Opiniones

La sociedad repetida, la sociedad del odio

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Actualizado el: 26 noviembre, 2020 - 11:34 PM (-04:00)

Por: Valentín Medrano Peña

Todos los circunvecinos fueron informados del sacrificio que tendría lugar. El rumor corrió como humo de yet indetenible que llegó a cada oído de los pobladores. No existían noticiarios ni redes sociales, la manipulación de la información era absolutamente particular, personal.

Un gran alboroto causó la noticia. La alegria de las buenas gentes nobles por el anuncio, convocaba a aquel acontecimiento luctuoso, a ese sacrificio público para el público. Ocurrió que un pretendido; con ínfulas de creerse Dios, autodenominado hijo del padre creador, aquel que habría de llegar, ¡iluso!; pagaría por sus delitos con la peor de las muertes.

¡Cuán gozosos se veían todos, cuánta alegria por esa justa acción! La justicia tiene un dulce sabor a complacencia.

Aplaudieron la sentencia, el martirológio y la crucifixión. Las justificaron como a la esclavitud y dominio que ejercían sobre ellos los verdugos del Cristo.

Aquella sociedad fue el ejemplo de injusticia en que se asentaron las enseñanzas de derecho posteriores y las doctrinas cristianas de expiación tanto del pecado original como de aquel pecado intermedio. Pero no aprendimos, no hay una sola diferencia entre las actitudes de aquella sociedad sedienta de sangre, que gritaba a viva y presencial voz, “crucificadle, crucificadle, crucificadle” en pos de ese acto de barbarie e injusticia, y la que hoy, desde las redes y los medios y encuestas pide que la liquida sangre sea derramada en sede judicial, y que las cabezas taladas sirvan de sacrificios, de preseas exhibidas en las paredes y muros infernales de esta sociedad repetida respecto de aquella tristemente inolvidable.

No es que se quiera régimen de consecuencias y se respeten las reglas para la determinación de responsabilidades, para el bien de todos piden muertes, pero la muerte de uno es la muerte de todos en parte. Repetimos como sociedad, con sentimiento de justificación, las acciones que definimos como delitos en particulares. Nos ciega el odio, nos mueve el deseo maximizado de venganza.

Venganza, venganza, venganza e intolerancias, llamadas con otros nombres y escondidas bajos miles de justificativos.

Los líderes de opiniones no lo son de aportes y propuestas en favor de la humanización, de procurar acrecentar la bondad, la civilidad y el amor, los son, los que más odio pueden imprimir a sus palabras, los que más abominación demuestran por las aciones de presuntos alejados de las normas sociales a los que acusan, juzgan y condenan constituyéndose en un todo conjugado de fiscal-juez.

La sociedad peligrosista, policiaca, de likes a cambio de muertes morales, de sumarse y permitirse ser dirigida al odio desde el odio.

Preferimos llenar las cárceles de personas que las iglesias de feligreses o las escuelas de alumnos. Lo primero da satisfacción, lo otro nos enseña a ser lo primero.

Es la sociedad del odio, de las condenas, de la injusticia y de la sanción social a cargo de millones de jueces que siguen las directrices y abrevan en los criterios de unos pocos jurídicamente iletrados, pero preñados de la osadía y necedad que los plega a sus prejuicios y desconocimientos.

Jodidos estamos, y abrimos los ojos muy lentamente, cuando ya somos víctimas del popular populismo, pero ya es tarde.

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