Por Ramón Peralta
adie va al cine con la intención de sacar un manual de estrategia electoral de la película, El diablo viste a la moda. La mayoría llega por los tacones, las pasarelas y esa editora de moda que parece disfrutar haciendo sentir a todo el mundo diminuto. Pero hay quienes, después de años pateando calles en campañas y escuchando discursos en la cabeza del puente, descubren que debajo del brillo y las risas hay una radiografía de la psicología colectiva que vale más que cualquier análisis político tradicional.
La película, estrenada en 2006 con Meryl Streep al frente, sigue viva no por los vestidos que desfilan en pantalla, sino por lo que se esconde debajo. Dos décadas después, todavía funciona como un manual no escrito para quien quiera entender cómo se manda sin levantar la voz, cómo se domina sin explicaciones y cómo se sobrevive cuando el tablero cambia de un segundo a otro.
Miranda Priestly no grita, no persuade, no se justifica ante nadie. Su autoridad simplemente existe, y quienes la rodean lo saben antes de que abra la boca. En política, esa clase de presencia pesa más que todas las bocinas del gobierno de turno.
Al poder no le importa lo que sabes si no entiendes sus códigos. Andrea lo aprende cuando deja de juzgar y empieza a observar. En campaña, si el candidato llega a un barrio a imponer su relato sin escuchar el que ya existe, perdió antes de empezar.
Andrea cambia. Habla distinto, camina distinto, piensa distinto. La metamorfosis clásica de todo estratega es recortar bordes, suavizar gestos y construir una versión más digerible del personaje.
Pero ahí está la trampa. La película advierte algo que en el camino hacia la eficiencia se pierde identidad. Y cuando eso ocurre, el electorado lo huele antes de poder explicarlo, y el candidato cae sin entender por qué fracasó.
La política, como la moda de Miranda, tiene un idioma propio que no se aprende en ningún posgrado. Se aprende en la calle, en Katanga, en Los Tres Brazos, en las bancas de pelota y en los salones de belleza, donde las mujeres deciden sin saber exactamente qué están decidiendo y los hombres aprueban candidatos como quien firma un contrato sin leer la letra pequeña. Ese idioma vive en la mirada del votante que todavía no se ha vendido ni convencido, esperando, sin saberlo, que un candidato lo engañe con una mentira verdadera.
El buen asesor no fabrica personajes. Acompaña a encontrar una versión mejor de lo que ya existe. Parece lo mismo, pero no lo es. En esa diferencia se ganan o pierden elecciones.
Hay una escena como la del suéter, que explica mejor que cualquier manual el poder de agenda. Andrea cree elegir. No elige. Lleva puesto el resultado de decisiones tomadas años atrás por una élite invisible. En política pasa igual y la gente cree pensar por cuenta propia, cuando muchas veces solo repite lo que alguien sembró antes.
En la película se confirma que nadie te dice qué pensar, pero sí sobre qué pensar. Y con eso basta. Los temas se imponen, desplazan otros, moldean percepciones. Una crisis, una guerra, incluso apresar a un presidente impopular en otro país para tapar un escándalo que trae basura del pasado que contamina el presente, todo puede servir para mover la conversación. Nada de lo que dice o hace un presidente es espontáneo.
Por eso, quien aspire al poder necesita construir su propia agenda. No reaccionar, sino imponer cada semana su tema. Si no logra ser el primero, que al menos sea uno de los contenidos de conversación. El que aspira a subir no sigue la agenda mediática del adversario; marca su propio paso.
En París llega el momento clave. Miranda está acorralada. Hay conspiración, relevo en marcha, cuchillos bajo la mesa. Y ella no discute. Mueve piezas, sacrifica a los suyos y usa a Andrea sin que esta lo entienda. Sobrevive, porque el sistema no premia la lealtad. Se protege a sí mismo.
El diablo y el candidato ganador siempre visten a la moda, porque la moda en política significa leer la mente del votante y provocar que ellos, sin darse cuenta, pongan de moda el traje que, en esa campaña, lleve el candidato que sepa decir la más honesta de todas las mentiras que se expresen en esa campaña electoral.
Tal vez esta reflexión de Semana Santa no iluminó mi mente, sino que confirmó una forma de locura. Sostener, que una vieja película de revistas y ropa contiene claves para entender la política en el 2026 no parece lucidez, sino la locura de un hombre de 61 años que empieza a perder el juicio… o peor aún, que ya lo perdió y aún no se da cuenta.
