
[author title=»Por Jacobo Colón» image=»https://ciudadoriental.com/wp-content/uploads/2023/05/jacobounomas.jpg»][/author]
Pocas cosas resultan tan reveladoras como la intensidad y el carácter de los ataques que recibe un líder.
a campaña sistemática de descrédito contra Leonel Fernández, que combina acusaciones sin sustento, memes virales, titulares sensacionalistas y campañas coordinadas en redes, constituye una de las pruebas más claras de que, lejos de estar debilitado, el expresidente se ha convertido en la principal amenaza electoral para el oficialismo y para buena parte de la oposición tradicional de cara a 2028.
Las encuestas más recientes (CESYP, ACD Media, Mark Penn, RED, entre otras) coinciden en un patrón que ya resulta incómodo para muchos; Fernández se consolida como el líder de la oposición con mayor intención de voto, oscilando entre el 37% y el 43% en diferentes escenarios, superando con amplitud a cualquier otra figura opositora y manteniendo una distancia considerable respecto a los principales aspirantes oficialistas en mediciones hipotéticas de segunda vuelta.
Cuando un político recibe ataques de esta magnitud, y con casi dos años y medio todavía por delante para las elecciones presidenciales, la pregunta elemental debería ser…..
¿Para qué tanto esfuerzo si realmente fuera un cadáver político? La respuesta es evidente, porque no lo es.
Porque las proyecciones lo colocan en capacidad real de disputar y ganar la presidencia.
Porque su base se mantiene sólida, su estructura partidaria crece y su discurso sobre gobernabilidad, experiencia y cambio con estabilidad resuena en sectores que ya no creen en las promesas de transformación radical ni en las narrativas de cambios.
Un momento particularmente ilustrativo de su perfil político ocurrió en julio de 2024, cuando fungió como observador internacional en las elecciones venezolanas.
Junto al expresidente Ernesto Samper, Fernández emitió un comunicado técnico y mesurado cuestionando la proclamación de Nicolás Maduro, argumentando la ausencia de publicación de las actas desagregadas y solicitando, con respaldo de criterios de organismos internacionales, mayor transparencia.
Fue un pronunciamiento de principios democráticos que muchos sectores intentaron caricaturizar como alineamiento ideológico.
Quienes lo hicieron demostraron, una vez más, que prefieren la descalificación fácil antes que el debate de fondo.
Cada nueva andanada de descrédito que se lanza contra Fernández termina teniendo el efecto contrario al buscado.
La ciudadanía, cada día más curtida en el lenguaje de las campañas sucias, interpreta correctamente el mensaje subyacente.
“Si dedican tanto tiempo, dinero y energía en atacar, es porque realmente le temen”.
Esa lectura del pueblo no es irracional; es experiencia acumulada.
En la política dominicana reciente hemos visto varias veces cómo el exceso de ataque termina convirtiéndose en gasolina para el objetivo.
Atacar tan temprano y con tanta virulencia a quien aparece como líder de la oposición es un error estratégico de dimensiones considerables.
No solo porque le otorga el valioso rol de víctima de persecución, un relato muy potente en nuestro contexto, sino porque distrae de lo esencial, construir una alternativa real, creíble y atractiva para la mayoría.
Mientras tanto, Leonel Fernández sigue su curso, recorre el país, consolida alianzas, afina su discurso y, lo más importante, mantiene la confianza de millones de dominicanos que consideran que su experiencia, capacidad de gestión y templanza son precisamente lo que el país necesita después de años de polarización y gestión cuestionada.
Leonel no solo resiste los golpes, cada intento de derribarlo lo hace aparecer más grande.
Y eso, en política, suele tener un solo desenlace posible cuando se acerca el día de las urnas.
Los que hoy apuestan todo al descrédito anticipado están cometiendo el mismo error de siempre, subestimar al adversario y sobreestimar el poder de la campaña sucia.
La historia dominicana está llena de lecciones al respecto.
Parece que algunos todavía no han aprendido.
