lunes, 4 de mayo de 2026
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Los pecados de Cristo

Por Ramón Peralta
Desde los tiernos siete años, una oscura habilidad se manifestaba en él, una destreza inquietante para engañar a sus compañeros de escuela, la mayoría de los cuales eran hijos de pecadores analfabetos, seres despojados de la capacidad de orientar a sus retoños en el arduo camino del saber. En contraste, él descendía de una familia educada, cuyas ansias de transmitir valores y formación le prepararon para enfrentar los retos del futuro con una autosuficiencia casi deplorable. No obstante, desde su infancia, un insaciable ansia de poder y riqueza consumía su ser, arrastrándolo en una turbulencia de ambición que, en ciertos momentos, lo hacía sentirse tan poderoso como el propio Dios.

Pachequito, nacido en un rincón olvidado del mundo, residía en un pueblo cuyas calles polvorientas parecían reflejar el desaliento de sus habitantes. En la distancia, el sueño de los jóvenes se limitaba a una frágil yola, una escurridiza embarcación que prometía la salvación, un puente tenuemente suspendido hacia la  isla del encanto, ese esquivo terreno de ensueño que se erigía como el umbral hacia el anhelado sueño americano.

En la lluviosa  mañana del seis de enero, una fecha que presagiaba el inminente colapso de un régimen que había perdurado doce largos años bajo el yugo de Balaguer, a cinco meses de aquellas elecciones  el futuro profeta se disponía a alcanzar la edad de ocho años. Aquel día, en la compañía de cuatro almas infantiles de su sombrío vecindario, se aventuró hacia el colmado de Doña Anselma, una figura cuya benevolencia en el Día de Reyes era célebre en las abandonadas  callejuelas del barrio. Doña Anselma, en su distracción y desmemoria, se vio obligada a ofrecer a cada niño una miserable moneda de diez centavos en lugar de los ansiados juguetes que solía entregar. Así, la desdicha y la indiferencia se materializaron en una fría y metálica promesa de lo que podría haber sido un regalo, pero se convirtió en una amarga evocación de las esperanzas no cumplidas para cuatro de ellos y una oportunidad para Pachequito

El pequeño Pachequito, dotado de una astucia perturbadora desde su delicada infancia, decidió permanecer en el colmado, como un tigre en busca de su presa. Con una persuasión fría y calculadora, logró convencer a Doña Anselma para que intercambiara su única moneda de diez centavos por dos monedas de cinco. Con esta primera victoria, desplegó sus maquiavélicos talentos en una intrincada maniobra de engaño: persuadió a sus desdichados compañeritos de que las monedas de cinco centavos poseían un valor superior al de la moneda de diez, gracias a su mayor tamaño. Con la astucia de un abogado que vive de  la desgracia ajena, repitió esta farsa con meticulosa precisión, transformando su solitaria moneda de diez centavos en una suma de treinta centavos, mientras dejaba a sus amigos atrapados en su ignorancia  de apenas cinco centavos cada uno.

Luego de esa hazaña que multiplicó por tres los diez centavos recibido, Pachequito juró ante las sombras de su propia ambición convertirse en un hombre de riqueza incalculable ilusionando a los ignorantes, decidió  que cuando sea adulto  se convertirá  en un hombre rico  sin necesidad transitar por  las sendas  del crimen, el asalto o que lo firmen como pelotero . En su ambiciosa  mente, descubrió un sendero menos arriesgado: la ilusión y el engaño, la capacidad de manipular las esperanzas y temores de los demás, le ofrecía poder y riquezas sin la ominosa amenaza de las cadenas carcelarias.

Durante su adolescencia, al trasladarse a la calurosa e indiferente capital, comprendió que el conocimiento era la llave maestra del poder. A pesar de su innata pereza, se asoció con los estudiantes más destacados, entrelazando su destino con el de aquellos brillantes y diligentes jóvenes. Participando en trabajos grupales, logró finalizar el bachillerato con calificaciones que, aunque en apariencia resplandeciente, ocultaban  chivos en los exámenes, plagios motivados por el mismo abismo de ambición que siempre lo había guiado.

