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El justo linchamiento de Stefanie Acosta

Para que no se olvide lo ocurrido en Febrero 2019, antes de la pandemia.

Por: Valentín Medrano Peña

”Linchamiento es la ejecución sin proceso y tumultuariamente de un sospechoso, precedida de un arresto ciudadano. Es la muerte no solo del reo sino de las instituciones que norman la vida en civilidad. Es atentar contra el Estado de Derechos y marginarse de la ley. Es Homicidio.” (Twit).

Las noticias al respecto recorrieron medios informativos y rede sociales. Un “delincuente” fue capturado infraganti por una multitud que hizo “justicia” a sus víctimas matando al infractor. Es lo que se conoce como linchamiento.

Esta escena se repiten en diferentes litorales nacionales y en otras naciones, haciéndose conocidas por medio del internet y de uno que otro periódicos morbosos.

Miles han sido ajusticiados, es decir, han sido víctimas de un homicidio justificado, a decir de la generalidad de la población, que no sólo tolera sino que aplaude y apoya esas acciones de procura de justicia al margen de los tribunales. No hay necesidad de juicio, de que se invoque el debido proceso de ley o la presunción de inocencia ante la clara demostración de la existencia del hecho y la captura del comisor.

Otros sin embargo, los comprometidos con el estado de derecho, elevan su voz contra esa acelerada y económica forma  de hacer una “verdadera justicia” a la que todos claman.

Vivimos en ese caldo de cultivo, y por fin se dio el acontecimiento que debe a todos hacer reflexionar sobre la importancia del sistema de justicia, y de tomarse el tiempo para por medio de un proceso determinar responsabilidad y establecer sanciones.

Una joven drogadicta, pero afable, que ama a los niños, y procura protegerlos entendiendo su vulnerabilidad, asumió que un niño con claras afectaciones locomotoras e impedimentos físicos sufría, y que estaba sólo. Quiso ayudarlo, quiso estrecharlo, quiso ampararlo, buscó protegerlo, y lo tomó de la mano y le encaminó al lugar de expendio de alimentos más próximo para darle de comer. En su mundo el hambre siempre está presente.

La acción fue malinterpretada por testigos, y se entendió que ésta intentaba robar al niño, quizá con el mal sano y tristemente célebre propósito de vender sus órganos. Y así lo entendió la gente buena, que solidaria ante los quejosos e implacables frente a la delincuente, procuró linchar a la mujer. La gente buena intentó matar a Stefanie Acosta, la infeliz narcodependiente que ama a los niños.

Unos pocos pudieron detener las enardecidas turbas, y capturada y golpeada y asustada como nunca antes, arrestaron a Stefanie, sin ella saber el porqué. Y las autoridades y los medios titularon este hecho como “el intento frustrado de rapto de un niño desvalido en Boca Chica”, mi tierra.

Stefanie salvó su vida milagrosamente. Previo a ello, el niño fue cortado de recibir quizá la mayor manifestación de cariño jamás por él percibida.

Y al quedar todo aclarado, la sociedad quedó con una razón más para cavilar, para lamentar, para rectificar, para enmendar y entender que no todo lo que parece es, y que el único cuerpo capaz de determinar hechos punibles y sancionables es la justicia, el órgano judicial, son los jueces. Jueces inspirados por Dios y ayudados por el tiempo. Si, el mismo tiempo que no medió en ninguno de los linchamientos efectuados.

La justicia tiene su momento, y en ella la urgencia sólo provoca yerros lamentables.

Stefanie Acosta es la diferencia entre culpable urgida y aletargada presunta inocente. Y es el icono de lo injusto de presumir culpables, de juzgar al margen de los tribunales, en los periódicos, en la televisión, en las redes o en los pasillos o en el grupo de gente buena que lincha para hacer “justicia”. Es el llamado necesario a la antítesis también necesaria para el populismo penal, mismo que mata y condena teniendo al miedo y el chantaje como utensilios.

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