridad es llenar las necesidades mínimas para su sobrevivencia, acomodado con una patología mental dirigida a que, sino llena su propósito de su penuria, se conforma con una simple promesa o expectativa demagógica del poder o del designio de la deidad suprema celestial.
Para romper este fatal esquema social, es necesario elegir un político de excepción con principio ético verdadero, de encanto sabor a miel, talentoso y, sobre todo, con una humildad sin poses, que sea capaz de enfocar desde el poder esos atributos para romper el fatalismo que péndula entre lo ideal y lo fatal, en tanto que, la promesa es una constante que gira de periodo en periodo electoralmente en su propio eje, sin resultado, algunos, llevando al elector a aferrarse a la voluntad del altísimo esperando que le soluciones a sus necesidades ilusoria producto de su inconsciencia.
Imagen de José Francisco Peña Gómez, Joaquín Balaguer y Juan Bosch, los lideres políticos dominicanos que representaron ideologías en la República
Dominicana.
En los años de vida democrática de la existencia de nuestra República, han gobernado diferentes partidos políticos, que en sus orígenes estaban ideologizado, pero que al desaparecer sus lideres, se desideologizaron convirtiéndose en maquinarias electorales abrazando el clientelismo en menosprecio de las ideas.
Uno de los artes de la filosofía es saber esperar pacientemente con la eficiencia de la inteligencia emocional, para no contrariar el principio constitucional del periodo electoral, quien irrespeta la norma fundamental del Estado, desde un pedacito de poder mancillara los derechos del ciudadano si alcanza el poder absoluto.
