
Por Robert Vargas
Hace algunas noches, el alcalde Manuel Jiménez se armó de valor y atendió un viejo clamor de la comunidad: acabó con la ocupación por vendedores informmales de la calle y las aceras en «La Bomba de Los Mina» para que los peatones pudieran caminar sin exponerse a ser atropellados y los vehículos transitar libremente.
Tras el desalojo, los bomberos lavaron las intersecciones de las calles San Vicente de Paúl y Arzobispo Fernández de Navarrete, y la de esta con la calles 27-D y 27-I.
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Pusieron el lugar «como una tazita». Limpio, libre y reluciente.
En la mañana, los transeuntes disfrutaron de la libertad de caminar en las aceras sin exponerse a ser atropellados por algún vehículo.
Sin embargo… algunos entendieron que «el bloque» lo desalojaron para que ellos los ocuparan
Ayer llegaron decenas de evangélicos instalaron una pequeña carpa junto a la gasolinera del lugar, colocaron sus equipos de sonidos y ocuparon por completo un tramo de la acera.
Los demás evangélicos se fueron a la acera de enfrente, junto a una vieja farmacia y ocuparon una parte de la calle.

Cuando a todos «se les prendió la pámpara», entonces los peatones no podían caminar por las aceras y tenían que caminar en medio o a orilla de la calle exponiéndose al peligro de ser atropellados por algún conductor.
Incluso, un predicar se colocó en algún momento exactamente en medio de la calle, mientras los demás, en medio de sus alabanzas, también ocupaban una parte de la calle.

Cuando Ciudad Oriental grababa la escena, un pastor nos increpó e intentó chantajear con el «san benito» de que «¿Usted es enemigo de Cristo?».
En su fanatismo, uno de los pastores alegó que son los conductores quienes deben ir con cuidado para no chocar a algunos de los emocionados cristianos o peatones que no puede usar las aceras por que ellos las tenían invadida.
En eso se parecían a los vendedores informales desalojados quienes reclamaban que no les pisaran sus mercancías y, si esto ocurría, quien lo hiciera tenía que pagárselas.

Vimos a personas con muletas y sillas de rueda desplazarse en medio de la calle.
Por igual, vimos a mujeres jóvenes y de la tercera edad con niños en las manos caminar en la calle todo porque las aceras estaban ocupadas por los evangélicos.
Nadie se opone a que prediquen sus creencias, pero si se les exigen que respeten el derecho de los demás, tal como hizo el alcalde con los vendedores informales.
Ayer, esos evangélicos parecían dar el mensaje de que su Dios no respeta las leyes terrenales y es un Dios del cáos.
Nadie, en su sano juicio se atreve a entrar a una iglesia a hacer ruidos ni a caminar o hacer una fiesta como si fuera en su propia casa.

Entonces, esos evangélicos, no pueden pretender apropiarse del espacio de la Ciudad para hacer sus prédicas y obligar a la gente, y a ellos mismos, a ser atropellados por los vehículos.
Nadie ve a los adventistas, testigos de Jehová, Mormones y católicos, entre otros grupos religiosos, ocupando los espacios públicos y empujando los peatones al medio de la calle.

Ese grupo, que es bastante amplio, y algunos un poco agresivo, pueden reunir sus ofrendas para rentar un local y hacer allí sus alabanzas, como hacen los demás.
No es posible que el alcalde Manuel Jiménez libere ese espacio de vendedores informales para proteger a la ciudadanía, y ahora se permita que este grupo de evangélicos lo invada y expulse a los peatones al medio de la calle.
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