viernes, 15 de mayo de 2026
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La costumbre que puede cambiar una nación

Por Milton Olivo
En el barrio nadie entendía al principio por qué Doña Carmen guardaba las semillas. Mientras limpiaba tomates, ajíes y auyamas en su cocina humilde de Los Tres Brazos, separaba cuidadosamente las semillas y las dejaba secar por un dia en un plato viejo junto a la ventana.

—»Esa mujer sí inventa cosas raras…» —decían algunos vecinos.

Pero ella seguía, con eso, secaba el dulson de las semillas y evitaba que cuando sembrara las hormigas u otros insectos se llevaran o devoraran su semilla.

Los lunes, miércoles y viernes sacaba una funda negra con los desperdicios orgánicos: restos de comida y papeles de baño. Los jueves, en cambio, sacaba otra funda diferente: con papeles, botellas plásticas, cartones, metales, galones vacíos y latas limpias. «Eso vale dinero», repetía.

Sus nietos comenzaron a ayudarle. Uno cortaba galones vacíos para convertirlos en macetas. Otro llenaba latas viejas con tierra. La más pequeña sembraba semillas de tomate en poncheras rotas que antes iban para la basura.

Lo que parecía pobreza comenzó a parecer inteligencia. Detrás de la casa apareció un pequeño huerto. Ajíes.Tomates. Molondrones. Cilantro. Auyamas trepando por una pared. Y algo más comenzó a crecer allí: esperanza. Y una demostración de conciencia medioambiental.

Cada tarde, Doña Carmen echaba en un tanque los residuos orgánicos: cáscaras, hojas secas, restos de frutas y vegetales, los cacarones de huevos los convertia en polvo y los agregaba. Cada dos días lo mojaba y daba vuelta a los materiales acumulados. A los 15 dias ya era fertilizante para sus plantas. Con paciencia aprendió a convertirlos en compost.

La basura comenzó a transformarse en abono. El abono comenzó a transformarse en alimentos. Y los alimentos comenzaron a transformarse en ahorro. Lo que antes terminaba contaminando calles y cañadas, ahora alimentaba la tierra donde cultivaba alimentos.

Pronto otras familias comenzaron a copiarla. La gente descubrió que una azotea podía convertirse en conuco. Que un balcón podía producir ajíes, tomate, lechuga, berenjena. Que una lata vacía podía convertirse en vida. Y poco a poco la ciudad se fue convirtiendo en un Jardin.

Y que separar los residuos no era una carga, sino una nueva economía familiar. Los jueves dejaron de ser solamente el día de sacar basura. Comenzaron a ser el día del reciclaje. Niños recorriendo calles con fundas llenas de botellas plásticas. Establecidos los centros de acopio en los barrios, estos comenzaron a pagar a las familias por los materiales entregados.

Jóvenes entregando cartones y metales en centros de acopio comunitarios. Madres aprendiendo que los residuos reciclables también podían convertirse en ingresos.

Poco a poco el barrio y los residenciales comenzaron a verse distinto. Menos basura. Menos humo. Menos cañadas tapadas. Más verde. Más patios sembrados. Y más orgullo de los ciudadanos sabiendo que juntos protegían el medio ambiente y el planeta.

Más familias produciendo alimentos. Más conciencia. Entonces alguien dijo algo que terminó recorriendo toda la comunidad:

—»La ciudad cambia cuando cambia la costumbre dentro de la casa.»

Y era verdad. Porque la verdadera transformación no comenzó en grandes edificios ni en oficinas con aire acondicionado. Comenzó en una cocina. En una funda separada. En una semilla guardada y sembrada. En un galón cortado. En una familia entendiendo que la basura podía convertirse en riqueza.

Hoy, muchos barrios de Santo Domingo Este comienzan a vivir ese despertar. Una nueva cultura está naciendo. La cultura de las dos fundas. La cultura de sembrar en casa. La cultura del compost. La cultura de producir, reciclar y ahorrar.

Una cultura donde cada familia puede aportar a convertir a Santo Domingo Este en una ciudad jardín, limpia, productiva y sostenible.

Porque cuando una familia siembra, recicla y transforma sus residuos… No solo cambia su patio. Comienza a cambiar el futuro de toda la ciudad.