lunes, 20 de abril de 2026
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Ciudad Oriental la llama que ni la muerte ni el miedo apagan

Por Ramón Peralta
a verdad, esa criatura frágil hecha de luz, fue condenada esta semana por una jueza que tembló ante el poder maligno de un mitómano ambicioso y cruel, un hombre cuya sombra se expande como peste sobre quien ose cuestionar la opacidad de su administración. Y mientras esa sentencia caía como un mazazo sobre el espíritu de la libertad de expresión, yo recordé con el mismo ardor de las premoniciones que hace diez años un psicólogo me dijo que no temiera mi adicción. Que la verdad, cuando llama, exige ser leída incluso de madrugada.

Porque confieso que soy adicto. No a sustancias ni a vicios de taberna, sino a Ciudad Oriental, ese medio nacido como un conjuro necesario para que Santo Domingo Este se viera por fin reflejado en un espejo limpio. Mi adicción era tan intensa que me sorprendía leyéndolo mientras comía, en el baño, en la cama, al despertar y a cualquier hora en la que la ciudad dormía, pero la verdad permanecía despierta. Ciudad Oriental fue mi refugio, mi brújula y mi obsesión.

Aquel medio, patrimonio intangible de quienes vivimos en este municipio, es una tribuna donde los líderes locales de SDE se asoman al mundo y donde quienes buscamos desintoxicarnos de las falacias envueltas en papel de regalo fabricadas por los medios tradicionales al servicio de los dueños del abusivo sistema financiero— encontramos aire puro.

Por eso no felicito a Ciudad Oriental por existir: felicito a los munícipes de SDE por haber tenido la claridad de escoger la información veraz y oportuna, aun en tiempos en que la mentira se disfraza con túnicas de santidad y el anticristo anda haciendo maldad con una Biblia en la mano.

El licenciado Robert Vargas, propietario y director del periódico digital, fue durante mas de veinticinco años baluarte del periodismo noticioso y social de Santo Domingo Este. Desde su teclado arma y amuleto defendió los mejores intereses del pueblo, librando luchas titánicas que convirtieron a Ciudad Oriental en una Atalaya, no solo del municipio, sino de allende los mares.

Robert, el más grande y prestigioso periodista de este territorio, ahora camina entre las constelaciones acompañado del Creador. Y aun así, su legado sigue en la tierra sostenido por el respeto y la admiración de los buenos. Por más de treinta años fue profesor del Liceo Ramón Emilio Jiménez, facilitador de talleres y charlas, sembrador incansable de conciencia. Recibió amenazas, su casa fue baleada, soportó presiones sin cuento, y ni el estrés ni la úlcera lograron quebrantarlo. Con la firmeza de los árboles viejos, siguió adelante, siempre impulsado por el amor a su medio.

Y junto a él, como columna invisible pero imprescindible, estuvo Cinthia, su esposa, quien lo acompañó en cada batalla y sostuvo a Ciudad Oriental como quien sostiene una antorcha encendida en medio de una tormenta. Tras su muerte, la persecución continuó: Cinthia debió presentarse ante tribunales, acosada por personas vinculadas en su momento a la contratación de sicarios para asesinar a dos mujeres. Aun así, conociendo el peligro, mantuvo en el portal la noticia que su esposo había publicado. Honró el nombre de Robert sin temblar.

Porque Ciudad Oriental, nacido bajo amenaza de ser silenciado, sigue imbatible. Aún después de su fundador partir al más allá, la llama de la verdad brota desde este medio sin espectáculo ni sensacionalismo, con la serenidad de quienes saben que la claridad es su misión sagrada.

Hoy, cuando la verdad ha sido condenada, cuando la oscuridad avanza disfrazada de santidad, Ciudad Oriental permanece firme, vigilante, decidido a que la luz salga a la superficie aunque haya que excavarla con uñas, con letras, con valentía.

Hoy, más que nunca, necesitamos este medio para desenmascarar a los falsos profetas.
Hoy, más que nunca, debemos apoyar a quienes defienden la palabra limpia.
Hoy, con la verdad en peligro, celebro sin culpa alguna mi adicción a leer Ciudad Oriental, porque mi vicio es la claridad.

Y recuerdo la voz del psicólogo, hace ya diez años, diciéndome que no me preocupara, que ese era un vicio de los buenos: el vicio de conocer la verdad.

Y como dijo Jesús, y como repite mi corazón cada vez que abro ese portal.
Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.