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EE.UU, condicionados para elegir entre lo malo y lo peor

Por José Vásquez Romero
Hoy día 8 de noviembre se realizan las elecciones en el país más poderoso del planeta: Los Estados Unidos de Norte América, (EE.UU). En ése certamen, los/as votantes elegirán entre la candidata del Partido Demócrata, Hillary Clinton, y el candidato del Partido Republicano, Donald Trump, según revelan las encuestas. Ambos portadores de un pésimo perfil, para satisfacer las necesidades y expectativas de un pueblo cuya formación social lo mantiene entrampado entre dos opciones destinadas a reproducir los valores que reafirmen el status quo.

  • Hillary Clinton y Donald Trump al “desnudo” en las calles de Nueva York

Ahora bien, si las circunstancias históricas fuesen distintas, los/as ciudadanos/as optarían por candidatos/as ideales, que superan significativamente a los favorecidos por las encuestas en el actual proceso, en términos de las posibilidades de cambio. Pero la anglosajona es una sociedad conservadora que, prefiere no arriesgarse con ofertas novedosas, como la que representó por ejemplo Bernie Sanders, también del Partido Demócrata, así con una vastedad de opciones frescas, muchas de las cuales son superiores a las que tienen posibilidades reales en el día de hoy.

Además, los Estados Unidos de Norte América mantiene vigente uno de los sistemas electorales más inequitativos y anacrónicos del mundo, el cual se configuró en el contexto de la Independencia, en el último cuarto del siglo XVIII. Es decir, en ése modelo electoral, la representatividad de los votantes reviste un carácter cualitativo y no cuantitativo, como debería ser. Por ejemplo, un estado tan pequeño como Myoming, con una población de apenas 192,000 habitantes, posee las mismas prerrogativas electorales que un estado gigantesco como California, cuya población sobrepasa los 39 millones de habitantes.

DONALD TRUMP EN UNA SOCIEDA MULTIÉTNICA.

El candidato republicano ha desarrollado un estilo de campaña que asusta a los distintos grupos étnicos distintos a los anglosajones. La agresividad retórica del candidato está asociada a dos factores fundamentales: primero, su temor a que la mayoría blanca sea superada y desplazada en términos electorales por una población de origen hispano y afro-descendiente, cada día más creciente; y segundo, presentarse como la negación de los valores que representa Hillary Clinton desde el punto de vista de la moral pública que, él le cuestiona, y cuya estrategia ha dado señales de otorgar grandes posibilidades a un candidato al que, al principio se le suponían probabilidades mínimas.

Trump tiene un pasado y un presente caracterizado por una mentalidad y una conducta racista. Según revelan las fuentes, en 1973, durante el gobierno de Richard Nixon, mientras presidía la empresa familiar de bienes raíces propiedad de su padre, ejecutaba decisiones discriminatorias en perjuicio de los negros, frente a los cuales dicha empresa tenía una política excluyente. Por lo que, cuando una persona de “color” requería una vivienda en alquiler, se le decía que no había disponibilidad. Tal comportamiento fue llevado a los tribunales por lo que Trump fue sancionado judicialmente.
La sociedad estadounidense nació dividida entre anglosajones, afro-descendientes e indígenas, los cuales fueron víctimas de un proceso de exterminio que los redujo a su mínima expresión desde que, en el primer cuarto del siglo XVII arribaron a Norteamérica los colonos anglosajones. A pesar de que, antes que estos, llegaron al Puerto del Río Hudson los Holandeses y le llamaron a aquella ciudad Nueva Ámsterdam, junto al primer inmigrante no nativo de origen dominicano, Juan Rodríguez, quien permaneció desde el año 1613-1614 conviviendo con los indígenas del actual Nueva York.

Incluso, de resultar ganador de las elecciones éste podría alentar a sectores racistas que ven a las distintas minorías étnicas desdeñosamente, específicamente a los negros. Ya él ha venido evidenciando los graves prejuicios, que tiene contra los hispanos.

