martes, 2 de junio de 2026
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El maltrato infantil, solo nos indigna cuando sale en redes sociales.

Por Jacobo Colón

cada momento las redes sociales estallan en furia colectiva por una imagen o un video de un niño golpeado, maltratado o abandonado.

En cuestión de minutos, se desata el linchamiento digital. ¡Que lo metan preso!, ¡Qué barbaridad!, ¡Las autoridades deben actuar ya! ¡30 años de cárcel! Los comentarios se multiplican, los hashtags se vuelven tendencia y, muchas veces, la presión pública logra que la policía o los organismos de protección intervengan con rapidez.

Y es excelente que sea así, ¡Muy bien por las autoridades!.

Lo grave no es esa reacción.

Lo impensable es que esa misma sociedad, la que se rasga las vestiduras frente a la pantalla de su computador o teléfono inteligente camina todos los días junto al verdadero maltrato sistemático y hace un silencio sepulcral.

Mira hacia otro lado, baja la ventanilla, entrega una moneda y sigue su camino como si nada, y siente que está cumpliendo con su cuota social, se cree buena persona.

En cada semáforo de nuestras ciudades hay niños de siete, ocho, diez años con esponjas y trapos en lugar de mochilas.

No van a la escuela; van a sobrevivir.

Lavando parabrisas bajo el sol inclemente, respirando gases de todo tipo, enfermándose, exponiéndose a conductores agresivos y a adultos que a veces aprovechan la vulnerabilidad para algo mucho peor que un regaño.

Los vemos, los observamos todos los días; y seguimos de largo, ¡Eso no salió en las redes!.

Por las noches, en los expendios de bebidas alcohólicas, niños con cajas de limpiabotas esperan a que termine la parranda para ganarse unas monedas.

Ahí, entre borrachos y música alta, reciben propuestas que ningún niño debería escuchar jamás.

Maltrato físico, verbal, sexual. Lo sabemos. Lo hemos visto.

Pero como no tiene miles de likes, no es noticia. No es trending. No merece nuestro indignado comentario o darle a compartir.

En los campos, niños que entran al trabajo a las seis de la mañana y salen a las siete de la noche, cargando machetes más grandes que sus brazos, expuestos al sol, a los pesticidas, al cansancio extremo y a la negación de su infancia pero aquí no hay cámaras, no hay viralidad, Solo hay silencio colectivo.

Todo indica que el maltrato infantil solo nos duele cuando está lejos, cuando es ajeno, cuando podemos señalar con el dedo sin que nos salpique.

Cuando el niño maltratado vive en nuestro barrio, cuando lo cruzamos en la esquina o cuando lo vemos trabajando en el negocio del tío o del vecino, entonces preferimos mirar hacia otro lado y decir “es la pobreza”, “es la cultura”, “es que los padres no tienen otra opción”.

Excusas baratas para no sentirnos culpables.

Doble moral; nos encanta ser héroes de teclado, pero nos aterra ser ciudadanos responsables.

Nos indignamos con el maltrato que nos muestra el algoritmo, muchas veces exagerado y tendencioso porque ahí podemos ser anónimos y virtuosos.

Pero enojarnos frente al maltrato que tenemos delante, el que nos pide que exijamos a nuestras autoridades locales, que apoyemos escuelas de verdad, que denunciemos a los negocios que explotan niños, que presionemos para que se cumpla la ley de protección infantil, eso ya es incómodo.

Eso requiere acción sostenida, no solo un comentario furioso.

Proteger a la infancia no es un tema de tendencias.

No basta con compartir el video del niño golpeado en Santiago si ignoramos al niño que limpia cristales en la San Vicente de Paul y que está en nuestra esquina.

No basta con exigir cárcel para el agresor lejano si toleramos que el niño del campo trabaje en vez de estudiar.

La sociedad que dice “los niños primero” sólo cuando las redes la miran, es una sociedad hipócrita.

Hay niños abusados y maltratados en cada semáforo, en cada colmadón, en cada finca, deambulando en nuestras calles vendiendo dulces, pidiendo limosnas, pero esos son niños invisibles.

Los tenemos tan cerca… que ya es hora de dejar de fingir que no los vemos, dejarnos de sorprender cuando las redes nos traen alguna imagen, porque en nuestras narices están siendo maltratados y abusados.

Protegerlos a todos. O callarnos para siempre.