En la universidad, desechó el apodo de su infancia como quien se despoja de un viejo ropaje en descomposición. Adoptó su nombre de nacimiento, Cristóbal, y allí halló una oportunidad lucrativa en el seno de una iglesia. Aprovechando la fe de los fieles, instauró un nuevo y funesto negocio. Abandonó la idea de vivir de su carrera universitaria para convertirse en el líder de un grupo de devotos, manejando los diezmos con la fría precisión de un comerciante en busca de su próximo botín. Así, el fervor religioso se convirtió en el medio para llenar sus arcas, mientras el velo de la devoción ocultaba la verdad de su avidez insaciable.

Con el inexorable paso del tiempo, el astuto Pachequito acortó su nombre Cristóbal, reinventándose a sí mismo con un epíteto de resonancia celestial: Cristo. Su presencia en la iglesia se convirtió en un espectáculo de oratoria y persuasión, donde sus habilidades retóricas eclipsaban a muchos. Sin embargo, su ascenso no fue sin obstáculos, ya que encontró en su camino a religiosos y pastores auténticos, figuras cuya sinceridad y fe contrastaban con su propia hipocresía.

Su única ventaja, en el oscuro teatro de sus maniobras, era un joven compositor, conocido en su sector como Efraín el tullido, quien, a pesar de su enfermedad que lo mantenía atado a una silla, poseía un verdadero tesoro: un cuaderno de canciones cristianas. Durante una de sus visitas con el pretexto de consolar al enfermo, Cristo descubrió el cuaderno de doscientas páginas en el que Efraín guardaba sus composiciones sagradas.

Una mañana, con una mezcla de aparente humildad y calculada esperanza, Cristo solicitó prestado el cuaderno. Pero Efraín, celoso guardián de su preciado tesoro, respondió con una firmeza que era a la vez dolorosa y resoluta. “Cristo, eres un amigo sincero”, dijo el tullido, “pero este cuaderno es mi vida, mi tesoro más preciado. Ni siquiera a mi madre lo prestaría. Puedo mostrarte las composiciones mientras el cuaderno permanezca en mis manos, pero no puedo permitir que lo sostengas ni siquiera por un instante, y mucho menos que lo lleves a tu casa.”

Al observar la tristeza reflejada en el rostro de Cristo ante esta confesión, Efraín añadió, con un toque de angustia en su voz: “Perdona, amigo mío. Confío en ti, pero mi Señor me ha revelado en un sueño que si ese cuaderno abandona esta casa, mi vida se desvanecerá.”

Cristo, con una voz cargada de una compasiva falsa humildad, respondió al inválido: “No te inquietes, hermano. Si prefieres no prestarme el cuaderno, respeto tu decisión. Aunque no puedas compartir conmigo las bendiciones de tus letras, cuenta con mi amistad y mi amor cristiano.” Así, en un teatro de apariencias y promesas vacías, la ambición y el engaño continuaron su deplorable falsa bajo el velo de la devoción.

Luego de esa conversación, la amistad entre Cristo y Efraín siguió fortaleciéndose, y las visitas de Cristo eran más frecuentes y largas donde su amigo el tullido. Una mañana, Efraín despertó aterrorizado. Se había soñado que el Señor lo recriminaba por no haber cuidado las joyas que había escrito de versos y canciones de alabanza. En sus oídos retumbaban las palabras del Señor: «Efraín, tu hora ha llegado. No me obedeciste y creíste que las canciones las escribiste tú. Cada palabra, cada idea fui yo que te la puse en tu diminuto cerebro, y ahora ese regalo de alabanza está en manos de un discípulo de Lucifer por tu culpa. Van a comercializar la palabra en mi nombre, y no puedo hacer nada porque esas canciones están en manos del otro.

