
Por Ramón Peralta
ay canciones que uno escucha y reconoce, no porque las haya oído antes, sino porque describen algo que uno ya vivió sin saber que tenía nombre. Derroche, de Manuel Jiménez, es una de esas. A primera vista es una balada de amor encendido. Pero quien ha estado en una campaña de verdad, quien ha caminado bajo la lluvia detrás de un candidato porque algo por dentro no le permitía quedarse en casa, sabe que esa canción habla de algo más. Habla de lo que ocurre cuando la política deja de ser política y se convierte en emoción colectiva. En fe. En algo que se parece mucho al amor.
En el 2002 vi a Manuel Jiménez aspirando a ser diputado, con una guitarra, rodeado de niñas del barrio que bailaban y cantaban queriendo ser artistas como él. No había tarima costosa ni producción elaborada. Había un hombre y su música y unos niños que lo seguían porque algo en él los hacía sentir que la vida podía ser más bonita. Y lo vi también bajo un aguacero, caminando, mojado como cualquier mortal, mientras sus seguidores se empapaban a su lado sin que a nadie se le ocurriera irse. Nadie se fue. Porque cuando un candidato es capaz de hacer que la gente se moje con él y se quede, ya ganó algo que ningún presupuesto de campaña puede comprar.
Eso es lo que describe la canción cuando dice «el reloj de cuerda suspendido, el teléfono desconectado». Una campaña que aspire a ganar tiene que lograr exactamente suspender el mundo. Detener por un instante el peso de las deudas, el desengaño de las promesas rotas, el desaliento de esperar siempre lo mismo. Y ese instante no se produce desde un estudio de televisión. Se produce en la calle mojada, en la esquina del barrio, en el momento en que el candidato llega sin protocolo y la gente siente que esa persona vino a estar, no a discutir.
En 1978, el pueblo dominicano salió a votar siguiendo la luz de un jacho encendido. No era un símbolo sofisticado. Era fuego. Era la imagen más genuina y más humana de la esperanza que alumbra en la oscuridad. Con ese jacho que prometía cambios, el PRD ganó la presidencia y abrió una puerta que muchos creían sellada para siempre. La gente no votó por un programa de gobierno. Votó por la emoción de creer que el cambio era posible, que esta vez sí, que algo diferente estaba a punto de ocurrir. Eso es lo que la canción llama «probar el vino»: ese primer gesto pequeño que lo desencadena todo. En campaña, ese vino puede ser una guitarra en un barrio, puede ser una vela encendida, puede ser un candidato que se queda bajo la lluvia cuando todos esperaban que corriera a refugiarse.
La política dominicana ha producido rivalidades que son en sí mismas lecciones de democracia emocional. Bertico Santana y Jorge Frías se disputaron en Los Mina el alma del PRD con una intensidad que partía el corazón de los propios perredeístas, porque ambos representaban una rivalidad que no se veía en la televisión, pero se sentía en cada zona de ese partido. Manuel y Cabrera libraron sus batallas en 2006 y 2010 con esa misma fibra, esa capacidad de mover gente no por maquinaria sino por convicción. Y en 2020, Bolívar Valera y Rafael Castillo protagonizaron uno de esos duelos electorales que la gente recuerda no por quién ganó sino por cómo los hicieron sentir a todos. Ambos emocionaron la masa morada. Ambos, a su manera, ganaron. Porque hay campañas que pierden el conteo y ganan el corazón, y ese corazón ganado no desaparece, se acumula, se convierte en historia, en lealtad, en el tipo de amor político que sobrevive a cualquier resultado.
