sábado, 30 de mayo de 2026
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El amor prohibido de mi profesora Xiomara

Por Ramón Peralta
iovanni esperaba con ansias los martes y los jueves, no por el alivio de los días escolares, sino por el simple hecho de ver a su profesora de literatura, la encantadora y enigmática Xiomara.

Aquel jueves de diciembre de 1982 se celebraba el examen final del primer cuatrimestre. Giovanni, que era sin discusión el mejor estudiante de la asignatura, tomó asiento en la primera fila, justo frente al escritorio de la maestra a quien amaba en silencio con una devoción que rozaba lo sagrado.

Xiomara entró al aula envuelta en una elegancia que parecía natural, como si el viento mismo la hubiera peinado y la luz hubiera aprendido de su piel cómo posarse en el mundo. Vestía una falda negra a la rodilla que delineaba, sin pudor ni artificio, la curva perfecta que nacía de su cintura diminuta y se extendía hacia unas caderas esculpidas, sin duda, por el capricho generoso de algún dios distraído. Las piernas, firmes y armoniosas, se insinuaban como un misterio apenas custodiado por la tela. A los ojos adolescentes del curso de tercer grado del bachillerato, aquello era un enigma fascinante: ¿qué se escondía tras el velo de esa falda que se ofrecía con recato, como se custodia un tesoro antiguo?

Una blusa blanca, planchada con esmero, realzaba el contraste con su melena oscura que caía como una cascada de sombra nocturna sobre sus hombros. Era una mujer en plenitud, de treinta y dos años, con una piel tersa como la de una quinceañera, y labios rojos que revelaban, sin quererlo, que tras esa maestra habitaba una mujer con sed de amor y deseo de ser amada.

Su rostro era una fusión sutil entre la delicadeza mestiza de lo indígena y la blancura de estirpe europea, pero su cuerpo con un trasero firme y curvas peligrosas evocaba sin duda el ritmo y la fuerza de la sangre negra. Era como si la creación hubiese tomado lo mejor de cada linaje para formar en ella una armonía nueva.

Cuando entregó el examen a Giovanni, el roce de su mano tibia desató un temblor en el joven. Intentó darle las gracias, pero las palabras se quedaron atrapadas en el silencio, como mariposas que no encuentran la ventana abierta para volar.

El examen estaba dividido en cinco secciones. La primera exigía definir conceptos; la segunda, selección múltiple; la tercera, juicios de verdadero o falso; la cuarta, emparejar obras con autores. Giovanni resolvió las cuatro partes con la seguridad de un navegante en aguas conocidas. Cada una valía veinte puntos, y él sabía que hasta ahí, había sido impecable.

El último tema era un análisis breve sobre la novela María, de Jorge Isaacs. Giovanni levantó la vista, satisfecho.

Esa prueba fácil le garantizaría, pensó, el anhelado cien en literatura.

Pero al alzar los ojos, la vio. Xiomara estaba inclinada sobre el escritorio, llenando un registro. Sus piernas, bajo la mesa, estaban ligeramente separadas. Desde su asiento, Giovanni creyó ver un destello blanco en la entrepierna de la profesora. La vista se le nubló, como si la realidad se disolviera en el deseo. Se esforzó por descifrar lo que había más allá, con esa mirada intensa del que quiere desvelar lo prohibido. Y entonces Xiomara alzó los ojos.

Sintió, sin verlo, que la observaban con el fervor con que se mira lo sagrado o lo pecaminoso. No dijo nada, porque el silencio del aula no debía romperse. Solo cerró las piernas con la firmeza de quien cierra la puerta del corazón.

En ese instante, Giovanni decidió no responder el análisis literario. En su lugar, escribió una confesión:
Profesora, perdone esta torpe llama que se me escapa del pecho. Tal vez esto sea locura, o el temblor de un alma joven que no sabe esconder lo que arde. Pero he callado demasiado. He soñado con su risa como se sueña con el mar en la sed; he escuchado su voz en el silencio de mis noches. Lucho, créame, contra esta ternura que no debe florecer, pero florece. No vengo a pedirle nada, solo a dejarle estas palabras, la admiro con la pureza dolorosa del que comienza a sentir el mundo por primera vez, como quien descubre la fuerza de su primer y único amor.

