
Por Ramón Peralta
En el año 2025 asistí por cuarta vez a la Florida International Trade and Cultural Expo, la conocida feria FITCE, ese encuentro internacional que organiza el Broward County Board of County Commissioners junto con la Oficina de Desarrollo Económico del condado de Broward, en Fort Lauderdale. Pero aquella vez no fui solo. Me acompañaban mi esposa, Daysi, y mis dos hijas, que asistían por primera vez a un evento de esa magnitud. Había en sus ojos una mezcla de curiosidad y asombro que me conmovía en silencio, porque uno entiende que los hijos crecen precisamente en esos pequeños instantes cuando descubren que el mundo es mucho más grande de lo que imaginaban.
Recuerdo que aquella mañana el aire tenía olor a sal y a metal caliente, y el puerto de Port Everglades parecía una ciudad flotante levantada sobre el ruido de las grúas y el ir y venir de los contenedores. Durante el recorrido estuvimos acompañados por una amiga y por su compañero de viaje, un militar dominicano de alto rango, un hombre educado y sorprendentemente amable, tan cordial y sereno que costaba imaginarlo llevando un arma de fuego o dando órdenes con la severidad que seguramente exigía su oficio. Tenía esa rara elegancia de los hombres que no necesitan demostrar autoridad para hacerse respetar.
Mis hijas, sin embargo, llevaban dentro el impaciente fuego de la juventud. Después de un rato comenzaron a aburrirse entre conversaciones de negocios, explicaciones sobre comercio y recorridos protocolares. Con esa espontaneidad que solo tienen los jóvenes, me propusieron a mí y a Daysi tomar un taxi hasta Las Olas Boulevard para aprovechar la belleza de aquel lugar que visitaban por primera vez. Había algo irresistible en la idea de caminar sin prisa por aquella avenida luminosa, llena de palmeras, cafés y escaparates elegantes donde el mar parecía respirar muy cerca.
Nos marchamos casi en secreto, sin avisarle demasiado a nuestra amiga ni a su distinguido acompañante. No fue descortesía; simplemente sentíamos el deseo íntimo de vivir aquel momento como una pequeña aventura familiar, lejos del protocolo y de las conversaciones formales. A veces las ciudades extranjeras despiertan en uno la necesidad de perderse un poco, de caminar sin rumbo entre calles desconocidas para sentirse, aunque sea por unas horas, parte de otro mundo.
Mientras caminábamos más tarde entre las luces suaves de Fort Lauderdale, tuve la extraña sensación de que el tiempo se abría frente a mí como un abanico. Pensé en los viejos navegantes que cruzaban océanos guiados apenas por las estrellas y comprendí que el progreso del mundo, esa maquinaria inmensa de ciencia, tecnología y modernidad que hoy damos por sentada, había nacido, en gran medida, del comercio entre las naciones. Ningún avance habría sobrevivido sin acuerdos, reglas y pactos entre países; sin ese delicado equilibrio internacional que sostiene el intercambio humano y económico, el mundo tal vez no habría sobrevivido.
La historia del comercio internacional es, en el fondo, una larga novela sobre la ambición y el miedo. Una tradición sobre cómo los pueblos han entendido la riqueza y el poder. Desde los tiempos del mercantilismo hasta las promesas del libre comercio y las ruinas que dejaron las guerras mundiales, el intercambio entre países nunca ha sido solamente un asunto de mercancías, más bien es también una forma de dominar, de sobrevivir y de imaginar el futuro.
Durante los siglos XVI, XVII y buena parte del XVIII, Europa respiró bajo la lógica del mercantilismo, en aquellos tiempos de reyes absolutos y coronas insaciables. Entonces se creía que la riqueza de una nación dependía de la cantidad de oro y plata que pudiera acumular. Exportar más de lo que se importaba era casi una obsesión de Estado. Los gobiernos intervenían en todo e imponían aranceles, otorgaban monopolios, restringían productos extranjeros y protegían las manufacturas nacionales con una severidad que hoy parecería asfixiante.
Uno de los hombres que mejor encarnó aquella visión fue Jean-Baptiste Colbert, ministro de Luis XIV, quien convirtió la economía en un instrumento al servicio de la grandeza de Francia. Bajo su influencia, el Estado vigilaba el comercio como un jardinero obsesivo cuida sus rosales: nada podía crecer fuera de control.
Las colonias, mientras tanto, eran vistas como cofres rebosantes de materias primas y mercados cautivos para las metrópolis europeas. El comercio exterior dejó de ser simplemente intercambio; se transformó en una extensión de la política y de la conquista. Detrás de cada barco mercante viajaba también la sombra del poder.
Pero toda época lleva en sí misma el germen de su contradicción. El librecambismo nació como una rebelión contra ese control sofocante, y resulta imposible hablar de él sin mencionar a Adam Smith. En 1776, cuando publicó La riqueza de las naciones, Smith desafió las bases del mercantilismo y propuso una idea revolucionaria para su tiempo: la verdadera riqueza no estaba en el oro acumulado por los reyes, sino en la capacidad productiva del trabajo humano.
Smith imaginaba un mundo donde los países pudieran especializarse en aquello que hacían mejor y comerciar libremente entre sí. Creía que el intercambio no tenía por qué ser una guerra fría en la que unos ganan y otros pierden, sino una oportunidad de prosperidad compartida. Sus ideas cruzaron fronteras y terminaron moldeando la economía del siglo XIX.
