lunes, 4 de mayo de 2026
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Sesenta años para vivir o morir

Por Ramón Peralta
60 años de vida o de muerte Casi a mitad del mes más caluroso del año, el viejo Antonio despertó de madrugada con deseo de orinar y como de costumbre se sentó en posición femenina para expulsar débilmente la minúscula porción de orina. Desde aquella tarde de enero en que el urólogo le informo que su próstata hacia crecido más de lo normal se admitió para sí mismo que ya no podía hacerlo de pie. Esa madrugada los achaques de salud se habían multiplicado, porque aparte de los problemas de diabetes, hipertensión e insuficiencia renal se sentía más viejo que en cumpleaños anteriores, eran 60 años, una cifra tan respetable como despreciables. En sus 720 meses de vida nunca había escuchado un jugador de lotería que eligiera el 60 como su número de suerte, esa era una cifra que solo se recordaba de manera peyorativa, nunca vi alguien sonreír en su cumpleaños número 60, no conozco algún que le hayan celebrado esa edad tan perversa y vacía. A los 70 años organizan una fiesta para el abuelo que se ya conoce su situación de payaso que entretiene los nietos, pero nadie celebra los funestos 60 años, porque los hijos y nietos desprecian que a esa edad los hombres hacen el ridículo por negar el peso de la seis décadas. Entre dolores de espalda e insomnio el viejo se sentó en una silla plástica con un libro de medicina naturales para que le pudiera llegar el sueño, pero al abrir el libro comprendió que ya no podía distinguir las letras. Resignado a no dormir subió a la azotea del edificio a recibir el aire fresco de esa noche y evaluar el evento más interesante y emocionante de su aburrida vida y con nostalgia recordó la noche que festejaba su cumpleaños 18, cuya timidez lo mantenían virgen. Algunos amigos de más edad y hermanos mayores querían llevarlo a un burdel para que alguna meretriz le enseñara a vivir la nueva etapa de ser hombre, pero él se negó, porque quería entregarse por amor y llamó por teléfono a la mujer que amaba en silencio.

Con timidez, le informó por la línea telefónica que cumplía años y que el mejor regalo que deseaba era verla esa noche y confesarle algo que en su interior le gustaba, pero al mismo tiempo le atormentaba. La mujer le dijo: -Ven a mi casa para darte un abrazo de cumpleaños y no te preocupes por la hora, estamos esperando a Papi que salió esta tarde del campo y él también cumple años. Antonio colgó el teléfono emocionado y le pidió prestado el carro a su cuñado para visitar a su amada oculta, su amor platónico. En ocasiones normales, Antonio no se atrevía a pedir un carro prestado y mucho menos se lo prestarían, pero como era su cumpleaños, el cuñado le prestó la llave del vehículo.

Antonio aún no sabía conducir bien un vehículo; a duras penas recorrió los dos kilómetros que lo separaban de la casa de la mujer que amaba en silencio y, para que ella no se diera cuenta de su poca habilidad como conductor, parqueó el carro a dos cuadras de la casa de ILÉ. Ella lo recibió con un abrazo de cumpleaños y lo invitó a sentarse.

Después de dos horas de conversación, Antonio no encontraba la palabra adecuada para confesarle a ILÉ su amor por ella. A las tres horas se habían quedado sin temas y la madre de ILÉ comenzó a bostezar, cerrar ventanas y, en señal de que se querían acostar, le dijo a su hija: -Parece que tu papá prefirió pasar el cumpleaños con el cuero de su amante que con su hija. En ese momento, Antonio se dio cuenta de que había llegado el momento de marcharse y que en otra ocasión le confesaría su amor.

Ella lo acompañó hasta la puerta y, en la despedida, le dio un beso breve en la boca. Antonio se sintió en el paraíso; por primera vez en su vida se había besado con una mujer. Fue solo un piquito de milésima de segundo, pero él lo sintió como el beso más apasionado de su vida. Con la mayor felicidad, subió al pequeño auto azul de su cuñado. Cuando desde la carretera Mella entraba al San Vicente, vio a un señor como de sesenta años que estaba parado En la acera de una antigua granja de pollos de un general fallecido, de repente sintió que una fuerza hercúlea le apretaba la pierna derecha al acelerador, perdiendo el control del volante e impactando de manera brutal en el cuerpo del anciano. El golpe elevó al hombre de tal manera que cayó sobre el pequeño carro, hundiendo con la cabeza el centro de la capota.

Antonio, que tenía planeado estudiar medicina, bajó del carro y, cuando vio al infeliz hombre sangrando por todas partes del cuerpo, se desmayó sobre aquel vagabundo. A los pocos segundos, Antonio abrió los ojos y vio sus manos y cuerpo teñidos por la sangre de aquel desdichado. Respiró profundamente para evitar que su fobia por la sangre lo hiciera caer de nuevo.