De manera que, si éste candidato logra suficiente aceptación para pasar como primer mandatario de aquél país, surgiría más envalentonado aún, y colocaría a esa sociedad en un mayor grado de confrontación que antes. Ya son innumerables los casos de abusos que, por razones de discriminación racial ha experimentado la gran nación. Para solo citar un ejemplo, recuérdese lo ocurrido en Baltimore en el año 2014, cuando debido a un acto de excesivo abuso policial contra un negro se produjeron levantamientos que trastornaron la vida de aquella ciudad.

En la ocasión, las reacciones violentas de la comunidad afro-descendiente en la Ciudad de Baltimore del estado de Maryland, ante la muerte aún un negro bajo custodia policial, constituyeron un enorme desafío para las autoridades estatales y federales. Pues aquél no fue un acontecimiento aislado, sino que venía a sumarse a otros hechos provocados por causas similares en la Ciudad de New York y otros estados de la Unión Americana, donde los abusos policiales han llegado por ejemplo, al extremo de disparar por la espalda a simples infractores de las leyes de tránsito, como es el caso del que fue testigo circunstancial un joven dominicano de nombre Feidín Santana. Este observó, cómo el agente policial Michael Slager ejecutó de varios disparos por la espalda a Walter Scott, quien huía de la persecución policial, por temor a ir a la cárcel, pero que por estar desarmado no representaba peligro alguno, según sostuvo el abogado de la familia del negro asesinado.

Los acontecimientos de Baltimore constituyeron una verdadera rebelión en la que, ciudadanos de diferentes edades, mayormente jóvenes y adolescentes, irrumpieron contra las fuerzas policiales, dejando un saldo de 144 autos, y 15 edificios incendiados y/o destruidos, entre otros daños, entre los que se cuentan numerosos policías heridos.

Si los poderes políticos, jurídico-legales, y fácticos del Estado norteamericano tuviesen plena conciencia de la raíz de tan mayúsculo problema, así como de las inexorables consecuencias que desencadenará, procederían con la urgencia, la prudencia y la sensatez que exige el fenómeno social vinculado a la discriminación étnico-racial, en aras de prevenir males mayores.

Por ello es incomprensible que un gobernante, portador de las luces que se le suponían a Barack Hussein Obama, galardonado incluso con el “Premio Novel de la Paz” criminalizara aquellos hechos, mostrando así una supina ignorancia, además de una evidente falta de conciencia histórica sobre los orígenes del conflicto.

Además, criminalizar las justificadas protestas era “echarle leña al fuego”, pues no se trataba de un fenómeno meramente jurídico-legal, sino de un problema de carácter profundamente histórico- social y étnico-cultural; en el que estaba implicado el espíritu y el sentimiento más genuino de justicia. Pero no de la justicia formal y sesgada que proveen los tribunales, sino de la justicia inherente a los derechos ancestralmente negados a los grupos afro-descendientes, cuyo origen esclavo los ha excluido del acceso, en igualdad de condiciones, al usufructo de las riquezas materiales y espirituales de aquel rico país; y que constituye la matriz fundamental del conflicto étnico-racial, que se reproduce cada vez con mayores dosis de odio e intolerancia.

Ahora bien es preciso recordar que, Obama no es un afro-descendiente por vía esclava, sino un estadounidense hijo de un inmigrante keniano y una anglosajona. Esa condición hace una clara diferencia entre el trato dado a éste a distinto a lo ocurrido por ejemplo con Martin Luther King, víctima de la intolerancia y del miedo racial.
La estadounidense es una sociedad “adoctrinada” para el odio y la exclusión más irracional, contra los segmentos poblacionales de origen africano; y de estos en contra de los segmentos de origen anglosajón. Con la agravante, en lo respecta a los afroamericanos de que, su odio ha sido aprendido e inducido por un régimen oprobioso, que no les ha dejado históricamente otra alternativa que defenderse de sus verdugos.

