
Por Ramón Peralta
a muerte del Papa llegó a Roma sin anunciarse, como llegan las cosas que ya todos esperaban pero nadie quería nombrar. En los pasillos del Vaticano, el silencio era distinto esa semana, más denso, y los cardenales de rojo caminaban con ese aire de quienes saben que vienen días difíciles. Entonces comenzó el cónclave.
Las puertas se cerraron y el mundo quedó afuera. Adentro quedaron los príncipes de la Iglesia, las velas, y esa atmósfera particular donde la fe y la ambición resultan casi idénticas.
El cardenal Lawrence fue escogido para dirigir el encierro. Era un hombre de maneras serenas, de esos que repiten con paciencia que no aspiran a nada, pero más fascinado por el poder que Balaguer. Decía que había venido únicamente a garantizar la limpieza del proceso, a cuidar que el odio no dividiera lo que quedaba de unidad en la Iglesia. Algunos no le creían del todo, pero tampoco nadie podía señalar el momento exacto en que estaba mintiendo.
Hablaba mucho, pero escuchaba más. Y mientras más insistía en que no quería el cargo, más confianza le tenían los cardenales que ya estaban hartos de las intrigas de Roma. Fue construyendo, voto a voto, una autoridad que nadie le había visto buscar.
Frente a él estaba Tedesco, un italiano duro, conservador, de los que piensan que el desorden se resuelve con mano dura. Sus seguidores lo defendían con fervor. Pero Tedesco tenía el problema de los hombres que inspiran admiración y miedo al mismo tiempo y es que los moderados lo necesitaban lejos.
Lawrence lo sabía. Por eso empujó discretamente la candidatura de Fellini, antiguo secretario del Papa muerto. Fellini tenía el perfil lógico para sucederlo, y los progresistas lo adoptaron con entusiasmo. Mientras tanto, en cada ronda de votaciones aparecían uno o dos sufragios inesperados a favor del propio Lawrence. Votos tímidos, casi clandestinos.
Cada ronda debilitaba a Fellini y fortalecía al hombre que decía no querer el poder.
Después surgió un peligro inesperado cuando un cardenal africano comenzó a crecer con rapidez. Su figura despertaba algo parecido al entusiasmo genuino, y eso es exactamente lo que más incomoda a quienes manejan el poder con paciencia. El bloque conservador sintió que el terreno se movía.
Entonces apareció la miseria humana de siempre. Una mujer fue traída en secreto hasta Roma para acusar al cardenal africano de haber tenido un hijo con ella. El escándalo cayó sobre el cónclave y muchos dudaron; otros fingieron indignarse. El candidato entendió que aún no estaba derrotado y decidió abrir la boca para defenderse.
Fue a ver a Lawrence. Y Lawrence, el árbitro sereno, el hombre sin ambiciones, le pidió que renunciara por el bien de la Iglesia. Así cayó otro adversario.
Poco después empezó a recibir votos Benítez, el último cardenal en llegar, un hombre que casi nadie conocía, venido de tierras donde la guerra había dejado marcas que Roma no sabe imaginar. En la primera ronda apareció un voto a su favor. Algunos rieron. En la segunda, dos más. En toda asamblea humana hay quienes votan por burla, otros por rebeldía y algunos simplemente porque el nombre en el papel les pareció indefenso como si votaran en blanco. Nadie le prestó atención.
Lawrence seguía creciendo. Para entonces los progresistas habían abandonado a Fellini y veían en el organizador del cónclave al único capaz de detener a Tedesco. La estrategia era perfecta.
Entonces ocurrió la explosión. Los vidrios temblaron. El sonido recorrió los muros del Vaticano y durante unos segundos todos comprendieron que el odio del mundo de afuera también podía entrar ahí.
El miedo cambió el clima de la sala. Tedesco habló primero, con esa dureza que sus seguidores llaman convicción. Pronunció un discurso cargado de rabia contra el mundo moderno. Hubo quienes lo aplaudieron y hubo quienes pensaron que aquella voz no venía del odio.
Y sorprendentemente habló Benítez. Sin elevar la voz. Sin atacar a nadie. Habló de pueblos destruidos, de niños sin pan, de iglesias vacías en medio del desierto. No prometió nada. Solo describió lo que había visto.
Mientras hablaba, muchos comprendieron que Lawrence no era el verdadero candidato. El Papa muerto había preparado esa jugada desde antes de morir.
Conociendo las luchas brutales de poder dentro de la Iglesia, había entendido que cualquier sucesor visible sería devorado por las facciones antes de llegar al trono.
Por eso mantuvo a Benítez lejos de Roma, alejado de las intrigas, dejándolo crecer de manera anónima en un lugar donde la política vaticana no llega.
Lawrence lo comprendió tarde. Había jugado con destreza contra hombres vivos, sin advertir que el adversario más peligroso llevaba meses muerto.
Y así, en aquella sala cerrada donde tantos creían mover los hilos, terminó imponiéndose la voluntad del ausente. Porque a veces la política no la gana el más fuerte ni el más calculador, sino el que logra encarnar algo que la gente necesita creer.
Esa película Conclave me recordó la Convención Nacional Republicana de 1920. Allí había dos candidatos fuertes, sostenidos por delegados que no querían ceder.
Durante diez rondas el poder quedó bloqueado, hasta que el cansancio de la convención abrió paso a Warren G. Harding, un senador que casi nadie tenía en cuenta y que terminó ganando con comodidad.
También recuerda el caso de Ernesto Zedillo en México en 1994, y el escenario dominicano después del Pacto por la Democracia. Muchos creían que las elecciones de 1996 era solo una formalidad para juramentar a José Francisco Peña Gómez como presidente, pero mientras el país miraba hacia los grandes nombres, fue creciendo Leonel Fernández, un joven que pocos imaginaban como presidente y que terminó convirtiéndose en el último mandatario dominicano del siglo XX y en el primero en recibir el nuevo milenio como presidente de todos los dominicanos.
