
Por Ramón Peralta
quel 8 de marzo se celebraba la boda de Mary, quien llegó al altar con cincuenta y nueve minutos de retraso. En la iglesia el murmullo de los invitados se había apagado y solo quedaba la respiración expectante de quienes aguardaban el desenlace de aquella escena. Cuando finalmente se hizo silencio, el padre Tovar pronunció la pregunta que parecía pesar más que los muros del templo.
Mary, ¿aceptas a Calígula como tu esposo y prometes serle fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?
La voz del sacerdote llegó hasta ella como si viniera desde muy lejos, como si ascendiera desde una tumba enterrada bajo alguna vieja sala de tormentos de la Inquisición. En ese instante Mary se sintió como Francisca Carvajal, interrogada siglos atrás por el Santo Oficio en aquel sombrío siglo XVI.
Durante apenas tres segundos el tiempo se suspendió. En ese breve paréntesis su mente viajó hacia el recuerdo del mayor susto de su infancia. No había sido el momento más doloroso de su vida, pero sí el primero que le enseñó que el miedo puede instalarse para siempre en el corazón de una niña.
Aquel recuerdo la llevó a la mañana en que cumplía nueve años. Se había despertado con una sonrisa luminosa, convencida de que el día le pertenecía. Sin embargo, la alegría duró poco. Pancho, su padrastro, un hombre de carácter duro y mirada fría, le dijo a su madre que enviara a la niña a comprar leche al rancho de Tobías, situado a tres kilómetros de la casa por un camino solitario.
Ese sería su regalo de cumpleaños.
Mary vivía en el mismo campo donde había nacido, un lugar apartado del granero del sur de la República Dominicana, lejos de la ciudad principal de la provincia. Para llegar hasta allí había que dejar los vehículos a cuatro kilómetros del pueblo y continuar el trayecto en burro. Era un paisaje de caminos sombríos, árboles frondosos y silencios largos, donde la vida transcurría con una lentitud similar a la burocracia administrativa de la UASD.
Su madre la envió a comprar leche donde el señor Tobías, un anciano solitario cuyo único hijo era José Botella, un joven conocido en la región por sus trastornos mentales. Cuando sufría sus crisis lanzaba botellas o piedras contra cualquiera que estuviera cerca. En el pueblo se decía que no siempre había sido así. Muchos contaban que era un muchacho tranquilo hasta el día en que descubrió a su madre en una posición indecorosa con su padrino Simeón. Aquella visión lo perturbó profundamente. Desesperado, rompió una botella y se hirió los ojos con el vidrio, como si quisiera castigarse por haber visto algo que no debía. Desde entonces quedó tuerto.
Meses después su madre apareció muerta con un fuerte golpe en la cabeza. El médico legista declaró que había sufrido una caída desde un árbol, aunque el cuerpo fue hallado dentro de la casita de herramientas, donde no había ninguno. Para sostener esa versión mencionó dos supuestos testigos cuyos nombres jamás reveló. En el pueblo, sin embargo, muchos sospechaban que Tobías había matado a su esposa no por la tragedia a su hijo, más bien movido por los celos.
Cuando Mary se disponía a montar el burro para iniciar el camino, su padrastro se acercó para recordarle lo peligroso que podía ser José Botella. Pancho disfrutaba sembrando miedo en la niña y solía contar historias de muertos que salían de sus tumbas para perseguir a las niñas que viajaban solas por aquellos caminos. Por eso Mary decidió caminar al lado del burro en lugar de montarlo. En las árganas colgaban los dos bidones vacíos donde debía traer la leche.
Con el corazón a punto de salírsele del pecho, la niña avanzaba lentamente hacia la casa del señor Tobías, rogando en silencio que ese día José Botella estuviera encerrado. Desde la muerte de su madre, cinco años atrás, las historias sobre el peligro que representaba aquel hombre circulaban por el campo como una tormenta oscura y asustaban incluso al más valiente de los soldados romanos.
Cuando faltaban apenas doscientos metros para llegar al rancho de Tobías, una figura surgió en el camino y le cortó el paso. Era un gigante barbudo, sucio y semidesnudo, con un solo ojo en el rostro. La forma en que inclinaba la cabeza para ocultar el vacío del otro le daba la apariencia de un cíclope escapado de la mitología griega. El miedo de Mary se volvió más profundo cuando reconoció que era José Botella.
La niña reaccionó con rapidez y trató de subir al burro, pero la mano derecha de José Botella ya sujetaba la rienda del animal. Con una voz infantil le preguntó si quería ser su novia. Mary respondió que sí sin pensarlo. En aquel instante de terror no podía negarse a un hombre que sostenía la rienda con una mano y un machete con la otra. El loco sonrió con una felicidad ingenua, soltó la rienda y luego le pidió un beso. Entonces la niña tuvo un destello de astucia. Le dijo Sí, pero será mañana
Y sin esperar más, espoleó el burro y huyó hacia su casa.
Su madre la recibió con una paliza por haber tardado tanto en regresar con la leche. Sin embargo, Mary se sentía extrañamente aliviada de haber escapado de José Botella, de modo que cada correazo le parecía casi un abrazo. Cuando la madre se cansó de golpearla, la castigó obligándola a permanecer de rodillas durante dos horas.