De forma que, el Estado Norteamericano tiene una enorme deuda histórico-social con los referidos sectores marginados y segregados, víctimas de un sistema de “Apartheid” implícitamente establecido, y que constituye un brutal atentado contra la razón, en una sociedad que realizó una paradigmática y sangrienta Guerra de Secesión en la segunda mitad del antepasado siglo XIX. Abraham Lincoln jamás imaginó que su sacrificio sería en vano, pues 152 años después del triunfo formal de su causa como líder de dicha Guerra antiesclavista, los desgarramientos interraciales, mantienen la misma esencia que provocaron la confrontación Norte-Sur, y que condujo a la abolición de la esclavitud en el año 1865.

Por tanto, la intelectualidad estadounidense sensata encara estos problemas con ponderable objetividad. Por ejemplo George Novack, en su obra, Cinco Siglos de Revolución Burguesa, sostiene que los Estados Unidos tiene una deuda social acumulada con la comunidad de origen africano. Afirma éste investigador de orientación marxista que, la sociedad norteamericana se aboca a una tercera guerra, ya no para abolir la esclavitud, sino para erradicar las injusticias que, representa la discriminación racial. Es evidente que la clase dominante de aquel enorme país ignora, las que a mi juicio, son expresiones proféticas por parte de Novack. La “embriaguez” que produce la opulencia del poder político, económico y social en la oligarquía estadounidense, impide que esta pueda ver objetivamente los inescrutables e inexorables peligros que asechan el mantenimiento indefinido de los irritantes privilegios que humillan y denigran a las mayorías.

Una sociedad como la anglosajona, dominada por una élite acostumbrada al abuso como adicción, es imposible que pueda mirar más allá de sus mercuriales intereses, para prevenir el desenlace apocalíptico que podría provocar una tercera rebelión, por los derechos humanos más inalienables, y que si no se ha producido, es porque las circunstancias no están lo suficientemente maduras, además de que no ha surgido el liderazgo con el arraigo y las luces requeridas, para encabezar un proceso revolucionario, que cambie de raíz aquellas estructuras inhumanas; y si ha surgido, como es el caso de Martin Luther King, dichas luces han sido apagadas mediante el asesinato del que fue víctima.

Es evidente que la crisis social que sacude los cimientos de ésa sociedad de origen multi-étnico, está a punto de estallar, pues el cáncer que implican las desigualdades más profundas que la caracterizan, ha dañado órganos vitales de su cuerpo enfermo. Con posibilidades de hacer una metástasis, que la conduzca a la muerte inevitable y catastrófica, dando origen a una nueva “criatura” político-social, garantista de un nuevo orden económico, y jurídico-legal, que repercutiría más allá de las fronteras imperiales. Dado que las ondas expansivas del desplome del imperio, provocarían un estremecimiento planetario de repercusiones ultra-continentales.

La aparición de un personaje como Donald Trump en el presente escenario, lejos de verse como distanciamiento de los propósitos de emancipación de los sectores oprimidos de ése país, debe ser vista como el augurio de acontecimientos insospechados a favor de las mayorías, dado que le hecho de que la sociedad tenga que fijarse en un candidato como él, es porque no le quedan opcionales viables y válidas. Además a Hillary ya se le conoce por sus frutos, y se sabe qué es capaz de hacer desde el poder.

Trump es un producto histórico, social y cultural.

Entonces, las manifestaciones de violencia, a las que se hace referencia en la presente reflexión, articulan con los matices violentos del discurso de Trump. Además, son el fruto del cansancio y del agotamiento de las distintas energías, de los agentes que dan sustento a un sistema que amenaza con hacer implosión; ante su incapacidad para dar respuesta a los problemas que ha creado. USA es la sociedad que acumula las mayores riquezas del Mundo, pero es la vez una de las que registra mayores niveles de desigualdad e inequidad social.

Además, para comprender a Trump, es preciso entender que, la experiencia revela que aquellas sociedades en las que las relaciones de producción arrojan resultados diferentes, en términos de la integración de las clases sociales; proceso en el que por ende, se han incubado diferencias sociales estructurales profundas, también se ha desarrollado concomitantemente el prejuicio socio-cultural y étnico-racial de las más variadas gamas y tintes; engendrando como resultado más nocivo, el sentimiento racista en cuestión.

