miércoles, 20 de mayo de 2026
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El Poder que Transforma: Cuando el cargo cambia a la persona

[author title=»Por Jacobo Colón» image=»https://ciudadoriental.com/wp-content/uploads/2023/05/jacobounomas.jpg»][/author]
l poder, ese elixir codiciado que muchos persiguen, tiene un efecto curioso; revela la verdadera esencia de quien lo ostenta.

Una frase del Dr. Joaquín Balaguer escrita en el libro “Los Carpinteros” describe cómo cambia el carácter del ser humano cuando es nombrado en una posición publica y es rodeado de todo tipo de aduladores, “Si quieres saber quién es Mundito, dale un mandito”.

Esta máxima, tan sencilla como profunda, encuentra eco en la política dominicana, donde hemos visto cómo el ascenso al poder puede transformar a personas humildes y accesibles en figuras distantes, rodeadas de serviles y desconectadas de sus raíces.

El caso más emblemático es el de Faride Raful, ella ilustra esta metamorfosis, mostrando cómo el cargo puede subirse a la cabeza, especialmente a ciertos jóvenes, y no tan jóvenes, que sucumben a su influjo.

Faride Raful, conocida como “La Faraona”, llegó al escenario político como una figura refrescante, guerrera incansable que defendía el debido proceso, la constitución, los derechos humanos y la lucha contra la corrupción.

Su discurso apasionado y su aparente compromiso con los principios la convirtieron en un símbolo de esperanza para muchos en el Partido Revolucionario Moderno (PRM).

Sin embargo, al asumir el cargo de Ministra de Interior y Policía algo cambió.

La Faride cercana, que conversaba con amigos y compañeros, se desvaneció.

En su lugar emergió una figura que, según las quejas que circulan en el PRM y su círculo de amigos cercano, se siente todopoderosa, inalcanzable y en ocasiones, dispuesta a humillar a quienes la rodean.

Un ejemplo de esto lo relató el Dr. Waldys Taveras, municipalista y destacado dirigente del PRM, en un programa de televisión.

Taveras expresó que, antes de que Faride Raful asumiera su cargo, mantenían una comunicación fluida. Sin embargo, tras su nombramiento, las llamadas dejaron de ser respondidas ni devueltas y el contacto se perdió.

Este no es un caso aislado; las críticas llueven dentro del PRM, donde muchos lamentan que la Faride que conocieron se haya transformado en “una más del montón”, integrándose al sistema que antes criticaba con vehemencia.

La defensora de la transparencia y la justicia ahora parece cómoda en un entorno que, en el pasado, habría denunciado.

No es un fenómeno nuevo ni exclusivo de Faride Raful. Hace más de dos décadas, Guido Gómez Mazara vivió una transformación similar.

En el año 2000, siendo muy joven, fue nombrado consultor jurídico del Poder Ejecutivo bajo la presidencia de Hipólito Mejía y su paso por esa posición dejó un sabor amargo.

Actitudes arrogantes y decisiones cuestionables marcaron su gestión, alejándolo de la imagen de líder prometedor que muchos esperaban.

Sin embargo, el tiempo y la madurez parecen haber obrado en su favor, hoy, Gómez Mazara se maneja con una postura más reflexiva y mesurada, demostrando que el crecimiento personal puede corregir los excesos del pasado.

Estos casos nos llevan a una reflexión: ¿Es el poder un espejo que revela quiénes somos en realidad, o es una fuerza que nos transforma, para bien o para mal?

En el caso de Faride Raful, su evolución sugiere lo primero. El cargo no la creó; simplemente desnudó una faceta que, quizás, siempre estuvo allí.

La joven que enarbolaba la bandera de la ética ahora parece atrapada en las dinámicas de un sistema que, en teoría, buscaba cambiar.

Su actitud, según las críticas, refleja una desconexión no solo con sus antiguos aliados, sino con los valores que la definían.

El fenómeno no es exclusivo de la juventud. Si bien la inexperiencia puede amplificar los efectos del poder en personas jóvenes, los no tan jóvenes también pueden caer en la trampa.

El poder seduce, envanece y, en muchos casos, aísla.

Quienes antes caminaban entre la gente, ahora se rodean de incondicionales que aplauden cada paso, creando una burbuja que distorsiona la realidad.

Este aislamiento, como se observa en el caso de “La faraona” no solo daña relaciones personales, sino que debilita la confianza en el proyecto político que representan.

La lección es clara: el poder es una prueba de carácter. Algunos, como Guido Gómez Mazara, logran aprender de sus errores y reinventarse.

Otros, como Faride Raful, parecen aún atrapados en el espejismo del cargo, olvidando que la grandeza no está en el título, sino en la humildad y la coherencia.

Mientras el PRM y sus seguidores se manejan con estas decepciones, la frase de Balaguer resuena con fuerza: el “carguito” no miente.

