martes, 28 de abril de 2026
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Joseíto Mateo y cómo la vellonera accidentó su vida artística

Por Juan Cruz Trifolio
Desde muy temprana edad tuvo Joseíto Mateo, quien tiempo más tarde lograra extraordinaria notoriedad como El Rey del Merengue, una vida tortuosa, polifacética, cargada de incontables anécdotas.

De sus humildes orígenes se destaca que realizó diversos oficios callejeros, además de ser picapedrero bajo el ardiente sol, teniendo siempre el ejemplo de abnegación y laboriosidad de su madre quien, en procura de producir el sustento de la familia, además de realizar los quehaceres domésticos, dedicó una gran parte de su existencia al lavado y planchado de ropas a personas pudientes que confiaban en su seriedad y cumplimiento.

El hoy inmortal del canto popular dominicano, nació un 6 de abril de 1920, en Juana Brava, una aldea pobre de San Isidro, ubicada al Este de la capital, teniendo como progenitores a Paulino Tamárez y Altagracia Mateo, naturales de San Cristóbal.

A manera de evocación, cuenta su biógrafo, el connotado escritor y humorista José Jáquez, en su obra titulada El merengue tiene un Rey, que el primer grupo organizado en el cual participó Joseíto Mateo como cantante se llamó Cuarteto Alma Criolla, en donde imitaba las canciones de popular Cuarteto Machín de origen cubano.

Para entonces, 1935 hasta 1937, Alma Criolla estuvo integrado por Luis Ortíz, quien tocaba el tres; Hachi Benitez, la guitarra y un joven sólo conocido como Panchito, ejecutante de la clave, además de cantar a dúo con Joseíto en la emisora HI8Q.

De igual modo, el brillante cultor de gregarias, hijo de Sajoma, en la Sierra de Santiago de los Caballeros, puntualiza que, en 1938, a la edad de 18 años, Joseíto fue a cantar a un cabaret llamado El Tocón, en San Cristóbal, a orillas del río Nigua, entonces caudaloso.

En aquel establecimiento de esparcimiento, sus propietarios le asignaron una pequeña habitación donde su madre lo acompañaba al entonces nobel vocalista.

Un año después de su permanencia en El Tocón, el extrovertido Joseíto Mateo, junto a un afinado sexteto y en procura de vivir una nueva aventura, decidió trasladarse a la ciudad de Barahona, donde esperaba alcanzar un mayor nivel de popularidad y mejoría económica.

Para entonces, la llamada Perla del Sur era una ciudad próspera con un ingenio azucarero pujante, minas de sal y yeso y con un gran movimiento portuario, en donde la circulación de dinero lucía acentuada.

No obstante, la realidad pareció hacerle una mala jugada al talentoso y carismático cantante y bailador dominicano.

A finales de los años treinta del siglo pasado, concretamente “en 1939, llegó al país la vellonera, aquella máquina con luces multicolores reproductora de disco de 78 revoluciones por minuto”, denominada, tiempo después como “tumba musico”.

La aparición de la mencionada caja sonora hizo que el dueño del negocio de “diversión” donde laboraba Joseíto y sus amigos quedaran sin trabajo y no les quedara otra opción que todos regresar a su lar nativo.

En cambio, dado las facilidades y el costo que implica oír música de la vellonera, aumentó la asistencia de público al cabaret mencionada y por tanto, el cúmulo de ganancia económica para su propietario.

En pocas palabras, tal como refiere el inolvidable José Jáquez, en sus interesantes y apretadas narraciones, “La llegada de la vellonera a Barahona determinó que los músicos que no eran nativos de esa ciudad o entorno retornaran a sus sitios de origen” y en el caso concreto de Joseíto Mateo apunta que “Las mujeres del cabaret donde cantaba… tuvieron que hacer una colecta para poder pagar cuatro pesos por el pasaje de retorno en una goleta, que se llamaba La Julia y que transportaba pasajeros desde Barahona a Santo Domingo”, dado que era más fácil que viajar por tierra, por “una horrorosa carretera que dilataba los viajes”.

Contrario a lo ocurrido con el cantante merenguero en cuestión y sus músicos acompañantes, “la llegada de la vellonera favoreció a los “cueros”, pues había mayor afluencia de clientes atraídos por la novedad del aparato” y lógicamente, resultaba de beneficio para “los dueños de negocios, que se ahorraban así lo que tenían que pagar a los músicos”.

En definitiva, con la incorporación del recurso sonoro aludido no tuvo Joseíto Mateo otra alternativa que llegar a la capital del país en donde necesariamente tuvo que asumir otra ocupación diferente al arte de cantar.

A partir de ese momento, fundamentalmente, tuvo que comenzar a trabajar como pulidor de muebles, puertas y ventana en La Caobera, “…en donde tenía que sacar el aserrín que caía en las sierras eléctricas al trabajar los enormes troncos de caoba, generalmente procedentes de las montañas de Jarabacoa y San José de Las Matas, donde funcionaban los aserraderos” que por supuesto, eran propiedad de Trujillo o de algunos de sus testaferros.

Discurrido el tiempo y siempre motivado por la aspiración de convertirse en una estrella del canto popular criollo de inmensa dimensión, con su talento, carisma, persistencia y dedicación, el versátil artista logró enrolarse a la radio nacional con el espaldarazo de Paco Escribano, Frank Hatton y José Arismendy Trujillo Molina (Petán), en La Voz del Yuna, luego Palacio Radio Televisor La Voz Dominicana, y por consiguiente con su extensa pléyade de artistas y comunicadores, hasta abrazarse, en el presente, con la inmortalidad, siendo distinguido y coronado como El Rey del Merengue por y para siempre.

Lo demás es sacrificio, dedicación, perseverancia y porque no, historia de un cultor del canto y el baile comprometido con la alegría y la identidad cultural en un país donde, a pesar de los pesares, ¡¡se puede…!!