Este sentimiento ha evolucionado, y se ha enquistado en la sociedad, adquiriendo categoría ideológica. Es en tal sentido que, Marvin Harris compara dos modelos de sociedades con potencialidades ecológicas similares en términos de las riquezas de sus medios: los Estados Unidos de Norteamérica y Brasil.

De manera que, la comparación de los procesos históricos de ambas naciones, como determinantes del racismo prevaleciente en EE.UU. y el multiculturalismo o tolerancia racial en Brasil, toma en cuenta varios factores: 1) mientras en Estados Unidos prevaleció en su génesis colonial el cultivo de algodón y tabaco, en Brasil el cultivo principal fue la caña de azúcar. 2) el proceso migratorio desde la súper poblada Inglaterra estaba basado en grandes contingentes de labradores y leñadores; mientras que, desde el escasamente poblado Portugal, procedían solo aventureros y hacendados en reducidos grupos. 3) entre los colonos ingleses, la proporción entre los dos sexos estaba casi equilibrada, mientras que la proporción entre los sexos de colonos portugueses favorecía significativamente el sexo masculino, por lo que el proceso de mestizaje fue mayor que en Norteamérica, al requerir mayor cantidad de mujeres negras, tanto para la procreación como para los servicios sexuales.

No obstante, aunque en ambas colonias hubo mestizaje, el trato dispensado por los blancos de ambas países a los mestizos fue extremadamente distinto. Los brasileños, entre quienes no había blancos pobres, cedieron la crianza del ganado a los mulatos; así como la agricultura de subsistencia y demás servicios y actividades productivas, necesarias para el mantenimiento de las plantaciones azucareras; los norteamericanos en cambio, dejaron esas funciones en manos de los blancos pobres. Esto trajo como consecuencia que, mientras en Brasil los mulatos y los libertos colonizaron el interior del país, en el Sur de los EE.UU., los mulatos, o mantuvieron la condición de esclavos, o fueron expulsados hacia los estados del Norte del país. Otro factor favorable a la integración racial en el Brasil, en contraste con la segregación y exclusión típica de los EE.UU. fue que, mientras en Norteamérica había 3 blancos por cada mulato, en Brasil había solo 1 blanco por cada 3 mulatos o negros, es decir, había una distribución inversamente proporcional en términos étnico-raciales, en las dos colonias.

Además, la esclavitud perdió impulso en Brasil, en razón de la pérdida de mercado del azúcar de caña, que era la base económica de este país; mientras que el algodón, base económica de EE.UU. seguía siendo un negocio lucrativo, lo que se traducía en el mantenimiento de la esclavitud. Los esclavos de los Estados Unidos fueron emancipados luego de una cruenta Guerra Civil; mientras que los esclavos brasileños fueron liberados mediante un decreto imperial, después que toda la economía esclavista había caído, y había millones de mulatos y libertos por todo el interior del país. Mientras que, en los EE.UU. los esclavos obtuvieron su libertad, tras encarnizados combates con una implacable mayoría blanca con la que tenían que competir para obtener tierra y trabajo.

En definitiva, los EE.UU. ha desarrollado un conflictivo sistema de dos castas, donde los cruces entre blancos y negros o mulatos generan automáticamente una categoría de negro, de acuerdo con una rígida regla de filiación; mientras que Brasil no tiene regla de filiación, y en cambio, tiene una amplia gama de variedades que configuran un sistema multirracial.

Esperemos pues que, la sociedad estadounidense se reencuentre con su verdadero destino histórico; un destino que desgraciadamente tiene funestos antecedentes de sangre y de dolor; mientras que, el presente se manifiesta con la profundización del odio generalizado contra todo lo que no sea anglosajón, por parte del candidato Trump que, al igual que a la candidata oficialista o demócrata hay que esquivar; lo ideal sería que el electorado no escoja entre lo malo y lo peor, sino entre los mejores que, están disponibles en la boleta electoral.

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