Tarde o temprano, revela quién es quién. La pregunta es: ¿Aprenderán los involucrados antes de que sea demasiado tarde

El Poder que Transforma: Cuando el cargo cambia a la persona.

El poder, ese elixir codiciado que muchos persiguen, tiene un efecto curioso; revela la verdadera esencia de quien lo ostenta.

Una frase del Dr. Joaquín Balaguer escrita en el libro “Los Carpinteros” describe cómo cambia el carácter del ser humano cuando es nombrado en una posición publica y es rodeado de todo tipo de aduladores, “Si quieres saber quién es Mundito, dale un mandito”.

Esta máxima, tan sencilla como profunda, encuentra eco en la política dominicana, donde hemos visto cómo el ascenso al poder puede transformar a personas humildes y accesibles en figuras distantes, rodeadas de serviles y desconectadas de sus raíces.

El caso más emblemático es el de Faride Raful, ella ilustra esta metamorfosis, mostrando cómo el cargo puede subirse a la cabeza, especialmente a ciertos jóvenes, y no tan jóvenes, que sucumben a su influjo.

Faride Raful, conocida como “La Faraona”, llegó al escenario político como una figura refrescante, guerrera incansable que defendía el debido proceso, la constitución, los derechos humanos y la lucha contra la corrupción.

Su discurso apasionado y su aparente compromiso con los principios la convirtieron en un símbolo de esperanza para muchos en el Partido Revolucionario Moderno (PRM).

Sin embargo, al asumir el cargo de Ministra de Interior y Policía algo cambió.

La Faride cercana, que conversaba con amigos y compañeros, se desvaneció.

En su lugar emergió una figura que, según las quejas que circulan en el PRM y su círculo de amigos cercano, se siente todopoderosa, inalcanzable y en ocasiones, dispuesta a humillar a quienes la rodean.

Un ejemplo de esto lo relató el Dr. Waldys Taveras, municipalista y destacado dirigente del PRM, en un programa de televisión.

Taveras expresó que, antes de que Faride Raful asumiera su cargo, mantenían una comunicación fluida. Sin embargo, tras su nombramiento, las llamadas dejaron de ser respondidas ni devueltas y el contacto se perdió.

Este no es un caso aislado; las críticas llueven dentro del PRM, donde muchos lamentan que la Faride que conocieron se haya transformado en “una más del montón”, integrándose al sistema que antes criticaba con vehemencia.

La defensora de la transparencia y la justicia ahora parece cómoda en un entorno que, en el pasado, habría denunciado.

No es un fenómeno nuevo ni exclusivo de Faride Raful. Hace más de dos décadas, Guido Gómez Mazara vivió una transformación similar.

En el año 2000, siendo muy joven, fue nombrado consultor jurídico del Poder Ejecutivo bajo la presidencia de Hipólito Mejía y su paso por esa posición dejó un sabor amargo.

Actitudes arrogantes y decisiones cuestionables marcaron su gestión, alejándolo de la imagen de líder prometedor que muchos esperaban.

Sin embargo, el tiempo y la madurez parecen haber obrado en su favor, hoy, Gómez Mazara se maneja con una postura más reflexiva y mesurada, demostrando que el crecimiento personal puede corregir los excesos del pasado

Estos casos nos llevan a una reflexión: ¿Es el poder un espejo que revela quiénes somos en realidad, o es una fuerza que nos transforma, para bien o para mal?

En el caso de Faride Raful, su evolución sugiere lo primero. El cargo no la creó; simplemente desnudó una faceta que, quizás, siempre estuvo allí.

La joven que enarbolaba la bandera de la ética ahora parece atrapada en las dinámicas de un sistema que, en teoría, buscaba cambiar.

Su actitud, según las críticas, refleja una desconexión no solo con sus antiguos aliados, sino con los valores que la definían.

El fenómeno no es exclusivo de la juventud. Si bien la inexperiencia puede amplificar los efectos del poder en personas jóvenes, los no tan jóvenes también pueden caer en la trampa.

El poder seduce, envanece y, en muchos casos, aísla.

Quienes antes caminaban entre la gente, ahora se rodean de incondicionales que aplauden cada paso, creando una burbuja que distorsiona la realidad.

Este aislamiento, como se observa en el caso de “La faraona” no solo daña relaciones personales, sino que debilita la confianza en el proyecto político que representan.

La lección es clara: el poder es una prueba de carácter. Algunos, como Guido Gómez Mazara, logran aprender de sus errores y reinventarse.

Otros, como Faride Raful, parecen aún atrapados en el espejismo del cargo, olvidando que la grandeza no está en el título, sino en la humildad y la coherencia.

Mientras el PRM y sus seguidores se manejan con estas decepciones, la frase de Balaguer resuena con fuerza: el “carguito” no miente.

Tarde o temprano, revela quién es quién. La pregunta es: ¿Aprenderán los involucrados antes de que sea demasiado tarde?