
Por William Perdomo
La reciente incursión de miembros de la policía haitiana en territorio dominicano para agredir a comerciantes informales locales se enmarca en un patrón de crecientes provocaciones, de extremo irrespeto y violaciones a la soberanía dominicana por parte de Haití.
La agresión de la policía haitiana penetrando a territorio dominicano se produjo el pasado domingo en un mercado informal en La Vigía, en la fronteriza zona de Dajabón.
La ola de provocaciones haitianas han arreciado después que estos desviarán las aguas del fronterizo río Masacre en Dajabón con la construcción de un canal en territorio de Haití, y la República Dominicana le ripostulado con el cierre de su frontera impidiendo el comercio de productos alimenticios al vecino país.
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No es la primera vez que los haitianos irrumpen en propiedad dominicana para cometer tropelías y daños, sin que el gobierno de turno aquí eleve más que tibias protestas diplomáticas, las cuales caen siempre en saco roto.
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Pero llega un punto en que la pasividad y contemplaciones innecesarias se traducen en señales de debilidad que terminan incitando precisamente este tipo de desmanes en la débilmente vigilada frontera.
Este grave incidente, sumado a otros ataques previos por parte de haitianos en los últimos meses, hace evidente que se está gestando una escalada agresiva que el gobierno dominicano no puede seguir tolerando con pasividad.
Urge que el presidente Luis Abinader levante su voz en los foros multilaterales para exhibir cómo Haití se burla una y otra vez de los acuerdos limítrofes. Y que exija férreas sanciones ejemplarizantes, no solo disculpas vacías.
Asimismo, debe proceder a blindar militarmente Dajabón y otras zonas vulnerables de los límites divisorios, en conjunción con planes de contingencia de ser necesario.
De no actuarse ya con mano firme, se corre el riesgo de una triada desestabilizadora en la frontera, que comprometa gravemente la convivencia pacífica, desate xenofobia local y frene las inversiones en la zona.
El gobierno dominicano debe optar por medidas severas o de lo contrario se interpretará como una señal de debilidad que exacerbé estos desmanes. Hay demasiado en juego en la relación binacional como para no frenar a tiempo este comportamiento agresivo desde Haití.
Haití está sumido en una espiral de violencia desde hace años, y no podemos darnos el lujo de que sus convulsiones termine menoscabando la paz social tan arduamente lograda del lado dominicano.
Se avecinan tiempos difíciles en la vecindad con Haití, y el gobierno haría bien en atinar las medidas preventivas para que no nos tomen otra vez desprevenidos.