Tembloroso, entregó su examen. Y ella lo tomó sin mirarlo.

Cuando llegó el día de entrega de calificaciones del cuatrimestre, la profesora Xiomara no asistió. Pero, para su sorpresa, Giovanni apareció con un cien en literatura. Se quedó en silencio, sin saber si debía alegrarse o inquietarse. Por dentro, algo le carcomía la certeza: ¿Cómo es posible que haya obtenido la nota perfecta si no respondí el último punto del examen?

Y entonces, una duda le asaltó como una sombra al final del día:

¿Será que la profesora Xiomara no lee los exámenes…?

Así, con esa pregunta sin respuesta, se marchó a sus vacaciones de Navidad.

El primer lunes después del Día de Reyes, las clases se reanudaron. Giovanni llegó sin demasiadas expectativas, resignado a que ese día no vería a la profesora Xiomara. Pero el destino, siempre travieso, se encargó de sorprenderlo. Esa noche, ella sustituyó al profesor de Moral y Cívica.

Su presencia transformó el aula en un espacio distinto, casi sagrado. Vestida con la misma sobriedad encantadora, la maestra centró la clase en una reflexión sobre el respeto: respeto por los mayores, respeto por los profesores, respeto por uno mismo. Cada palabra era una piedra cuidadosamente lanzada al corazón de Giovanni. Y aunque hablaba para todos, lo miraba solo a él, con el fuego severo de quien aún no sabe si está herida o furiosa.

Cuando sonó el timbre del receso, su voz se alzó con una firmeza inapelable:
—Señor Reyes, quédese en el aula.

Esperó a que salieran todos, y solo cuando estuvieron a solas, le habló.

—Usted es muy fresco, muy atrevido. Le dijo sin rodeos—. Esa declaración de amor que escribió en el examen fue una falta grave. Le puse cien porque sé que es el único que comprendía a fondo el análisis de la novela, aunque no lo haya redactado. Y porque, aunque equivocado, su texto mostró creatividad literaria. Supo convertir un impulso indebido en algo bello. Pero no se equivoque, muchacho: esto no se repite. Si vuelve a hacer algo así, lo denuncio directamente en la dirección.

Giovanni intentó defenderse, explicar quizás, pero ella levantó la mano con la dignidad herida de una reina que no permite objeciones.

No hubo más palabras. Solo el eco del silencio entre ellos dos.
Pasaron los días con la lentitud de los amores que no se atreven. Y el martes 16 de febrero, la profesora anunció una actividad especial: como el Día del Amor y la Amistad había caído en domingo, todos debían llevar una flor o una frase para dedicarla a un verdadero amigo o a alguien a quien admiraran sinceramente.

El aula se llenó de risas nerviosas, de miradas furtivas, de papeles doblados con letras inseguras. Algunos dedicaron frases a sus compañeros; otros, los más osados, entregaron flores a las chicas que les gustaban. Dolly, una muchacha encantadora y de sonrisa fácil, recibió seis flores de distintos pretendientes que no ocultaban su entusiasmo.

Giovanni, en cambio, se mantuvo en silencio hasta que le tocó su turno. Con mano temblorosa sacó un clavel rojo, lo sostuvo en el aire y dijo con una voz que parecía venirle desde las entrañas:

—Esta flor es para una chica prohibida… una a la que nunca dejaré de amar. Porque hay amores que crecen en la sombra, y mientras más se callan, más hondamente enraízan. No se la entrego, porque el día que intenté mostrarle mi sentir, ella se disgustó tanto, que supe que lo mío fue un error. Pero este amor, aunque equivocado, es sincero.

Las palabras quedaron flotando en el aire como un perfume persistente.

Entonces, cuando el ambiente aún vibraba con emociones contenidas, la profesora tomó la palabra con voz pausada, serena, como si cada sílaba le costara desprenderse.

