sábado, 30 de mayo de 2026
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El cumpleaños de Ramona

Por Ramón Peralta
amona fue criada con mano de hierro, sí, pero más peligrosa que la mano fue la culpa que le metieron bajo la piel. Le enseñaron a caminar con las piernas juntas, a bajar la mirada, a quedarse quieta cuando un hombre hablaba. Su cuerpo era de otro, desde antes de que pudiera entenderlo, un solo hombre, un solo dueño, hasta que la muerte o algo peor los separara.

Se casó convencida de que eso era lo correcto. Él trabajaba mucho, dormía más, y cuando la tocaba lo hacía como quien revisa si la nevera quedó apagada. Sin deseo. Sin palabras. Sin darse cuenta de que ella no respiraba hasta que él se iba.

Esa mañana que cumplió los 23 años, como tantas otras, esperó en la cama con los ojos abiertos. No era amor lo que sentía. Era un hueco. Una especie de vacío caliente que le ardía entre las piernas y le subía por el estómago como una enfermedad mal diagnosticada. Escuchó el portazo. Lo sintió como una señal. Entonces se deslizó la mano con la misma rabia con la que a veces quería romper los platos o abrir la puerta y no volver más. se frotó con la mano derecha, no con lujuria, sino con la determinación silenciosa de quien ha aprendido a sobrevivir en soledad

No lo hacía con ternura, ni siquiera con deseo. Lo hacía con necesidad. Con furia. Como quien se rasca una herida que no deja de picar.

Y allí, en medio del silencio doméstico y la tibieza de las sábanas, encontró una forma sucia y solitaria de estar viva, una manera de liberación tan honda y profunda como el deseo mismo, esa que ningún hombre, por más suyo que fuera, había sabido ofrecerle.

En medio de aquel acto prohibido, cuando su cuerpo respondía con una intensidad que jamás había sentido entre las sábanas conyugales, Ramona G. pensó en todos los hombres que habían pasado cerca de su vida sin tocarla, los amigos risueños de su esposo, los vecinos con sus miradas largas, los profesores que hablaban de poesía con voz grave, los hermanos de iglesia que predicaban la castidad mientras sus ojos le desnudaban el alma, incluso el esposo de su tía, aquel hombre de voz áspera y manos impacientes. Y en ese instante de revelación tan clara como una campanada en la madrugada comprendió que su marido, aquel hombre que había creído eterno, no era más que un número olvidado en la fila de los muchos que estaban por llegar. No por venganza ni por lujuria desmedida, sino porque por fin entendía que su deseo no era pecado, sino un merecido regalo del cielo. Y ella, por primera vez, estaba dispuesta a reclamarlo.

Esa liberación se convirtió en el mayor regalo de cumpleaños de Ramona, ese fue un acto que le devolvió la vida que nunca tuvo y le enseñó que la fragilidad de la carne era lo único que le daba sentido a la vida de una mujer. Ese fue el cumpleaños perfecto, porque le había dado sentido a la vida y un motivo para vivir cada momento de su vida como si fuera el último de una vida que deseaba que fuera eterna.

Esa liberación se convirtió en el mayor regalo de cumpleaños de Ramona. No hubo bizcocho, ni velas, ni abrazos hipócritas; solo ese acto secreto, clandestino y sagrado, que le devolvió una vida que nunca había sentido como suya. Entendió, con una claridad casi forzada, que la fragilidad de la carne, ese temblor, esa humedad, esa sangre que a veces asusta, era lo único real, lo único que importaba. Ese fue el cumpleaños perfecto no porque hubiera felicidad, sino porque hubo verdad. Porque por primera vez supo que estaba viva. Que su cuerpo era suyo. Que el deseo, aunque solitario y triste, era más honesto que el amor de su marido, que las oraciones de su madre o los consejos podridos del pastor de la iglesia.

Y en esa cama deshecha, con la entrepierna aún tibia y el corazón latiendo como un tambor desafinado, Ramona hizo una promesa silenciosa de que iba a vivir cada día como si fuera el último. Pero no por miedo a la muerte, sino porque ahora deseaba que esta vida suya, recién descubierta fuera eterna. Aunque doliera. Aunque ardiera. Aunque se la llevara al infierno.