Fue entonces cuando el libre comercio comenzó a expandirse como una marea. El Reino Unido se convirtió en su principal defensor y promovió acuerdos que reducían barreras y aranceles. El tratado Cobden-Chevalier de 1860 entre Francia y el Reino Unido abrió el camino para una extensa red de pactos comerciales basados en la reciprocidad y en la llamada cláusula de nación más favorecida.
Aquellos años estuvieron marcados por el vértigo de la industrialización. Los trenes acortaban distancias, los barcos de vapor atravesaban océanos con una velocidad antes inimaginable y los mercados crecían junto con las ciudades. Había una fe casi religiosa en el progreso. Sin embargo, la realidad nunca es tan simple como las teorías económicas. Mientras algunas naciones abrazaban el libre comercio con entusiasmo, otras seguían levantando barreras para proteger sus industrias nacientes o sostener sus finanzas. El librecambismo prometía apertura, pero el mundo seguía siendo profundamente desigual.
Y entonces llegó la guerra.
La Primera Guerra Mundial irrumpió como una tormenta capaz de romper todos los equilibrios. En 1914, muchos países europeos suspendieron la convertibilidad en oro para financiar el conflicto, debilitando el sistema monetario que había sostenido el comercio internacional durante décadas. Las rutas marítimas se volvieron peligrosas, el intercambio cayó abruptamente y las grandes potencias salieron de la guerra heridas no solo en sus ciudades y en sus cuerpos, sino también en sus economías.
El mundo que emergió después ya no tenía la misma confianza en sí mismo. La inflación, las deudas y las reparaciones de guerra mantuvieron a las naciones atrapadas en una fragilidad constante. Y cuando la Gran Depresión golpeó en los años treinta, el miedo terminó de cerrar las puertas que antes se habían abierto. Cada país comenzó a protegerse de los demás. Estados Unidos aprobó el arancel Smoot-Hawley en 1930, elevando impuestos sobre miles de productos importados, y el resto del mundo respondió con represalias semejantes. El comercio internacional empezó a encogerse como un animal herido.
Aquella crisis dejó una enseñanza dolorosa: cuando el miedo y el nacionalismo económico reemplazan la cooperación, el sistema entero puede derrumbarse. Los países cerraron sus mercados creyendo que así salvarían sus economías, pero solo consiguieron profundizar la depresión y alimentar la desconfianza mutua.
Sin embargo, incluso de las ruinas nacen lecciones. Después de la Segunda Guerra Mundial, muchas de las negociaciones internacionales buscaron precisamente evitar que el mundo volviera a repetir aquel fracaso.
Mientras observaba los enormes barcos en Port Everglades aquella tarde de 2025, comprendí que el comercio internacional no es únicamente una cuestión de mercancías cruzando fronteras. Es, sobre todo, una historia profundamente humana. Una historia hecha de ambición y esperanza, de pactos y rivalidades, de pueblos que se acercan o se apartan según los tiempos.
Tal vez por eso los puertos siempre me producen melancolía. En ellos conviven el pasado y el futuro: los ecos de los viejos imperios mercantilistas, los sueños del libre comercio y las cicatrices de las guerras que alguna vez detuvieron al mundo. Porque, al final, cada contenedor que cruza el océano lleva algo más que productos; lleva también la memoria de la humanidad intentando entender cómo convivir consigo misma.
Aquella noche regresamos al hotel cansados, pero con una extraña felicidad encima. Mis hijas no paraban de hablar del water trolley de Las Olas Boulevard , ese pequeño bote gratuito que recorre los canales como si el tiempo no existiera , mientras Daysi sonreía en silencio, saboreando la calma de ese momento compartido. Desde la ventana de la habitación, Fort Lauderdale parecía una ciudad suspendida sobre el agua, hermosa y ordenada, como si hubiera sido construida especialmente para impresionar. Sin embargo, mientras miraba las luces reflejarse en la oscuridad del puerto, descubrí en mí un deseo inesperado de que amaneciera pronto para volver a mi bullicioso barrio de Los Mina.
Tal vez sea un loco sin medicar, porque siempre he amado el silencio. Los lugares tranquilos donde el pensamiento puede respirar. Pero aquella noche entendí que la patria no siempre se parece a lo que uno imagina. A veces tiene ruido de motores viejos, vendedores ambulantes, música escapándose por una ventana abierta y vecinos discutiendo de política o de pelota con gritos que se robaban nuestra paz, pero aun así cada vez que salgo del país siento un deseo inmenso de volver a mi tierra . La patria es el lugar donde uno deja de fingir y puede encontrarse consigo mismo sin tener que explicar nada.
Cuando abordé el avión de regreso y vi alejarse las luces de aquella ciudad extranjera, entendí algo que ningún foro económico ni ninguna conferencia internacional me había enseñado del todo y es que la mejor manera de entender los negocios internacionales es no olvidar jamás la tierra que lo vio a uno nacer. Porque el comercio puede unir continentes, mover fortunas y transformar ciudades enteras, pero solo quien conoce el peso emocional de sus raíces entiende de verdad lo que significa pertenecer al mundo sin dejar de pertenecer a sí mismo.