Efraín, cuya existencia se encontraba muerta desde la cadera hacia abajo, contempló con una creciente inquietud el entorno sombrío de su lecho. La visión de su silla de ruedas, apartada cruelmente del alcance de su cama, se convirtió en un símbolo de su desesperanza. Se preguntó, en medio de la creciente sombra de su confusión, cómo había sido trasladado a la cama mientras la silla de ruedas permanecía en un distante destierro. Buscó frenéticamente en su memoria, y lo último que pudo recordar fue el jugo que su amigo Cristo le había ofrecido, una bebida que lo había sumido en un sueño profundo y oscuro.

El presagio de algo fatal se cernía sobre él, y su mirada se dirigió temblorosa hacia el armario donde atesoraba el cuaderno de sus versos sagrados. Arrastrándose con un esfuerzo casi desesperado, logró llegar hasta la puerta del guardarropa, pero el cuaderno permanecía fuera de su alcance. Intentó alcanzar la silla de ruedas con la desesperación de un alma atrapada en una pesadilla, pero sus intentos fueron en vano. No podía subir a la silla desde el suelo, pues solo podía hacerlo desde la cama o desde un lugar elevado.

Efraín, aborreciendo la necesidad de pedir ayuda, sentía un rencor profundo hacia el trato que recibía en su hogar, donde era considerado como un estorbo. Sin embargo, la desesperación le obligó a clamar a su madre, Dionisia, en un grito desgarrador que resonaba en el abismo de su angustia. Sus llamadas fueron ahogadas por la estruendosa música de Manolo, el vecino solitario de 52 años, un hombre cuya vida desprovista de compañía romántica parecía encajar en la fría indiferencia del barrio. La música retumbaba en el aire, como una burla cruel a su desesperada situación, dejando a Efraín atrapado en la oscuridad de su propio tormento.

Dionisia había abandonado la casa en las primeras horas del día, para ir a una cita con un joven cuya juventud y frescura contrastaban cruelmente con su propia existencia. Este joven, que la tenía cautivada con la intensidad de un colágeno que le devolvía su juventud a los años  de colegiala y al inicio de la pubertad, la había besado la noche anterior en un acto de incipiente pasión. La propuesta de escapar juntos a un rincón apartado, donde la soledad y el deseo pudieran ser disfrutados sin la interrupción de miradas ajenas, había encendido en ella una llama de anhelo desbordante.

Antes de su partida, Dionisia había cubierto a Efraín con una sábana sucia, quien yacía en un sueño profundo producto del jugo que le había dado Cristo. Aunque la silla de ruedas se hallaba distante de su lecho, Dionisia, en un acto de negligencia, desestimó el esfuerzo de moverla cerca. La fuerza del deseo por reunirse con su nuevo amante eclipsaba la trivial preocupación de dedicar veinte segundos a asegurar el confort de su hijo, un sacrificio que, en su mente embriagada por la pasión, le pareció insignificante. La fría indiferencia hacia el bienestar de Efraín contrastaba sombríamente con la fervorosa excitación que la guiaba hacia su encuentro clandestino. Dionisia llegó a la discreta cafetería de la calle El Conde con una anticipación melancólica, media hora antes del encuentro acordado. La espera se tornó en un tormento interminable cuando su joven amante, un personaje cuya presencia arribó con un desolador retraso de cuarenta y cinco minutos. Tras un saludo que rozaba la frialdad y una mirada disimulada hacia los parroquianos que poblaban el lugar con sus vidas ajenas, Dionisia, impulsada por una desesperada impaciencia, le demandó: “Llévame a ese lugar privado donde podamos estar solos, lejos de miradas indiscretas.”

