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San Carlos entre la memoria de la Revolución del 65 y la herida abierta de sus combatientes

Por Maribel Núñez

Santo Domingo, RD, 24 de abril.- En el Parque San Carlos la memoria se hizo imagen: rostros de combatientes y el eco persistente del ultraje de las botas y bayonetas del ejército de Estados Unidos, el de ayer y el de hoy. En el marco del 61 aniversario de la Guerra de Abril de 1965, antiguos combatientes constitucionalistas organizaron una exposición fotográfica con imágenes del fotógrafo de la Revolución, Milvio Pérez. Las fotografías, cargadas de historia y dignidad, no solo documentan un momento: lo mantienen vivo.

Mientras recorría la exposición, quise saber quiénes la organizaban. Fue entonces cuando conversé con el combatiente del antiguo Comando de San Carlos, el doctor Ángel María de León, quien explicó que la iniciativa forma parte de los esfuerzos conmemorativos impulsados por estos comandos. Recordó que este sector jugó un papel clave durante la contienda, dada su cercanía al Palacio Nacional, escenario de intensos enfrentamientos.

Evocó, en particular, la batalla del 19 de mayo, en la que cayó el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez, junto a otros combatientes, abatidos por francotiradores estadounidenses apostados en los techos de la empresa Caribia Motor y en el propio Palacio Nacional. En esos hechos también perdieron la vida el comandante Juan Miguel Román, Hilio Caposi y dos combatientes haitianos pertenecientes al Comando Haitiano.

En su relato, De León subrayó que la guerra tuvo como propósito restaurar el orden democrático tras el golpe de Estado de 1963 contra el profesor Juan Bosch, y que se transformó en una “guerra patria” con la intervención de Estados Unidos, que desembarcó más de 42,000 marines en territorio dominicano. Aquellos acontecimientos, señaló, marcaron profundamente la historia nacional, no solo por su desenlace político, sino por la represión posterior contra los sectores constitucionalistas.

Para el combatiente antiimperialista, la importancia de esta exposición radica en la necesidad de que las nuevas generaciones conozcan estos hechos. “Un pueblo que no conoce su historia puede repetirla”, afirmó, vinculando la Guerra de Abril con otras gestas fundamentales como la Independencia, la Restauración y la resistencia a la ocupación estadounidense de 1916-1924. En su visión, abril de 1965 es parte inseparable del legado histórico dominicano.

Al ser cuestionado sobre la actual presencia de Estados Unidos en el país y el uso del territorio dominicano para la agresión militar en de contra Venezuela, afirmó que esta situación representa una grave vulneración de la soberanía nacional. “Esa permisibilidad del gobierno dominicano no solo viola los principios de soberanía e independencia que deben normar la vida del pueblo, sino también nuestra propia Constitución”, expresó. Recordó que el artículo 3 consagra el carácter inalienable de la soberanía, por lo que, a su juicio, se trata de una ruptura con la dignidad nacional por la que lucharon los Combatientes de Abril.

Pero la historia no solo se explica: también se siente.

En medio del recorrido, la figura de Victoriano Gil capturaba otra dimensión de esa memoria. Estaba solo, detenido frente a una fotografía. Portaba un bastón, vestía una camisa blanca impecable y llevaba la gorra que lo identificaba como combatiente. Su presencia era serena, pero sus ojos revelaban otra cosa.

Al preguntarle cómo se sentía, 61 años después, al reencontrarse con aquellas imágenes, sus ojos comenzaron a humedecerse. Con voz entrecortada, respondió que se sentía “adolorido con el gobierno” -de Luis Abinader-, al que acusó de haber traicionado los ideales de la Revolución. Señaló con indignación la presencia de fuerzas estadounidenses en el país y mencionó espacios como San Isidro y el Aeropuerto de Las Américas como símbolos de la soberanía entregada.

Su dolor no era sólo político, sino profundamente histórico. En sus palabras, esta situación constituye una traición a la memoria del presidente en armas, Francisco Alberto Caamaño Deñó y de todos los combatientes constitucionalistas. También denunció el abandono estatal, al afirmar que muchos de ellos aún no han recibido las pensiones que les corresponden.

El momento fue difícil de sostener. Ver cómo las lágrimas recorrían su rostro no era solo presenciar una emoción individual, sino asomarse a una herida colectiva que sigue abierta. En ese instante, la exposición dejó de ser únicamente un ejercicio de memoria visual para convertirse en un espacio donde el pasado interpela con fuerza el presente.

Salí del parque con la garganta apretada y una sensación persistente de impotencia. La patria por la que lucharon tantos y tantas, una vez más está pisoteada. La deuda con quienes defendieron la soberanía y la democracia sigue vigente. También lo está el desafío de proteger y dignificar a los envejecientes, de reconocer a tiempo a quienes hicieron historia y de asumir, como sociedad, las tareas pendientes en la defensa de la soberanía nacional frente a dinámicas que evocan viejas lógicas de dominación, como las asociadas a la Doctrina Monroe.

Porque la Revolución de Abril del 1965 no es pasado: es memoria viva. Y, para muchos y muchas, todavía duele.