domingo, 3 de mayo de 2026
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La novia del 15 de febrero

Por Ramón Peralta
ilcia siempre llegaba tarde al amor. No porque no supiera reconocerlo cuando lo tenía enfrente, sino porque lo guardaba en un silencio reverente, como quien protege una llama diminuta entre las manos, temiendo que el viento del mundo la apague, sin comprender que, a veces, el exceso de resguardo también asfixia.

Desde la ventana de su casa observó durante años a Carlos, su vecino de toda la vida; al hombre que saludaba cada mañana con una sonrisa tranquila y pasos seguros; al que, sin proponérselo o quizá sabiéndolo demasiado, se convirtió en el eje secreto de sus pensamientos.

Lo amó sin pronunciar su nombre en público. Lo amó cuando lo veía salir temprano, con la camisa aún desordenada por la prisa. Lo amó cuando su risa cruzaba la calle y se filtraba por su ventana como una visita inesperada. Lo amó incluso cuando comenzó a hablar de otra mujer con esa naturalidad que solo poseen los hombres que ignoran el incendio que provocan en el corazón de una adolescente.

Nunca dijo nada. Se convenció de que habría tiempo, de que el amor verdadero sabe esperar, de que un día él tocaría su puerta y comprendería lo que sus ojos confesaban cada vez que se encontraban en la acera. Pero el tiempo, desequilibrado y arrogante, no la esperó a ella.

El catorce de febrero, el barrio se llenó de ruido, de bachata, merengue y reguetón, y de promesas dichas sin intención de ser cumplidas por jóvenes que, más que muchachos enamorados, parecían políticos expertos en el arte de usar la mentira con la misma solemnidad con que se reza en una misa frente al cadáver de una madre.

Desde su ventana, Dilcia sintió un presentimiento oscuro posarse en su pecho como un ave de mal agüero. Lo confirmó al día siguiente.

El quince de febrero, vestida de un silencio más blanco que cualquier traje de novia, supo que Carlos se casaba ese día con Khalifa, una mujer que había roto una decena de corazones en aquel barrio sin futuro ni esperanza.

Ese mismo día comprendió que tal vez no estaba hecha para el amor. Y, como si el destino quisiera añadir una brasa de candela a la herida, su madre le confesó en voz baja que Carlos también la había amado, pero le había prometido a su padre que no daría el primer paso para enamorar a su hija.

Lo confirmó en una mirada demasiado larga, en un gesto contenido, en una despedida que se sostuvo un segundo más de lo prudente. Lo supo con la certeza amarga que dejan las oportunidades perdidas.

Desde entonces, cada quince de febrero se convirtió en la novia que nunca fue, en la mujer que entendió que el amor no siempre fracasa por falta de sentimiento, sino por exceso de miedo. Porque hay amores que llegan con toda su fuerza y, sin embargo, llegan tarde.

Los años no la hicieron más cauta, sino más vulnerable. Media década después apareció Miguel, un hombre misterioso, de voz suave y palabras medidas, cuya persuasión parecía tener un brillo casi divino. Hablaba como quien promete eternidades. Y Dilcia, sedienta de certezas, le creyó todo, creyó en sus planes, en sus silencios explicados, en su manera de mirarla como si ella fuera la única verdad del mundo.

Había sombras, sin embargo, que ella prefirió no examinar con detenimiento. Nunca estaba presente en los días especiales. Nunca celebraba fechas importantes. No hablaba con claridad de su hogar ni de sus rutinas, como si su vida fuese un territorio prohibido. Aun así, Dilcia lo amaba con la fe caprichosa de quien teme volver a quedarse sola.

El catorce de febrero de aquel año preparó el regalo más hermoso que pudo imaginar. Envolvió en papel delicado no solo un objeto, sino la esperanza de ser elegida sin reservas. Esperaba caminar de su brazo bajo las luces de la ciudad, recibir flores, escuchar palabras que no necesitaran excusas. Esperaba como siempre que esa vez fuera distinta.

Pero él no apareció. No respondió llamadas ni mensajes. La noche cayó con la lentitud cruel de las despedidas que no se anuncian, y el día terminó en un silencio que le pesó como una losa.

El quince de febrero regresó. Llegó sin regalo y con el rostro endurecido por un mal humor que la obligó a tragarse todas las preguntas que ardían en su pecho. No hubo besos ni abrazos, solo una calma tensa que pesaba más que cualquier discusión. Y sin embargo, Dilcia se sintió agradecida por tenerlo cerca, como si la sola presencia bastara para justificar la ausencia del día anterior.

Al año siguiente la historia se repitió con una exactitud dolorosa. El catorce volvió a desaparecer, y el quince volvió a presentarse, esta vez sonriente, encantador, casi luminoso.

Cuando ella intentó preguntar qué había sucedido, él la interrumpió con un gesto suave. Tomó su rostro entre las manos y selló sus labios con un beso frío, sin intensidad, como si sus labios hubieran salido del Ártico. Fue un roce breve, un beso de lástima, el gesto de un hombre que comparte la migaja de un amor que no le pertenece.

Con una sonrisa apenas disimulada le pidió que no preguntara por su ausencia. Le dijo que fuera feliz, que viviera el momento, que disfrutara la realidad de ser la novia del quince de febrero.

Dilcia sonrió. Pero en lo más hondo comprendió la verdad que había intentado ignorar: no era la novia oficial, ni siquiera la amante; era la esposa olvidada.

Sin decir palabra, se apartó de su esposo, decidida a no ser más el plato de segunda mesa. Lo hizo sin saber que él nunca estaba con ella los catorce de febrero porque, cada año, a la misma hora y en el mismo hotel, se reunía con Khalifa para conmemorar aquella despedida de soltera que, tiempo atrás, convirtió a Dilcia para siempre en la novia del 15 de febrero.