El joven, con una semblanza de indiferencia y una astuta disimulación, respondió que antes de cumplir con su demanda debía saciar el hambre con un desayuno. Ordenó un sándwich cubano, el cual devoró con una deliberada lentitud que ocultaba su verdadero propósito. En realidad, el joven no sentía verdadera hambre; su acción era una táctica calculada para que la pastilla azul que había ingerido hiciera efecto, una sutil ayuda para enfrentar el reto de comerse esa vieja  con mal aliento  requería más que  una motivación monetaria

A pesar de gozar de una función eréctil bastante fuerte, entendía que la perspectiva de compartir un momento íntimo con una dama cuya juventud había huido como las sombras del amanecer y cuya belleza se encontraba muerta desde antes de nacer, era un trago difícil  de digerir. Así, en la tensa calma de la cafetería  y bajo la sombra de sus propios temores, el joven prolongó el momento de la unión, buscando en cada bocado de su sándwich la esperanza de que la química de la pastilla fuera un refugio en la inevitable confrontación con la realidad.

Cuando llegaron al hotel, ella pagó en efectivo y, luego de algunos juegos eróticos, la señora Dionisia experimentó el momento más estimulante y apasionado de su vida.

Después de que la anciana llegó al tercer cielo, la náusea del joven Cristo le incrementó el deseo de despedirse de la señora y que cada uno cogiera para su casa y verse otro día. Pero una voz tenebrosa le decía al oído: «Quédate, entretenla y sacrifícate por las cuatro horas

Mientras su madre se entregaba a los placeres con su amante, Efraín, en un estado de desesperación y desesperanza, se afanaba por subirse a su silla de ruedas. Arrastrándose con el sufrimiento de un ser atormentado, logró llegar de nuevo al costado de su cama. Sin comprender la razón de su propio frenético comportamiento, hundió la mano derecha en la caja de herramientas que yacía bajo su lecho, con una violencia que revelaba su angustia. La fría mordedura de una navaja desgarró su muñeca, y un grito lastimoso, más impulsado por el terror que por el dolor físico, se escapó de sus labios.

La sangre fluía en un torrente oscuro de su herida, y Efraín, en un acto de desesperación frenética, intentaba contener la hemorragia con manos temblorosas. En su angustia suplicó al Señor que le concediera la vida por un día más, su oración resonando en la penumbra de su desgracia.

Tras cinco largas horas de  placer para ella y tormento para él, Dionisia y Cristo salieron  del hotel a escondida, como dos delincuentes buscado por el FBI. El joven, agotado y repugnado por la compañía de la anciana, deseaba fervientemente evitar su presencia por el resto del día. Sin embargo, la promesa de Dionisia, de preparar una comida y obsequiarle dos billetes azules que ella guardaba en su hogar, influyó en su decisión. Motivado por la posibilidad de una recompensa material y un alivio temporal, Cristo accedió a acompañar a la anciana a su residencia, arrastrado por la ambición y la desesperación.

En medio de un charco de sangre, Dionisia encontró a su hijo, cuya vida pendía de un hilo, implorándole con desesperación que no lo abandonara a su fatal destino. La visión de Efraín, semiinconsciente y bañada en la roja evidencia de su sufrimiento, desencadenó una tormenta de terror en la madre. Con el corazón acelerado, rogó a Cristo que llamara al 911, pero el joven, atrapado en su ambición  y una memoria selectiva  había olvidado el número de emergencia.

Media hora transcurrió en una agonía interminable, durante la cual Dionisia se dio cuenta con creciente desesperación de que Cristo aún no había marcado el número de socorro. Finalmente, logró comunicarse ella misma, y le informaron con una indolencia escalofriante que las ambulancias no tenían combustible,  por lo cual tardarían otra media hora en llegar. En ese momento, el tormento se transformó en una desesperada deliberación: Dionisia consideró usar parte del dinero que tenía en la casa   para contratar un taxi y llevar a su hijo al hospital, pero la avaricia y el temor a despojarse del dinero prometido a Cristo la atormentaban más que la situación misma.