—Convocamos esta dinámica porque hoy es mi última clase con ustedes. Mañana tomaré un vuelo rumbo a Nueva York, donde viviré de ahora en adelante.

Un murmullo de asombro recorrió el salón.

—Este país se está cayendo a pedazos. Continuó con la mirada fija en algún punto lejano. -Este gobierno trae lágrimas de sangre. Mi esposo me ha pedido que me vaya. Prefiere llorar por la distancia que gritar de hambre. Y yo me voy… por amor y por miedo.

Hizo una pausa. Su voz se quebró apenas.

—Me voy doblemente triste. Porque tal vez no volveré a verlos. Y porque… aquí dudó, pero siguió con firmeza, -porque ninguno de ustedes pensó en mí hoy. Ninguna flor. Ninguna frase. Parece que no fui especial para ustedes.

El timbre interrumpió su despedida como un hachazo brutal. Los alumnos se quedaron congelados, atrapados entre la culpa y la sorpresa. Nadie alcanzó a decir nada.

Xiomara recogió sus cosas lentamente. Se levantó con la dignidad herida de quien no espera aplausos, y salió del aula con los ojos humedecidos por lágrimas que no quiso dejar caer.

A las 9:50 de la noche sonó el timbre de salida. Giovanni, que siempre salía como un relámpago, se quedó sentado, inmóvil, como si sus piernas no quisieran obedecer la rutina. Se levantó despacio, con el alma hecha trizas, y caminó hasta el balcón del segundo piso, donde se detuvo a mirar el cielo que comenzaba a cerrarse sobre la ciudad. Se preguntaba en silencio qué sería de su vida sin la profesora Xiomara, cómo iba a llenar ese hueco nuevo, hondo, que se le abría en el pecho como una herida sin nombre.

Entonces, como si la noche decidiera regalarle un último milagro, una voz dulce, clara como un susurro de terciopelo, lo sacó de su ensimismamiento:

—Sabía que no te irías sin entregarme mi flor… Acompáñame a casa. Quiero caminar a tu lado.

Giovanni giró y la vio. Estaba allí, radiante y triste, envuelta en un aura de despedida. Caminaron juntos bajo el manto de una noche tibia, callados al principio, como si cada paso fuera un pétalo que se desprendía del pasado. Luego, ella habló.

Le dijo, entre lágrimas, que aquel examen, aquella carta temblorosa que él le había escrito, fue lo más hermoso que alguien le había regalado en la vida. Que lo había leído una y otra vez, hasta sabérselo de memoria. Que lo conservaba como un tesoro escondido en la parte más íntima de su alma.

—Giovanni, prométeme que me olvidarás, le pidió, con voz rota. —Prométeme que serás un gran hombre, un profesional brillante. No quiero darte mi dirección… Si alguna vez me vuelves a escribir algo así de hermoso, podría cometer una locura.

Cuando llegaron al pequeño parque cercano a su casa, se detuvo bajo un farol encendido y, con los ojos aún húmedos, lo abrazó. Lo sostuvo con la ternura de una despedida definitiva. Luego, sin más palabras, lo besó suavemente en los labios.

Fue un beso breve, casto, pero tan lleno de emoción que Giovanni sintió cómo se abría una puerta invisible dentro de su alma. Nunca antes lo habían besado, y nunca después volvería a sentir algo tan puro, tan lleno de significado.

Pasaron los años. Las estaciones giraron como páginas de un libro olvidado. Y un día cualquiera, en junio del año 2025, Giovanni despertó con el sabor del pasado aferrado a la garganta.

Tenía 58 años. La casa estaba en silencio. El mundo había cambiado. Pero en su mente seguía viva una mujer de falda negra y mirada severa que lo había hecho temblar de amor en su adolescencia.

