sábado, 25 de abril de 2026
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Juan López culpa a Juancito y a Robert Vargas

Por Ramón Peralta
a mañana del viernes 24 de abril amaneció sombría en Santo Domingo Este. Ni siquiera la luz del sol lograba disipar ese aire enrarecido que parecía incubarse en los rincones del municipio más grande del país. Había algo espeso, casi invisible, que se adhería a la piel como si sospecharan que Satanás al mediodía asesinaría la verdad de manera alevosa.

Desde la carretera Mella con San Vicente, los usuarios del metro percibían un ambiente extraño, como si el aire mismo estuviera contaminado por una verdad torcida. Pasadas las once de la mañana, comenzó a insinuarse un hedor leve, apenas perceptible al inicio, pero persistente, como una advertencia. Al mediodía ya era imposible ignorarlo: una mezcla de carne quemada, azufre y fango viciado que se colaba por la nariz y se instalaba en la garganta. Algunos hablaban de descomposición; otros, de un olor metálico, eléctrico, como el que deja un rayo al partir el cielo. Y entre murmullos se repetía la idea de que aquel tufo no era solo físico, que provenía de algo más profundo, de una degradación del espíritu que parecía haberse derramado sobre la ciudad como una sombra infernal de opacidad que hería de muerte todos los principios éticos.

A las 5:45 de la tarde ya casi había olvidado aquel olor agrio que me quitó el apetito y me obligó a saltarme el almuerzo. Salí rumbo a la Biblioteca Nacional, pero al intentar girar en dirección norte-sur por una de las principales avenidas de Los Mina quedé atrapado en una fila de vehículos detenidos. Un camión retiraba un contenedor repleto de basura. Aun con los cristales subidos, a unos doscientos metros, el hedor era insoportable: una mezcla de cloaca abierta y sangre estancada que provenía de ese receptáculo inmundo. Cuando finalmente se lo llevaron, quedó al descubierto un reguero de desperdicios suficiente para llenar otro camión. No se llevaron lo que desbordaba, lo que quedaba como evidencia de abandono.

Sin embargo, todo cambió al llegar al parqueo de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña. Allí el aire era otro: olía a incienso y a mirra, a limpieza, a una serenidad casi sagrada. Era como si el cuerpo, maltratado por los vapores de la calle, encontrara de pronto un refugio donde respirar de nuevo.

En el Salón Aida Cartagena Portalatín, la atmósfera era distinta, luminosa. En la entrada se encontraban los colaboradores más cercanos del diputado Rafael Castillo. Dentro, figuras conocidas: los exdiputados Luis Alberto y Luis Henríquez, el exrector Roberto Reyna. Me conmovió ver a mi querida amiga Mercedes Frías, primera mujer de origen dominicano diputada en Europa, y también a Leonel Rivas y al exregidor Rudy Castro, entre otras personalidades del mundo académico e intelectual de la República Dominicana. Todos acudían al lanzamiento del libro Reflexiones políticas, sociales y municipales, del sociólogo y experto en temas municipales Juan López. Luego sentí una grata emoción al sentir el sincero saludo de la exalcaldesa Jeannette Medina Luciano, una dama decente, afable y solidaria, a quien considero una gran amiga

El clímax llegó con las palabras de Juan López. Hablaba con la serenidad de quien aprendió a ordenar el mundo a través de las ideas, pero también con la emoción contenida de quien carga una historia. Entonces reveló, con una media sonrisa, que había dos responsables de que durante más de 530 domingos sus reflexiones llegaran puntualmente a sus lectores: Robert Vargas y Juan de los Santos.

De Robert Vargas dijo que lo provocó, lo enchinchó, que lo empujó con insistencia casi fraterna a escribir de manera periódica cuando apenas lo hacía de forma esporádica. Pero al mencionar a Juancito, su voz cambió. Se volvió más íntima, como si hablara desde un recuerdo que todavía dolía.

Recordó que, en la primera semana de diciembre de 2015, Juan de los Santos lo llamó para decirle cuánto le gustaban sus artículos y pedirle que escribiera al menos uno por semana. Ese mismo día, al verse en persona, Juancito insistió con ese entusiasmo suyo, tan convincente, tan humano, que no dejaba espacio para la duda. Juan López le prometió que lo haría.

Una semana después, el 15 de diciembre de 2015, su amigo se fue para siempre. Y en medio del silencio que deja la ausencia, Juan López hizo un juramento: escribir cada semana, sin fallar, como una forma de honrar esa voz que ya no estaría para recordárselo.

Desde entonces, ha cumplido. Domingo tras domingo, como quien enciende una fogata en la memoria.

Por eso, si hay dos culpables de que sus palabras lleguen cada semana a los celulares de sus amigos, son Robert Vargas y Juan de los Santos. Pero si tuviera que elegir solo a uno, no diría un nombre completo. Diría, simplemente, como quien invoca a alguien querido que aún respira en el recuerdo: Juancito.