Dos horas después, una ambulancia, cuyo ruido era como el lamento del chivo de mayo, arribó finalmente al lugar. Los paramédicos, desbordando una mezcla de profesionalismo y apremio, descendieron del vehículo y se apresuraron hacia el paciente. Sin embargo, en el cruel juego del destino, Efraín expiró en los brazos de una enfermera del 911, un minuto después de su llegada, sin que se supiera si su tesoro, el cuaderno de sus canciones sagradas, había sido robado en medio del caos.

El médico, con una expresión que reflejaba la gravedad de la pérdida, comentó que si la ambulancia hubiera llegado diez minutos antes, la vida de Efraín podría haber sido salvada. Principio del formulario

Final del formulario

El padre de Efraín, quien residía con otra familia en la lejana  ciudad de Nueva York, comunicó con desamor que no podía acudir al país en esta tragedia, aunque se comprometió a enviar el dinero necesario para cubrir los gastos funerarios, incluyendo el ataúd, el cementerio y todos los costos asociados al luto. En medio de este frío acto de desentendimiento. Cristo, con un aire de calculada astucia, sugirió a Dionisia que economizara los fondos proporcionados por el exmarido. Propuso entonces recurrir al alcalde para la funeraria municipal y solicitar la caja mortuoria a través de un regidor del partido de gobierno, mientras que un diputado opositor se encargó del pago del hoyo en el cementerio.

Después del sombrío entierro, Dionisia retornó a su hogar en la desolada compañía de Cristo, quien, perturbado por el dolor que emanaba de la madre enlutada, se aferraba a la esperanza de conseguir parte de los dólares que había enviado el padre de Efraín.

A medida que la noche se adentraba en su oscuridad profunda, los vecinos de Dionisia se convirtieron en una fuente de creciente tormento para Cristo, quienes, como sombras persistentes, no mostraban señales de marcharse. A las diez de la noche, Cristo, incapaz de soportar más la presión de la atmósfera opresiva y el susurro de las inquietudes económicas, decidió abandonar la casa. Sin embargo, permaneció a una cuadra de distancia, observando con la furtiva vigilancia de un ladrón nocturno .Cuando finalmente se dio cuenta de que la vecina, doña Ana, se había marchado, regresó sigilosamente a la casa de Dionisia, moviéndose con la cautela de quien teme despertar  el morbo de los vecinos. Con un toque suave y una voz susurrante, se dirigió a Dionisia desde la puerta de pino de chileno: “Ábreme, que soy yo, Cristo.” Sus palabras se deslizaban en la noche como un murmullo aterrador, cargadas de una tensión apenas contenida y una expectativa inquietante que llenaba el aire con un escalofriante presagio.

Dionisia abrió la puerta con un temblor de anticipación y, en el instante en que Cristo cruzó la puerta, se entregaron a un beso cargado de una pasión desbordante. La adrenalina de Cristo parecía alcanzar alturas etéreas, un fervor inexplicable lo consumía mientras se hallaba en los brazos de aquella anciana cuyo luto lo motivaba más, esa reciente pérdida de su hijo, se había convertido en el objeto de su deseo más ardiente. La escena se desplegaba como un deplorable desfile de contradicciones, donde el duelo y la pasión se ligaban en un grotesco encuentro  de desesperación y anhelo.

En la mañana siguiente, Cristo, con un tono que mezclaba afecto y avidez, le comunicó a Dionisia que necesitaba dinero. Ella, con una calma temblorosa, le indicó: “En esa cartera roja están los dólares enviados por el padre de Efraín, así como el dinero del San, que debe ser entregado hoy por diez personas. Toma lo que necesites y deja el resto.”

Cristo, preparado para tomar solo una parte de los dólares, se vio súbitamente influenciado por una voz interior, un susurro oscuro y tentador que le ordenaba apoderarse de más. Se llevó la totalidad de los billetes verdes, y mientras se disponía a salir, la misma voz ominosa le instó a no olvidar los pesos. Así, en un acto de codicia implacable y bajo la influencia de esa voz diabólica, Cristo dejó a Dionisia sin un solo centavo, dejando un rastro de desesperación que se mezclaba con el eco de su ambición insaciable.

