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Alexandra Peña, Adalgisa Pujols y Juliana Oneil

Por Ramon Peralta

Por Ramon Peralta

Santo Domingo Este no es un paraíso de esperanza, sino una ciudad herida, golpeada por el olvido y la indiferencia de los gobiernos. Es grande, sí, inmensa como un sueño inconcluso, pero olvidada como una carta sin destinatario. Allí donde debería haber avenidas limpias y parques para niños, hay contenedores hediondos como ataúdes de basura, y cajas de metal que esperan como trampas para provocar el próximo accidente.

 

Una ciudad que vota como gigante pero es tratada como mendiga. Con el 10% del electorado nacional, Santo Domingo Este debería tener más voces en la cúpula de todos los partidos, pero apenas logra un susurro. Los políticos la recuerdan cuando llega el tiempo de campañas, pero la olvidan en las reuniones importantes, esas donde se decide el futuro sin invitar al presente.

Hace veinte años conocí a Alexandra aunque entonces no se llamaba así, o quizá sí, porque los nombres verdaderos son los que el pueblo recuerda. Era una joven de sonrisa fácil y fuerza inagotable, una de esas almas que parecen estar en todos los lugares al mismo tiempo. No ocupaba un cargo rimbombante en el PLD, ni presidía intermedios, ni salía en la prensa con rostro de estatua. Pero trabajaba. Trabajaba como si la salvación de su lider dependiera de ello. Y en cierto modo, dependía.

Cuando se fundó la Fuerza del Pueblo, fue natural que ella quedara al frente de la circunscripción 2. No porque lo pidiera, sino porque el liderazgo auténtico no se elige, se reconoce. Hoy su nombre resuena con respeto incluso entre quienes compiten contra ella, porque en una ciudad donde casi nadie cumple, ella no promete: hace.

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Y en el corazón profundo de Los Frailes, donde las casas pelean contra el polvo, el mar y la lluvia por igual, está Adalgisa Pujols, la mujer que una vez trajo la primera estancia infantil del IDSS y que desde entonces no ha dejado de luchar. La conocen los ancianos y los jóvenes, los de su partido y los de los otros. En Barrio Nuevo, el PRM la teme más que a un ciclón, y en la escuela Fe y Alegría dicen que sus mesas electorales son territorio inviolable. La llaman súper diputada, aunque ya ni recuerda el color de los asientos del congreso, pero en realidad es algo más raro: es una mujer de carácter y llena de liderazgo.

Y luego está Juliana Oneil. La diputada que habla como si cada palabra llevara dentro una historia y cada historia una herida. Cuando ella se levanta a hablar en la Cámara, el silencio pesa más que el aire. No busca likes, ni aspira a aplausos. Hace su trabajo como quien cuida una planta rara: con paciencia, con intención, con fe..

Juliana, aquella que alguna vez cantó con una voz dulce como el mango maduro, cambió el mambo por el murmullo del pueblo y las luces del escenario por la sombra de las necesidades. Renunció a la ovación fácil para convertirse en la voz de los que no tienen quién les cante, quién les escriba, quién les defienda en esta ciudad olvidada llamada Santo Domingo Este, donde hasta el eco parece haberse cansado de esperar justicia.

Estas tres mujeres Alexandra, Adalgisa y Juliana son más que lideresas locales. Son la prueba viva de que Santo Domingo Este no está muerto. Simplemente está solo. Solitario y maltratado. Triste y rodeado de basura que no pidió y abandono que no merece.

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Por eso es urgente que los partidos dejen de tratarlo como periferia y empiecen a escucharlo como centro. No se puede seguir hablando de democracia cuando una ciudad tan grande no tiene rostro en las decisiones más altas.

Santo Domingo Este necesita más representación en las cúpulas partidarias, no como premio, sino como reparación.

Santo Domingo Este, esa ciudad que camina con zapatos rotos y sueños enteros, necesita que ellas las tres mujeres que aún creen en lo imposible permanezcan en la dirección política de su partido. Necesita también que otros dirigentes, con el corazón curtido y los ojos despiertos, suban con ellas al altar incierto de la política para seguir peleando por esta ciudad extraviada, donde hasta el olvido parece tener domicilio fijo.

Urge conservarlas como se guarda una reliquia en mitad del naufragio. Urge que la Fuerza del Pueblo entienda que sin ellas y sin nuevos rostros que las acompañen en esta cruzada sin clarines, ese partido quedará solo, como una luz apagada en medio de una tormenta. Porque si los partidos de oposición no despiertan ahora, cuando llegue el año 2028 será demasiado tarde: solo encontrarán ruinas, y sobre esas ruinas, el silencio duro de una ciudad que una vez tuvo esperanza.

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