sábado, 25 de abril de 2026
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Frente a la tumba de Juan Bosch

Por Ramón Peralta
a tarde del 29 de junio, víspera del natalicio del insigne maestro de la moral y la ética, el profesor Juan Bosch, el compañerito se dirigió a su tumba con la tristeza de quien sobrevive en una sociedad  donde el orden y la honestidad han sido sustituidos por el pragmatismo grosero de que todo, absolutamente todo, se vale si hay dinero de por medio. Vivía en un tiempo en que las muchachas soñaban con novios capos o tarjeteros, y en los barrios los verdaderos líderes eran los dueños de puntos de sustancias prohibidas.

Cuando llegó al cementerio de La Vega, su mirada iba perdida en el camino, aún conmocionado por el accidente que había presenciado en la carretera: un camión cargado de bebidas volcó, y como si se tratara de un carnaval del saqueo, cientos de personas corrieron al lugar, no para auxiliar a los heridos, sino para robar la mercancía. Le quitaron las carteras a los accidentados, los celulares, la dignidad. Hasta una mujer embarazada cruzó la vía con una caja de cerveza sobre el vientre como si acunara un milagro torcido.

Ya en la tumba del maestro, su horror aumentó. Murmuró, casi sin querer, las siglas de dos partidos políticos. El primero, color violeta, el más antiguo. El segundo, más joven, pero liderado por un anciano que se vende bajo el verde de la imponente vegetación de la Cordillera Central.

Frente a la losa gris, sintió que la sangre se le helaba. Un ruido imperceptible, casi inaudible, comenzó a lacerarle el tímpano. Era una vibración misteriosa, como si viniera del otro mundo, con la misma potencia insoportable que derrumbó aquella discoteca donde murieron más de 230 personas. Tal vez eran quejidos del ilustre profesor, impotente de no poder salir de su tumba para restablecer el orden, y cuya desesperación le impedía descansar en paz.

El compañerito cerró los ojos. Y en esa tiniebla vio la figura del viejo maestro emerger de la tumba con un látigo en la mano, apuntando hacia la dirección política del partido color esperanza. Aquella organización había destruido la fe de su base con un congreso elector que parecía eterno, como si el desorden que tanto combatió Bosch se hubiera apoderado de ella. Era un pantano de intrigas sin salida, cuya opacidad recordaba al partido del que provenía.

El otro partido, aquel de color lila que una vez fue la mayor maquinaria electoral del país, no era ahora más que un colmadito triste, gobernado por un jefe autoritario y lleno de rencores. Un carnicero que manejaba el partido como si sus dirigentes fueran reses, y ellos, en vez de protestar, aplaudían mientras afilaba el cuchillo.

El compañerito, para dejar de escuchar los quejidos que le laceraban el alma, murmuró de dónde venía. Lo dijo en voz baja, con miedo, como quien revela una culpa: venía de un lugar lejano, un municipio gobernado por un comerciante de la fe, de pelo engrasado y cuidadosamente teñido con un tinte caro. Aquel alcalde gobernaba desde la tiniebla, con compras dudosas, aceras y calles ocupadas por vertederos legalizados: cajas que parecían féretros y contenedores que servían de guarida a viciosos, delincuentes y…

No terminó la frase. Un relámpago, escoltado por un trueno ensordecedor, cayó a tres metros de la tumba. Y lo más terrible: el cielo ni siquiera estaba nublado. El compañerito huyó despavorido, y durante nueve horas corrió, sin saber si lo hacía por miedo o por culpa. Solo cuando estuvo frente al monumento de Santiago comprendió lo lejos que había llegado del cementerio… y lo más trágico: cuán lejos estaba de su hogar, en un barrio llamado Katanga, en Los Mina.

Sacó su celular. Eran las doce de la medianoche. Aunque parezca increíble, tenía una razón válida para correr: aquel rayo no había sido un fenómeno natural, sino una pregunta del maestro, que desde la eternidad quería saber qué hacían los fiscalizadores y representantes de los dos partidos opositores frente al alcalde satánico.

Huyó porque no pudo responderle. No podía decirle que ellos habían empeñado el cerebro al Nerón de la ciudad. No podía revelarle que habían traicionado a su partido como Judas a Jesús. Tan defensores del tirano eran, que estaban dispuestos a hacerle coro mientras destruía la ciudad, como Nerón quemó a Roma mientras cantaba