Miró por todas partes y no vio un alma. Era miércoles 15 de agosto de 1984, el peor año para los dominicanos de la década perdida. Un apagón general dejó la avenida San Vicente en tinieblas y nadie quería transitar por esa zona, ni siquiera la policía.

Durante el trayecto a la casa, estaba pensando en cómo limpiar la sangre del muerto que él había esparcido dentro del carro y cómo sacar el golpe de la capota del carro. En su cabeza planeaba la limpieza de sus zapatos ensangrentados y deshacerse de su ropa teñida por la desgracia de ese infeliz que estuvo en el lugar equivocado a la hora errada.

Al llegar a la casa, el sueño lo estaba venciendo, entonces pensó levantarse a las seis de la mañana para lavar el carro de su cuñado y no dejar ningún vestigio de sangre, reparar la capota y que ese crimen involuntario desapareciera en poco tiempo de su mente. El sueño era tan grande que se acostó con la ropa puesta sin hacer la tarea planeada.

Cuando despertó, eran las 11 de la mañana y, al ver su cuerpo desnudo, pensó que la tragedia de anoche pudo ser un sueño. Salió de la casa a ver el carro de s cuñado que había dejado parqueado frente a la casa y estaba totalmente limpio. Antonio se sintió por un lado aliviado y por otro muy triste de no tener una historia que narrarles a sus futuros nietos.

Se cepilló los dientes y se vistió con ropa limpia. Puso perfume para que la gente no supiera que esa mañana no se había bañado. En la calle, se refugió del sol debajo de una mata de almendra y, repentinamente, notó que a su lado estaba un desconocido con un pequeño radio de batería escuchando las noticias.

El hombre subió el volumen del radio y le hizo señas a Antonio para que escuchara la noticia. El locutor, con voz engolada y trágica, narraba un terrible suceso: “Radio Mil informando, encuentran el cadáver de un hombre de 60 años con el cráneo roto frente a la granja Aurora de la avenida San Vicente de Paul. Según un testigo, un joven que conducía un pequeño auto azul remontó la acera para atropellarlo de maldad y luego, en un acto extraño, se subió sobre el cadáver para embarrarse de su sangre. Experto en la conducta humana afirmaron que se trató de un rito satánico por parte de joven asesino.

El corazón de Antonio le quería salir por la boca, las piernas le temblaban. Cerró los ojos por medio segundo y, cuando los abrió, el hombre del radio ya no estaba. Angustiado, entró a su casa. Pasaron las horas y no quería ingerir alimentos. A eso de las 3 de la tarde, lo llamó ILÉ pidiéndole que la acompañara a un lugar, que ella lo pasaría a buscar.

Antonio se bañó en menos de dos minutos y, cuando llegó el amor de su vida, ella le tocó la bocina para que él saliera. Inmediatamente se montó en el vehículo y notó que ella andaba con su madre y hermana. Al llegar al lugar, le mostraron un cadáver y Antonio, lleno de pánico, preguntó: “¿Quién era ese hombre?”. ILÉ le respondió: -Ese es mi padre, que anoche un hombre lo mató y lo dejó tirado en la calle como un perro.

En el cementerio, ILÉ lloraba desconsoladamente en brazo de Antonio y en un momento, levantó su mirada al cielo y dijo: “Lo único que te pido es que, si el asesino de mi padre llega a viejo, te lo lleves el mismo día que cumpla sesenta años. No quiero que dure en esta tierra un solo día más que mi padre”.

El sonido de un mensaje en el celular hizo que la mente de Antonio volviera al presente. Antes de ver el mensaje, miró sus manos arrugadas por el paso del tiempo Y sintió más deseo de vivir que nunca, se sentía satisfecho de que por 42 años su secreto se mantenía oculto. En ese momento, pensó en el inmenso gozo que le daba una hazaña más grande que su primer beso.

Sonriendo, vio una felicitación de cumpleaños de ILÉ; hacía más de 5 años que no sabía nada de ella. Una rara emoción embargó su mente y, de manera automática, le mandó una escueta nota de voz de agradecimiento.
Ella le dijo: “Estoy en Dubái”, y más adelante envió otra nota de voz, pero esta vez en un tono severo. -Ya sé quién mató a mi padre y espero que hoy se cumpla mi petición.

Antonio, aterrado, dejó caer el celular de la mano. Se sentía mareado y desorientado, caminó arrastrando sus pies hacia atrás hasta tropezar con la línea de bloques que rodeaba la azotea del edificio. Mientras caía al vacío desde la azotea, se dio cuenta de que no cumplía 60 años para vivir, sino para morir.