Aquella tarde, Mary se acercó a su madre con una sinceridad que casi la sorprendió a ella misma y le confesó, con la voz temblorosa, que el miedo la había hecho perder el control de su cuerpo durante el encuentro con José Botella y expulsó de su cuerpo gotas escarlatas que la elevaban prematuramente a otra etapa de su vida . Su madre reaccionó con una segunda paliza, tan prolongada que parecía no tener fin, y luego le advirtió que al día siguiente la enviaría de nuevo a buscar la leche antes de salir. Fue entonces que la niña, por primera vez con audacia y resolución, le propuso un trato que conmovió a su progenitora: en lugar de enviarla a aquel lugar peligroso, podía castigarla cuanto quisiera y duplicarle los trabajos de la casa, pero que no la obligara a volver a atravesar aquel camino.
Antes de que Mary pudiera pensar en la respuesta de su madre, la voz del padre Tovar resonó nuevamente, suave y grave, exigiendo atención. Durante un instante que pareció eterno, su mente viajó al día en que conoció a Calígula, el hombre que, años después, compartiría su vida. Tenía diecisiete años cuando una amiga la invitó a acompañarla a visitar a su novio en la cárcel de La Victoria. El joven de Ana estaba detenido por un asalto, y aquel encuentro la llevó a cruzar caminos con Calígula, quien, pese a estar tras las rejas por el feminicidio de su concubina, se presentaba en su memoria como un enigma profundo, dueño del punto de sustancias prohibidas del barrio.
Ese día, Mary se entregó a Calígula, no por amor a primera vista, sino impulsada por el deseo de hacer, por primera vez en su vida, algo prohibido. Había sido siempre trabajadora y buena, y aun así la vida la había convertido en la joven más desdichada de su entorno. Desde entonces, cada semana visitaba la celda de Calígula, ofreciéndole su compañía como una especie de ofrenda, un acto prohibido de amor y de libertad. Una tarde, aquejada por los dolores de la menstruación, decidió no ir a verlo. La semana siguiente, al encontrarla ausente, Calígula reaccionó con violencia brutal; Mary, tomada por la culpa, pidió perdón, y luego, entre reconciliaciones y caricias, sellaron su vínculo. Fue entonces cuando él le propuso matrimonio, y ella, con un gesto de aceptación, respondió sí, esa noche llegó a su casa llena de felicidad, aunque adolorida por los golpes recibidos de parte de su futuro esposo.
Dos semanas después se llevó a cabo la audiencia preliminar, y gracias a ciertos favores concedidos a las autoridades que investigaban el caso, el juez dictó un Auto de No Ha Lugar a favor de Calígula. Tras dos semanas de trámites y espera, finalmente salió en libertad. Antes de su excarcelación, Mary lo visitó en la prisión a pesar de encontrarse con molestias propias de su menstruación y un dolor intenso. Al percatarse de su estado, Calígula reaccionó con brusquedad, reprochándole de manera severa su visita en esas condiciones, y aquel reproche quedó marcado como un momento de tensión entre ambos.
El coronel de la policía del barrio donde Calígula había operado su comercio de sustancias recreativas se alegró de su regreso; su ausencia había dejado un vacío y muchos de los clientes más habituales se habían dispersado en busca de otros lugares. Con Calígula de nuevo en libertad, el negocio recobró vida, incluso ya no se trataba solo de pequeñas ventas para jóvenes desamparados, sino que comenzaron a llegar personas de mayor poder adquisitivo, atraídas por la promesa de eficacia sin corte extra que ofrecían sustancias recreativas con una calidad similar a la que tenían cuando salían de América del Sur . El coronel dispuso que un policía de día y otro de noche cuidaran el lugar, y en medio de esa recuperación, Calígula decidió fijar la fecha de su boda con Mary, la única persona que no preguntaba por su negocio y que a él nunca había exigido nada. Quizá no fue un acto de amor pleno, sino un gesto tardío de arrepentimiento por aquel dolor que una vez le había causado. Enterarse de que Mary se había inscrito en la escuela sabatina de adultos, para perseguir su sueño de estudiar, lo llenó de una mezcla de ira e inquietud, ya que él no quería que ella aprendiera y por eso en medio de una discusión amistosa entre ambos ella rodó por el suelo y abortó el fruto de la relación entre ambos
El recuerdo de aquel momento, cuando se le había negado el derecho a estudiar, vino a su mente con fuerza y la llevó a pronunciar una respuesta que resonó más allá de los muros de la iglesia. Mary comprendió entonces que el miedo que había sentido frente a José Botella no era ni una fracción de lo que enfrentaba en ese instante, y que aquel rotundo “no” que escapó de sus labios quedaría para siempre grabado en su memoria. Salió del templo apresurada, repitiendo sin cesar el monosílabo, como si esa única palabra pudiera abrirle el camino hacia la libertad, hacia la vida que ella había soñado desde niña.
Este 8 de marzo de 2026, sentada frente a la computadora y leyendo la noticia que más había esperado en su vida, Mary recordó con claridad la decisión que había tomado quince años atrás. Supo que aquel “no” pronunciado a todo pulmón había sido, sin duda, la más sabia y valiente de su existencia, pues gracias a esa negativa ahora recibía el correo de su asesor confirmándole la aprobación de su tesis, el último paso para convertirse en licenciada en Derecho y cerrar, al fin, el círculo que la llevaría a conseguir su propia libertad.
