viernes, 17 de abril de 2026
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Cuando la patria intenta caminar unida

Por Ramón Peralta
La fotografía que circuló en las redes sociales, donde se observa al presidente Luis Abinader caminando al frente, seguido por los expresidentes Leonel Fernández, Danilo Medina e Hipólito Mejía, no es una imagen casual. Fue captada en el marco de la convocatoria hecha por el mandatario para abordar la crisis migratoria haitiana, en una reunión celebrada en el Ministerio de Defensa. Esta imagen, más que una escena institucional, es una declaración política de profundo calado.

Aunque marchaban juntos, no caminaban alineados del todo. Luis Abinader, al frente, ligeramente hacia la derecha,  Leonel Fernández, detrás, desplazado hacia la izquierda, Danilo Medina, en tercera posición, del otro lado  y finalmente Hipólito Mejía, cerrando la fila con otro leve desvío. Como si sus pasos quisieran caminar en la misma dirección, pero cada uno desde su ángulo, desde su historia, desde su estilo. Esa ligera descoordinación no resta fuerza al mensaje, al contrario: lo humaniza. Porque si bien hay voluntad de unidad, también hay diferencias que no se borran, trayectorias que no se mezclan del todo, egos que aún caminan con nombre propio. Y, sin embargo, ahí están,  avanzando juntos, aunque no perfectamente alineados. Una imagen fiel de lo que es la política dominicana cuando se eleva por encima de los intereses inmediatos: imperfecta, pero posible.

En tiempos en que la política suele ser terreno de confrontación, esta marcha conjunta de los cuatro jefes de Estado más influyentes de las últimas décadas proyecta un mensaje poderoso: la República Dominicana puede y debe unirse cuando lo que está en juego es la Nación.

Luis Abinader al frente, como corresponde al jefe de Estado actual, no solo encabeza el grupo por protocolo, sino que simboliza el liderazgo del momento histórico. Lo siguen sus antecesores inmediatos, pero sin el orden cronológico, sino de influencia y liderazgo.  Leonel Fernández, Danilo Medina e Hipólito Mejía. Cada uno, con su legado, su estilo y su peso político, camina tras él con paso firme y rostro grave. No hay sonrisas, no hay protagonismos, no hay show, pero  hay un  mensaje contundente.

Leonel, detrás de Abinader, representa la política reflexiva, institucional,  liderazgo, sabiduría, experiencia   y estratégica. Danilo, en tercer lugar, simboliza la continuidad del poder civil en contextos de presión migratoria. Hipólito, al final, aporta el matiz popular y el respaldo moral de quien, aunque retirado del poder, no se  quiere perder esa pasarela de figureo.

El tema haitiano ha dejado de ser un asunto coyuntural para convertirse en un reto  estructural de seguridad, soberanía y viabilidad nacional. Por eso, que los ex presidentes acudan al llamado del actual gobernate no es un acto de cortesía, es una señal de madurez institucional. La migración ilegal y el deterioro del Estado haitiano afectan a todos los gobiernos por igual. No hay margen para la indiferencia ni para la politiquería.

Este gesto colectivo debe ser interpretado como un intento ojalá exitoso de construir una política de Estado en materia migratoria, que trascienda los ciclos electorales y las disputas partidarias.

La historia dominicana está llena de desencuentros, rivalidades y fragmentaciones políticas. Pero también hay momentos en que la historia se detiene, observa y recuerda. Esta imagen tiene ese potencial de ser recordada como el día en que la patria caminó unida.

En tiempos de polarización, caminar juntos es un acto político. Y en tiempos de amenaza externa, caminar juntos es también un acto de defensa nacional.

Ojalá esta fotografía no termine colgada en la galería del olvido, donde descansan las estampas solemnes que nunca cambiaron nada. Ojalá esa marcha de trajes oscuros y rostros graves no haya sido solo un ritual de solemnidad, sino el primer paso hacia un entendimiento verdadero, donde las palabras no se las lleve el viento sino que se siembren como semillas de acuerdos duraderos.

Tal vez estoy escribiendo sobre un país que nunca existió, una república imaginaria dibujada con los hilos del desencanto y la memoria truncada. Esa reunión del grupo, que en los papeles parece solemne, no es más que una obra de teatro mal ensayada, donde los actores repiten un guion que ellos mismos escribieron para fingir una crisis que incubaron con paciencia de artesanos. Nadie busca la solución. La escena entera es un acto de mercadeo político, una vitrina deslucida en la que un presidente, prematuramente golpeado por la soledad del poder, intenta aferrarse a un protagonismo que se le escapa entre los dedos como el agua contaminada de  Boca Chica. Y allí, en las butacas del recuerdo, tres expresidentes asisten al drama con el ansia sorda de quienes no aceptan que el telón cayó hace tiempo y que el poder que una vez los hizo temblar de gloria ya no es más que humo en el patio trasero de la historia.