Con las manos temblorosas por la edad y por el temblor sagrado de la memoria, Giovanni abrió su laptop como quien despierta un espíritu dormido en una máquina vieja. Había pasado más de cuarenta años enterrando un nombre que nunca olvidó, y esa mañana de junio, sin saber por qué, se lanzó a buscarlo en el mar infinito de los perfiles de Facebook. Escribió “Xiomara” con una devoción casi religiosa, y durante doce horas corridas, sin más alimento que la esperanza, recorrió uno por uno los rostros de mujeres que vivían en Nueva York, esperando —como quien escudriña una foto antigua bajo la lluvia encontrar el destello de su primer amor.

Finalmente, dio con un perfil sin foto, una silueta blanca sobre fondo gris, pero en aquella ausencia creyó reconocer el mismo misterio de la mujer que había amado cuando la adolescencia era un incendio sin nombre.

Sin embargo, al ver que aquella Xiomara tenía apenas treinta y dos años la edad exacta que tenía su maestra cuando le robó el alma con un beso tímido y un adiós sin regreso comprendió, con una punzada amarga, que el tiempo no se detiene para nadie. Cerró la computadora, resignado, y decidió enterrar otra vez el recuerdo.

Se acostó con la paz de quien ha perdido una batalla larga y cerró los ojos por cuatro horas sin sueños, como si el cuerpo y el alma se hubieran rendido al mismo tiempo.

Pero al despertar, la laptop seguía encendida, y una notificación titilaba con la terquedad de los milagros. La misma Xiomara de la que se había despedido con resignación la del perfil en blanco, la de los treinta y dos años imposibles le había enviado una solicitud de amistad. Sin entender por qué, Giovanni la aceptó con el corazón apretado, como si presintiera que la realidad se doblaba ante sus ojos.

Cuarenta y siete segundos después, recibió un mensaje. Lo abrió sin prisa, con la parsimonia de quien teme al pasado, y entonces se desplomó en la silla como un árbol vencido por el rayo. Allí estaba la imagen intacta de su antiguo examen, el mismo donde, en lugar de un análisis literario, había escrito su declaración de amor a la profesora Xiomara. La tinta se mantenía viva, como si el tiempo no hubiera osado tocar ese papel sagrado.

Desconcertado, con el corazón latiéndole en los oídos como un tambor funerario, Giovanni marcó el número de su esposa. Ella se encontraba desde hacía tres días en Santiago, visitando a su madre enferma. Atendió la llamada con voz suave, como si hablara desde otro siglo.

—Mi amor. Le preguntó él con un temblor invisible, ¿cómo está mi suegra hoy?

Hubo un silencio breve, y luego la voz de la esposa respondió con una melancolía que se coló como bruma por el auricular:

—Hoy está muy triste… Ha pasado el día recordando a su hermana, aquella que fue la más hermosa de la familia, la que se fue a Nueva York hace exactamente cuarenta y tres años. Hoy se cumple su aniversario de muerte.
Giovanni se quedó mudo, pero su esposa continuó, sin saber que hablaba con un muerto en vida.

—Mi madre nunca pudo volver a verla. Solo supo, veinte años después, que su marido la mató… La apuñaló una madrugada, porque ella se negó a destruir una vieja hoja de examen escolar. Una carta de amor que le había escrito un alumno cuando daba clases en Santo Domingo. Él la encontró guardada como un tesoro y, enceguecido por los celos, le clavó una estocada en el vientre.

Giovanni sintió que el aire se espesaba a su alrededor.

—Cuando ella se desangraba en el suelo, él quiso salvarla, arrepentido. Pero ella le dijo que no. Siguió la esposa con voz apagada. Le dijo: “Déjame morir. Ese alumno fue la única persona que he amado, y lo seguiré amando incluso después de la muerte. Él fue mi amor prohibido.”

Y el hombre, derrotado por el veneno de sus propios celos, la dejó morir.

Giovanni soltó el teléfono como si quemara. El mundo, de pronto, se volvió un lugar sin tiempo, sin peso, sin perdón. Afuera, una brisa caliente agitaba las cortinas como muertos en penas . Y dentro de él, el nombre de Xiomara volvió a brotar como una flor salvaje entre ruinas.

Porque hay amores que ni la sangre ni la muerte logran enterrar.