Una semana después de la muerte de su hijo, Dionisia se encontraba consumida por la desesperación y el desamparo, anhelando la presencia de Cristo, quien había desaparecido con todo el dinero, sin dejar rastro alguno. La falta de recursos la llevó a recurrir a su exmarido en busca de ayuda para cubrir los gastos del novenario. Sin embargo, la respuesta del hombre fue tan fría y cruel como el día que la novia le dice a su pareja que ama a otro : No vuelvas a llamarme. El vínculo que existía entre nosotros ha muerto junto con nuestro hijo. Y por cierto, sigue disfrutando del dinero que te envié para el entierro mientras te deleitas en la compañía de tu amante.

El impacto de esas palabras hizo que Dionisia comprendiera, con una sensación de horror creciente, que los vecinos habían sido testigos de su pecado: ellos sabían que la noche en que había enterrado a su hijo, ella había encontrado consuelo en los brazos de un  colágeno.

En el noveno día de duelo, Dionisia se levantó antes del primer rayo de sol, su cuerpo estaba  debilitado por dos días sin probar alimentos. Se dirigió a la tumba de su hijo con un espíritu atormentado, implorando perdón en medio de un mar de lágrimas. Apenas nueve minutos después de su llegada, el veneno que había ingerido comenzó a hacer efecto, llevándola a un final sombrío y desesperado.

Cristo, al recibir la noticia del fallecimiento de Dionisia, permaneció indiferente, con su corazón tan implacable como la guasábara de Azua. Continuó su camino hacia el éxito sin obstáculos, ascendiendo como predicador y promotor musical. En su nuevo papel, renombrados artistas interpretaron canciones que él se atribuía, consolidando su nombre en la esfera pública mientras la memoria de Dionisia y su hijo se desvanecía en el abismo del olvido.

En el noveno aniversario de la muerte de su antiguo amigo, Cristo se encontraba solo en su habitación, inmerso en la lectura de un cuaderno repleto de canciones. El ambiente, cargado de una media luz inquietante, se tornó aún más amargo cuando, de repente, una voz resonó en el silencio de la habitación. Era la voz de Efraín, proyectada con un eco lúgubre y funesto: «Te hiciste rico con mis talentos y mi muerte. Sigue así, y pronto tendrás que unirte a mí.»

El reproche aterrador de Efraín dejó una marca indeleble  en el alma de Cristo. Desde aquel instante, decidido a evitar el ámbito de la música, limitó su participación en el negocio musical. En su búsqueda de nuevos negocios, amplió su currículo de comerciante de la fe para incluir la política, donde perfeccionó sus habilidades innatas en el arte de engañar con medias verdades y mentiras disfrazadas de verdad. Se vio envuelto en una intrincada conspiración que lo catapultó a la prominencia como la figura principal de  su ciudad donde su ambición y astucia lo llevaron  al cargo de gobernador.

Hoy en día, a pesar de la oscuridad de sus pecados, Cristo opera en las sombras, tejiendo con intrincada maestría su ascenso hacia la candidatura presidencial. En su maquiavélico plan, consciente de la formidable competencia de dos aspirantes poderosos, ha urdido una estrategia de engaño y manipulación. Con astucia casi sobrenatural, ha logrado persuadir  por separado a cada uno de los dos principales contendientes de su partido de que su lealtad se encuentra a su lado.

En ese juego descarado  Cristo los incita sutilmente a la enemistad, estimulándolo a una feroz confrontación, un duelo despiadado similar al de Héctor y Aquiles en los campos de Troya. Con una inteligencia insidiosa, fomenta la discordia entre ellos, alentando su enfrentamiento hasta el punto de la destrucción mutua. Una vez que los rivales hayan desgastado sus fuerzas y se hallen mortalmente heridos  en su  canibalismo político, Cristo se prepara para enterrarle la estocada final al sobreviviente, y así proclamarse, en la oscuridad de la traición consumada, como el único candidato presidencial de su partido.