lunes, 1 de junio de 2026
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Encuentro Familiar Veras 2026: un regreso al origen donde la memoria se hizo abrazo

Por Cinthia Polanco
n el  Majagual (Monte Plata) no amaneció igual el pasado sábado. Desde temprano, el polvo de sus caminos y la brisa tibia del campo parecían anunciar que algo más que un simple encuentro estaba por ocurrir. Allí, en el distrito municipal que vio echar raíces a una historia de sacrificio y esperanza, la familia Veras volvió a reunirse para celebrar la vida, la memoria y ese hilo invisible que no se rompe: la sangre compartida.

El Encuentro Familiar Veras 2026 no fue solo una actividad; fue una escena viva donde la confraternidad se respiraba. Bastaba con dirigir la mirada en cualquier dirección para descubrir abrazos largos, besos cargados de ternura y sonrisas que parecían saldar años de distancia. Había en el ambiente una sensación de regocijo genuino, de esos que no se ensayan, que nacen cuando el afecto encuentra su espacio.

Por primera vez, la celebración regresó a Majagual, la tierra que vio asentarse a siete de los nueve hermanos que emigraron desde el Cibao en la década de 1950, huyendo de la sequía pero sosteniéndose con la fuerza de su vocación agrícola. Allí sembraron no solo cosechas, sino también el porvenir de seis generaciones que hoy llenaban el salón y los patios del evento.

La jornada inició con una bendición a cargo del padre Juan Cabrera, quien invocó la unidad familiar  como un valor que debe cuidarse con la misma paciencia con la que se cultiva la tierra.

Luego, el recuerdo se hizo presente con un minuto de aplausos en honor a Francisco Borge Veras, fundador de estos encuentros hace ya 24 años.

Su nombre, hoy parte oficial del evento, fue pronunciado con respeto, pero también con gratitud.

Su historia —marcada por el impulso de reunir a la familia más allá del dolor de los velorios— tiene también un capítulo trágico: su vida fue arrebatada por manos violentas. Aun así, su legado ha sido más fuerte que la ausencia. La familia decidió convertir el duelo en propósito, retomando los encuentros como una forma de mantenerlo vivo en cada risa compartida.

Los discursos no tardaron en llegar, pero lejos de la formalidad fría, fueron palabras tejidas con emoción. Bolívar Veras destacó el esfuerzo del equipo organizador, un grupo que durante meses cargó sobre sus hombros la responsabilidad de hacer posible el evento. Nombres como Bolívar Veras, José Veras, Anny Veras, Robert Arias, Elpidio Veras, Rigoberto Pichardo Veras, Ebeliseth Veras,  Luis Veras, Euclides Ureña Veras y Ramón Ureña Veras (Papo) resonaron como pilares de una estructura levantada con entrega y compromiso.

Uno de los momentos más singulares fue la dinámica que rompió con las zonas de comodidad: “barajar el dominó”. La consigna era simple, pero poderosa: moverse, cambiar de mesa, conversar con quienes aún eran desconocidos. Así, entre historias cruzadas y risas tímidas que luego se volvían carcajadas, se acortaron distancias que no eran geográficas, sino humanas

El objetivo principal fue promover la unidad familiar como un «arma transformadora» frente a la decadencia de valores en la sociedad actual, permitiendo que las nuevas generaciones conozcan sus raíces.

El evento reunió a unas 250 personas que representaron hasta seis generaciones de la familia. Muchos parientes viajaron desde el exterior, principalmente de Estados Unidos, para asistir.

También hubo espacio para el reconocimiento. Se entregaron pergaminos a representantes de distintas ramas familiares, resaltando trayectorias marcadas por el trabajo, los valores y la dedicación. Entre los homenajes más emotivos estuvieron los dedicados a Doña Nina Ricardo de Veras y Doña Lidia Roja de Veras, las últimas cuñadas de la generación fundadora.

Doña Ligia estuvo presente, recibiendo su distinción con serenidad y orgullo. Doña Nina, ausente por motivos de salud, fue sin embargo una presencia sentida, evocada como símbolo vivo de la historia que sostiene a toda la familia. Ambas fueron reconocidas como ejemplo de dignidad para las nuevas generaciones.

La actividad avanzó entre comida, música y baile. Los más pequeños recibieron juguetes, mientras los adultos se dejaban llevar por el ritmo y la nostalgia. Hubo rifas, risas y hasta momentos de espontánea “locura colectiva”, de esos que solo ocurren cuando la alegría se desborda sin permiso.

El cierre estuvo a cargo de la música típica, que puso a todos a bailar sin distinción de edad. Fue el broche perfecto para una jornada donde, más que compartir, se reafirmó una identidad: la de una familia que se reconoce en su historia de trabajo, en su capacidad de superar adversidades y en su decisión de mantenerse unida.

Porque al final, llevar el apellido Veras  no es solo una cuestión de sangre. Es, como quedó demostrado en Majagual, un compromiso con la memoria, con el afecto y con ese principio sencillo pero poderoso: la familia no solo se reúne para llorar, también —y sobre todo— para celebrar que sigue siendo familia.

Les dejamos el video de este magnífico encuentro, del cual fuimos testigos, una celebración donde la familia, la memoria y la alegría se abrazaron en un mismo latido.