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Australia es más que un continente-nación, es reminiscencia de la nobleza

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Actualizado el: 4 diciembre, 2020 - 2:04 PM (-04:00)

Por: Valentín Medrano Peña
“El zum zum de la Carabela, el que mira pa’ atrás le doy una pela, El zum zum de la Carabela, el que mira pa’ atrás le doy una pela”, cantaban las muchachas dispuestas en una hilera redonda de ellas, a la par que soñaban con ser adultas.

Era noche temprana, de aquellas noches típicas de Andrés, Boca Chica y su composición cruzada de etnias y culturas que confluían en una sola cada noche. Todos los mayores tenían la obligación de vigilia de los niños, las que alternaban con algunos capítulos de telenovelas venezolanas. Fue la primera invasión de venezolanos. Sus telenovelas los hicieron propios, reconocibles.

“Brigadier pasando revista y dijo que faltó Capitán” gritaba a la fila de soldados imaginarios quien detentaba la dirección del juego. “Capitán nunca falta” respondí urgido. Yo había escalado desde Sargento. El equivalente a un ascenso de dos espacios en el juego y en el mundo militar, y no tenía intención de descender. “¿Y quién es que falta? Preguntó el Brigadier. “Coronel”, respondí ágilmente. El juego se continuó y cambiamos muchas veces de puestos dependiendo de los errores. Era grato jugar, no existían los problemas ni las responsabilidades ni los tormentos de los adultos.

Aquella fue mi única incursión en el mundo militar. Mi única guerra. De hecho, solo uno de entre todos los jugadores y los que esperaban fuera por jugar, decidió cerrar filas en las milicias, e increíblemente este que nunca fue muy diestro en el juego miliciano alcanzó el rango de General, con nosotros jamás pasó de Capitán. ¡Ah, ironía de la vida! Jugamos, cambiamos de juegos hasta que iniciaron los gritos.

Formábamos una fila inmensa sentados al frente del colmado de Bienvo. Este era un hombre alto y obeso que tenía un humor voluble. Las más de las veces era demasiado adulto para ser agradable, lo que contrastaba con su mujer, Doña Australia, nada que ver con la nación-continente. Doña Australia era el ser más noble, simpático y tierno que haya conocido. Era humana. Demasiado humana para su condición de comerciante, lo que le hacía ser un elemento deficitario de aquel pequeño comercio que entonces me parecía enorme. Tuve que volver a verlo muchos años después para creerme que fuera tan pequeño.

Doña Australia regalaba los vegetales días antes de que se pudrieran, obsequiaba caramelos a los pequeños, donaba leche para infantes, regalaba su propia ropa, jugaba con nosotros, acudía religiosamente a la iglesia católica y profesaba el amor, también tenía un listado enorme de fiaos, a pesar de saber que la gran mayoría constituirían cuentas impagables. Ayudaba a todos con las matemáticas. Era como una madre extendida. No tuvo hijos propios, por eso acogió como suyos a varios muchachos que laboraron en el viejo colmado botellero. Los hijos sociales de doña Australia, Javih Ortiz, Manuel Jiménez, Angel Reyes, Geogio Polonio y Ney Ortiz descollaron en la vida pública y le robaron parte de su iluminada candidez, le despertaron anhelos y recibieron devoción. Esa mujer fue una Santa. Toda un ángel.

Sonreía y tenía muy buenos modales y educacion, era juguetona, pero a pesar de ello infundía demasiado respeto. Aprendí que el respeto puede despertarse en conductas relajadas.

Ella nos influyó a todos, sembró el ejemplo que posibilitó que fuéramos mejores personas. Jamás supe su apellido, nunca hizo falta para saber todo lo buena persona que fue.

Yo debía tener pocos años para entender lo que significaba la palabra “Cáncer”, la había leído en el horóscopo del periódico con el que aprendí a leer, Cáncer, se rumoró, luego se afirmó, que aquel ángel, que la madre colectiva del barrio estaba enferma de Cáncer. Cáncer, no me significaba nada entonces, Cáncer, Cáncer, Cáncer, llegué a juguetear con el tema, pero aquella palabra de seis letras, a poco de aquella noticia, borró a Doña Australia de la vida.

Aveces por las noches se podían escuchar sus fuertes gritos de dolor desde su alcoba ubicada en lo alto del Colmado, en una segunda planta que entonces me parecía más alta que el Empire States Building. Fue quizá la única vez que la tristeza aunó a todos, los convocó a todos, los afectó el dolor que nace del amor sufrido.

Solía estar abrazado a las piernas de mi madre cuando ella salía al frente de nuestra empobrecida casa a conversar con otras mujeres del barrio. “Dios debía quitarle ese dolor ya”, dijo una de las contertulias de mi madre, entonces no entendía que decía. Ya las drogas no le hacían efecto, y aquella mujer fuerte, la que siempre daba consejos y apoyaba en los momentos de debilidades de los demás, aquella que intervenía y aplacaba los conflictos familiares, que rezaba en los velatorios, que consolaba a las compungidas viudas en estreno, lloraba en un concierto nocturno afectador que desvelaba a todos.

Mi madre, que sabía que yo era de sus favoritos, me llevó a verla por última vez. Estaba allí acostada en medio de una cama enorme, empequeñecida, reducida. Algunas mujeres de la vecindad limpiaban todo, se percibía un olor a lavanda muy fuerte. Una señora blanca intentaba que comiera una sopa. Vio a mi madre entrar. Apenas podía levantar los brazos y me señaló. Tímidamente, quizá horrorizado, fui a su lado. Sin pronunciar palabras me extendió su brazo izquierdo y yo respondí tocándola con mi mano derecha. Sonrió. Me sonrió. Cuando descendí al primer piso alguien comentó que aquella había sido su única sonrisa en meses.

Se sonrió con tu niño Juanin, debes volver a traerlo. Dejé a mi madre hablando con las mujeres y salí disparado a jugar bolas frente a mi casa que distaba a menos de media cuadra.

Aún jugábamos a las bolas cuando mi madre me tomó del brazo y me llevó a la casa para que me bañara y volviera a casa de Doña Australia ahora para su velatorio.

Se esfumó. Se fue. Dios escuchó las súplicas de aplacar el dolor del ser que más se le pareció y uno de los que más me influyó.

Han pasado algunas décadas desde su partida. Siempre la pienso y la veo en cada acto de bondad.

Doña Australia no conoció el internet, ni los televisores planos, ni el cable, ni los celulares con YouTube y facebook, siquiera el UHF, no vio nunca a New York, y no conoció las redes sociales, pero no le hizo falta para saber definir más que Google al amor.

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