lunes, 27 de abril de 2026
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Crónica del SAM entre políticos, comerciantes y una Regidora secreta

Por Cinthia Polanco
las 4 y tantos de la tarde llegué al local donde tendría lugar la juramentación del nuevo presidente de la Asociación de Comerciantes del Mercado de Los Mina. El acto, programado para las 5:00 p. m. en el salón del tercer nivel de la Plaza del Este, en la avenida San Vicente de Paúl, arrancó —como dicta la costumbre dominicana— cerca de las 6:00. Aunque ya lo presentía, preferí llegar con tiempo.

Robert —siempre tan sabio— solía decirme que las noticias de verdad están escondidas entre los detalles… y que muchas veces esos detalles ocurren antes de que comience cualquier acto

Afuera, el calor de Santo Domingo Este era una bofetada. Me asomé al salón buscando refugio, saludé a un señor sentado en un mueble y pregunté si podía acompañarlo. Me respondió con sencillez:

—Sí, porque yo estoy sentado.

Y así quedamos: dos desconocidos compartiendo aire acondicionado y silencio. El ambiente estaba agradable.

Como de costumbre, el salón lucía bien decorado, con ese aire de formalidad que algunos aún respetan. Entre los primeros presentes, vi a un puñado de periodistas, algunos comerciantes y muchas sillas vacías.

Ya sentada, me vinieron recuerdos. Aquella vez que fui invitada a la presentación de un libro del general de la Quinta República. Aquello sí fue un acto elegante: protocolo impecable, respeto en el ambiente y una atmósfera donde uno sentía que su presencia valía algo.

Miré hacia el balcón del SAM. Justo en ese momento, vi cómo llegaba el presidente electo, Jairo Santo. Bajó de un vehículo con camisa clara y pantalón oscuro, pero al entrar, ya llevaba puesta una chaqueta a juego y una corbata que parecía sacada del paquete. Transformación exprés.

Minutos después, apareció el diputado Rafael Castillo, acompañado por Haisel González, el exprecandidato a alcalde por la Fuerza del Pueblo. No sabía si estaba allí en calidad de “Panorama” o si simplemente estaba respaldando al diputado. Algunos en el ayuntamiento dicen que Castillo está maniobrando para “desalojar” a Dío Astacio del cuarto piso del palacio municipal.

Curiosamente, fue el mismo presidente electo quien se me acercó primero. Me saludó y, sin yo decirle quién era, preguntó:

—¿Usted es de Ciudad Oriental?
—Yo la he visto en el mercado —agregó.

Más tarde, vi a Manuel García Sarita —el inconfundible “Manolo” de Productos Sagasma— conversando animadamente con el padre Alegría en la mesa número tres.

Y fue entonces cuando noté un detalle inquietante: el mural con las fotos de los expresidentes de la organización ZaM estaba cubierto con un manto negro. Incluso se veía un clavo solitario, señal de que algunas fotos habían sido desmontadas. Justo ahí, en ese espacio simbólico, colocaron la mesa principal. Algo no cuadraba. Me pregunté si tenía sentido borrar la historia para acomodar el presente.

Pasados quince minutos, hicieron su entrada José Veras —el expresidente— y el presidente de la Federación de Comerciantes, Iván García. Llegaron como pareja de lucha libre, caminando con paso firme, como si fueran al ring.

Un periodista reconoció a Iván y se le acercó. El resto de nosotros, los periodistas-monos, lo rodeamos en manada para hacerle preguntas que iban desde lo irrelevante hasta lo absurdo.

Poco después llegó la gobernadora Lucrecia Santana Leyba, escoltada por periodistas. Algunos comerciantes no sabían quién era. Uno, con familia en Santo Domingo Norte, murmuró que fue diputada, pero que la sacaron de la boleta en 2024. En fin.

Ya todo el mundo en su mesa, noté algo insólito: al presidente de la Federación Nacional de Comerciantes lo colocaron en una mesa común. No en la principal. ¿Error de protocolo? ¿Desaire intencional? Sea como sea, fue una falta de respeto. La mesa principal, además, estaba ubicada en un lateral izquierdo, no al frente como dicta la lógica del protocolo. Para colmo, los expresidentes fueron ubicados aún más al margen.

Cuando el acto iba a comenzar, se presentó otro problema: no encontraban el Himno Nacional. Los técnicos no daban pie con bola. Pasó un minuto y nada. Finalmente, alguien sacó su celular, y lo pusieron frente al micrófono. Ahí se escuchó fuerte y claro la voz de José Veras, cantando con tanta energía que parecía un guardia en la frontera intentando espantar haitianos a gritos patrióticos.

Después vino la entrega de una placa a José Veras. La placa era tan pequeña que parecía más un llavero con diploma. Se leyó lo que decía, pero nadie escuchó. Todas las placas suenan igual.

Cuando tomó la palabra, Veras advirtió que se tomaría “unos minutos”. Fueron minutos en euros: largos, pesados y costosos. Eso sí, el discurso fue culto, cargado de referencias históricas y citas célebres. Él sabe hablar, nadie lo niega.

Mientras hablaba, algunos miembros de la nueva directiva no disimulaban su impaciencia. Manuel del Orbe, por ejemplo, sonreía, pero su gesto parecía más bien un rictus de “¿cuándo se acaba esto?”.

En la mesa tres, un camarero ofrecía vino. Cuando llegó a Iván García, este —hombre de gustos refinados— se negó. El resto de la mesa lo imitó con dolor en el alma. Nadie quería parecer pobre aceptando el trago. Pero todos querían uno. Solo que no se atrevieron.

Cuando por fin habló el nuevo presidente, parte de la prensa ya se había marchado. Jairo Santo, quizás sin notarlo, traicionó su subconsciente. Mencionó el término “Costa del Faro”, el fallido proyecto de “marca ciudad” de Dío Astacio. Ese concepto que no representa a nadie y que ni siquiera ha sido aprobado formalmente.

Mientras hablaba, una comerciante en la mesa dos —que luego supe se llama Celeste— tenía una expresión de fastidio. No aceptó nada de lo que ofrecieron. Su lenguaje corporal decía “quiero irme ya”. En esa misma mesa estaba Abel Brito, el candidato derrotado. Sonreía como quien no tiene opción. Permaneció sentado todo el tiempo, como si quisiera ser invisible.

En la mesa tres, Haisel González parecía en otro planeta. Chateaba en su celular, totalmente ajeno a lo que pasaba. Para él, ese acto podía no existir.

Al final del discurso, la mayoría salió antes de que Julio Clemente hiciera el cierre formal. Algunos de los que se hacen llamar “comunicadores” andaban como zombis: dudando entre buscar picadera o perseguir políticos a ver si caía algo para la gasolina.

En ese momento entendí que ya era hora de irme. No fuera a ser confundida con una “pesetera”. Pero antes de salir, observé a uno de los acompañantes de la gobernadora regañando a varias personas que se tomaban fotos. No supe qué pasó. Mi casa me llamaba.

Ya en el parqueo, vi a lo lejos a una regidora opositora. Vestía muy informal, estaba sola junto a la escalera del SAM. Dudé si volver a entrevistarla, pero no quise interrumpir. Quizás la llame hoy o mañana. O nunca.

Ah, y hablando de regidores… El alcalde no fue. Dicen que estaba de viaje. Pero ni siquiera envió a alguien de alto nivel. Para una actividad de esta magnitud, eso se siente como un desaire.

¿Será que ya consiguió lo que quería… y el mercado ya no le importa?