lunes, 25 de mayo de 2026
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Carolina Mejía y la sombrilla política de Hipólito

Por     Arturo Ramírez Quiñones
Abogado y Máster en Derecho Constitucional
n política, una aspiración presidencial sin estructura orgánica es como una campaña sin territorio. No basta el nombre ni el partido. Se necesita presencia en los comités, en los dirigentes medios y en los delegados que deciden una convención. Por eso, contar con maquinaria propia es condición indispensable para cualquier proyecto que aspire a llegar a Palacio.

De ahí surge la pregunta clave: ¿qué pesa más, el apellido o la construcción propia?

En la democracia dominicana moderna no hay precedente de un hijo o hija de un expresidente que haya llegado a la Presidencia aprovechando directamente la plataforma que llevó a su padre al poder. La herencia política ayuda, pero no decide. Lo vemos hoy en dos casos distintos: Omar Fernández y Carolina Mejía.

Me detengo en el segundo, ya que el caso de Omar Fernández será objeto de análisis en otro artículo. Carolina Mejia intenta proyectarse hacia 2028 bajo la sombrilla de la herencia política que construyó su padre, Hipólito Mejía. Desconocer el liderazgo, el carisma y el respeto que Hipólito mantiene en el PRM sería negar la realidad. Pero esa misma estela tiene luces y sombras, y ambas condicionan a quien pretenda cobijarse bajo ella.

Hipólito: tres décadas como líder antagonista.

Hipólito Mejía es el único político dominicano que, durante 30 años, ha sido el principal actor de oposición interna dentro del espacio que fue el PRD y hoy es el PRM. Su trayectoria explica por qué su figura aún pesa:

1992-1994: Tras el diagnóstico de cáncer de José Francisco Peña Gómez, Hipólito inició su carrera presidencial. Fue candidato vicepresidencial del PRD en 1994, formando con Peña la fórmula “Café con Leche”.

1999-2000: Ganó la convención del PRD tras una dura lucha interna contra Fello Suberví, Milagros Ortiz Bosch y Hatuey Decamps. Llegó a la Presidencia en 2000.

2003-2004: Buscó la reelección. La convención interna fue conflictiva. Milagros Ortiz Bosch, Rafael Suberví Bonilla y Enmanuel Esquea Guerrero pactaron adelantar el proceso y exigir más del 50% para ganar. La confrontación con Hatuey Decamps fracturó el partido y contribuyó a la creación del PRSD. A ello se sumó la crisis bancaria y la devaluación del peso. El resultado fue la derrota frente al PLD en 2004.

2012: Volvió como aspirante presidencial. Derrotó a Miguel Vargas en la convención del 6 de marzo, pero la crisis interna que siguió contribuyó a la derrota frente al PLD.

2015-2019: Tras la fundación del PRM, fue precandidato en la convención del 26 de abril de 2015, donde obtuvo 28.5% frente al 70.53% de Luis Abinader. En 2019 volvió a presentarse en la convención simultánea organizada por la JCE y resultó derrotado nuevamente, favoreciendo a Luis Abinader saco el 74.11 %.

Tres décadas participando en procesos internos, muchos fratricidas, que en algunos casos derivaron en derrotas electorales y en otros en divisiones del partido. Esa secuencia de enfrentamientos lo convierte en el principal líder interno antagonista de la historia reciente del perredeísmo y del PRM:

– Hipólito vs. Peña Gómez
– Hipólito vs. Fello Suberví
– Hipólito vs. Hatuey Decamps
– Hipólito vs. Milagros Ortiz Bosch
– Hipólito vs. Miguel Vargas
– Hipólito vs. Luis Abinader

El lado positivo y el lado negativo de la herencia

Para Carolina Mejía, esa herencia tiene dos caras.

Positivo: Arranca con una base de dirigentes que le deben lealtad a Hipólito y que, por extensión, le abren puertas. Tiene acceso a estructuras municipales y provinciales que a otros les toma años construir. El apellido Mejía aún moviliza en el interior. Además, aunque lideró el antagonismo en las luchas internas, siempre lo hizo dentro del cauce institucional y con respeto a las reglas democráticas.

Negativo: Hereda también las fracturas. El liderazgo de Hipólito se construyó en la confrontación interna, y eso deja resistencias en sectores del PRM que vivieron esos choques. Muchos de ellos son hoy precandidatos.

Otro problema es generacional. El liderazgo tradicional que acompaña a Hipólito no conecta con el nuevo paradigma político. La política de 2026 no es la de 2000. El electorado joven no votó por Hipólito presidente. Busca gestión visible, menos ruido interno y perfiles que no carguen con el desgaste de tres décadas de pugnas.

La diferencia entre usar y depender

El error sería creer que el paragua de Hipólito, agujereado por crisis y divisiones, basta por sí solo. En el liderazgo emergente del PRM predomina la idea de presentar ante el electorado figuras con menor compromiso con el pasado inmediato.

Si Carolina Mejía logra hacer esa transición, el paraguas deja de ser un techo y se convierte en trampolín. Si no, se queda en símbolo nostálgico de un liderazgo que ya no compite en la boleta.

Conclusión

Carolina Mejía tiene un activo que pocos en el PRM poseen: una estructura territorial lista para usarse. Pero en política, el apellido abre puertas, no gana elecciones.

La pregunta para 2028 no es qué tanto pesa Hipólito. Es qué tanto ha construido Carolina por encima y más allá de él. Porque al final, el voto no se hereda. Se gana.