
Por Narciso Isa Conde
En perspectiva esta confrontación entre un poder que derrama corrupción e impunidad y un pueblo que clama justicia y reapropiación de lo robado para invertirlo en su bienestar, es Constituyente Popular y Soberana o caos y degradación prolongada.
La razón de esta aseveración puede explicarse sencillamente sin renunciar a la profundidad necesaria.
La impunidad es un recurso de auto-protección de asaltantes y manipuladores de una institucionalidad corrompida, pervertida y corruptora.
La corrupción se anida en un poder blindado por esa institucionalidad gestionada por grandes beneficiarios de la gran corrupción.
Un poder con gestores absolutamente resistentes a ser inculpados, procesados y a devolver lo robado. Resistentes a abandonar su reinado que equivale no solo a detener la orgía, sino además a ingresar a la cárcel pública. Poder que destila pus por todos los poros de sus altas instancias.
Y si las clases no se suicidan, las clases gansterizadas y sus encumbradas jerarquías mafiosas, menos. De la vasija institucional que la aloja y protege no emanará ninguna acción de justicia significativa. Solo teatro, farsas y, a lo sumo, pellizcos a culpables menores o chivos expiatorios. En eso han estado y están frente a una oleada que los acusa con fundamentos, incluso con pruebas aportadas por fuentes ultramarinas (casos corrupción Tucanos y Odebrech).
Esa vasija está diseñada desde la Constitución-2010 y conformada por sucesivas votaciones viciadas para esos tipos tener “su” Congreso, “sus” Altas Cortes, “su” JCE-TSE (poder electoral), “su” Ministerio Público, “su” Poder Judicial, “su” Cámara de Cuentas, “sus” medios de comunicación, “su” Joao Santana, “sus” empresarios y corporaciones preferidas, “sus” alcancías humanas, “sus” generales, su partido-PLD y aliados… y también su oposición derechizada, corrompida, dividida y pusilánime.
Con cúpulas secuestradas, actuando como integrantes de una misma orquesta (sumamente rentable). Leales a la partitura de la sinfonía corrupción, a privilegios escandalosos y a la impunidad impenitente. Fieles a las batutas presidenciales, claques palaciegas y neo-caudillos engolfados.
Solo desde fuera de esa nefasta alianza de poder podrían construirse soluciones a ese tranque y jamás podrá ser “su” auto-inculpación y auto-encarcelamiento. Solo desde una democracia de calle que provoque su desplazamiento, la cual comenzó a desplegarse en grande el pasado 22 de enero.
Y a esa situación crucial habrá que darle salida política desde lo plebiscitario y la menos traumática es un proceso constituyente participativo y soberano que permita recrear las instituciones y sus bases legales con nuevas plataformas programáticas y nuevos actores políticos y sociales. De lo contrario proliferará el caos.