Hay un verso en la canción que guarda la filosofía entera de una campaña ganadora: «Para entrar en el cielo no es preciso morir.» El 16 de mayo de 1998 entendí eso de una manera que no he olvidado. Yo era presidente de mesa electoral y fui a entregar la urna a la Junta del Distrito Nacional. Éramos presidentes de mesa, personas que se supone que deben ser neutrales, frías, técnicas. Pero cuando Milagros Ortiz Bosch entró a esa junta, todo el mundo aplaudió. Cada uno de nosotros tenía en las manos un acta con la victoria póstuma de Peña Gómez, y ese aplauso no era protocolo. Era emoción pura. Era un pueblo que había salido a votar ese día no solamente por un candidato sino por un hombre que ya no estaba, para decirle que lo recordaban, que lo amaban, que su lucha no había sido en vano. Peña Gómez había ganado el corazón de la gente mucho antes de ganar esas elecciones. Y ese corazón ganado no muere. Vota incluso después.
Eso es lo que pocos estrategas pueden fabricar en una oficina. La conexión real entre un liderazgo y su pueblo se construye en años de presencia, de cercanía, de derrochar ternura en cada saludo, en cada visita al barrio, en cada momento donde el candidato elige estar con la gente en lugar de estar cómodo. El votante necesita sentir una intimidad verdadera con quien pide su voto. No la intimidad de la foto perfecta, sino la del candidato que se moja bajo la lluvia y sigue caminando, la del líder que hace sentir a cada persona que es la única persona. Esa cercanía no se olvida. Se convierte en lealtad. Se convierte en el tipo de convicción con que uno despierta el día de las elecciones y camina al centro de votación como quien va a cumplir algo sagrado.
En el 2004, en medio de la crisis bancaria, cuando las familias dominicanas habían perdido los ahorros de toda una vida, Leonel Fernández hablaba y la gente escuchaba con un hambre distinta. No era el análisis lo que los movía. Era la esperanza. Era sentir que alguien entendía lo que estaban viviendo y les ofrecía, no solamente soluciones técnicas, sino la posibilidad emocional de salir adelante. » E Pa fuera que van» no era un slogan. Era un estado de ánimo colectivo. Era un pueblo que necesitaba creer que podía vivir mejor y encontró en esas palabras el permiso para creerlo. La canción lo dice con una imagen que es pura campaña: «Parecíamos dos irracionales que se iban a morir mañana.» Así se vive una campaña que gana. Con esa urgencia. Con esa intensidad de quien sabe que cada día es irrepetible y cada corazón que no se conquista hoy quizás no se conquiste nunca.
Y entonces aparece la frase que da nombre a todo. derroche. » Besos, ternura, qué derroche de amor, cuánta locura». Una campaña ganadora no puede administrar sus emociones como si fuera un presupuesto limitado. Tiene que derramarla. Tiene que repartir besos y abrazos con la misma generosidad con que uno los reparte entre quienes ama de verdad, sin contar, sin calcular, sin reservar nada para después. El votante necesita sentir al candidato tan cerca como a la persona que eligió para toda la vida. No la cercanía de la foto perfecta sino la del candidato que recuerda el nombre de la señora que lo saludó la semana pasada, la del líder que llega al barrio sin escolta y se queda hasta tarde, la del hombre o la mujer que hace sentir a cada ciudadano que entre ellos dos existe algo que no necesita explicación. Esa es la intimidad que construye victorias. La que hace que un ciudadano despierte el día de las elecciones con la misma seguridad tranquila con que uno despierta al lado de quien ama, sin dudas, sin vacilación, sabiendo simplemente que ese es su lugar.
Quien no gana el corazón de la gente no gana el voto. No hay fórmula más vieja ni más verdadera en política.
Derroche convierte una noche en algo que no se olvida. Y eso mismo hace que una campaña emotiva convierta un momento político en una experiencia que la gente lleva guardada para siempre, en ese lugar donde guardamos las cosas que lo cambiaron de verdad. El pueblo no recuerda propuestas. Recuerda cómo un candidato lo hizo sentir. Si lo despertó o lo dejó dormir. Si le devolvió algo de la fe que había perdido o confirmó que todos son iguales. Al final, en el amor y en la política, las personas entregan su corazón a quienes son capaces de hacerlas sentir que tocar el cielo es posible, aquí, ahora, sin necesidad de morir para merecerlo. Esa es la campaña que gana. Esa es la canción que no se olvida jamás.
