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Llamada al 911, la policía en peligro

Por: Valentín Medrano Peña

La llamada dejó claro que se trataba de una emergencia. La voz agitada de la joven alarmó a la recepcionista del 9-1-1, que rápidamente notificó a una patrulla policial para que acudiera al lugar.

Dijo haber aprovechado una distracción de su agresor para llamar. Su celular estaba oculto entre las ropas de lavar. Entró al cuarto de servicio para limpiar la sangre que salía de su boca. Fue su excusa.

Sus ataques los producía a intervalos. Amainaba los arranques, profería palabras que iban cambiando de tonos, y ella sabía cuando seguirían a las palabrerías los golpes. Sus andanzas por todo la sala de un extremo a otro penando, pensando en voz alta, enloquecido. Luego el acercamiento que le hacía temblar en cada poro de su piel y magullado cuerpo.

Los oficiales llegaron. Dijeron luego que llamaron a la puerta, que tocaron insistentemente, pero ella no los escuchó, y probablemente su atacante, el amor de su vida, tampoco. Tiraron la puerta y pudieron impedir que le asestara el golpe mortal con el mazo con el que logró romperle varios huesos del cuerpo.

“Los policías salvaron mi vida”. Dijo a su madre cuando llegó a atenderla al hospital.

Fue su historia. La historia de cientos, de miles, de cientos de miles a lo largo de la historia policial. Robos resueltos, homicidios frustrados, secuestrados rescatados, accidentados asistidos, violencia aplacada o cortada, ayudas, auxilios, orden impuesto, peritajes aclaradores, vigilancia oportuna, testimonios condenadores, y en fin, miles de historias contadas, registradas y procesadas con éxito judicialmente.

Ningún reconocimiento. Ellos hacen el trabajo y otros reciben los méritos. Suben al cielo, los siguen millares, pero solo son receptores del trabajo de los investigadores policiales que luego son reducidos a simples testigos instrumentales que abonan la gloria ajena.

Y todo ese bien hacer, y los miles de condenas que exhibe el Ministerio Público y cuya razón de ser, base y esencia es el trabajo policial no sirven para detener las hordas destructivas, para un poco de compasión y entendimiento, para que no los condenen en colectivo, para que no enciendan la hoguera mata instituciones.

Y nadie sale a su defensa. Los dejaron solos. De hecho todos buscan hacer un poco de leña del árbol por derribar. Malagradecidos e hipócritas.

Una mala acción de unos. Una nociva y triste y arbitraria y nada aceptable acción, abominable, sí, más que eso, hizo que se condenara a cada miembro de la institución proceda correctamente o no, haya sido protagonista de esos actos heroicos o no. Toda la institución anatemízada, proscrita de Dios y maldecida, abominada, odiada, y se pide, y se ruega, su condena.

Oh hipócritas! ¿Cómo puede acudirse a condenas sin acción, sin acto, condenar a la institución por un hecho de unos que se marginaron de la ley y del orden?

No veo que quieran quemar la iglesia por causa de que un cura pedófilo se aparte de la religiosa procura, o del pastor que deshonra el evangelio, o aniquilar al Estado por causa del político que comete corrupción, o proscribir al empresariado por el empresario que viola la ley.

La policía ahora vive en estado de frustración, en injusta depresión, en abandono. La clase política hace política con el tema, como con todo. Maquillan soluciones, matan moralmente. Potenciaron sus desmanes para después retirarle la alfombra. Azuzaron el fuego y luego se apartan para que siquiera el calor les alcance.

Si sumamos y restamos, en un simple ejercicio aritmético, los éxitos policiales, y los cruzamos con estos inaceptables actos, podemos concluir que la policía debe y puede producir desde dentro de si su propia salvación, si la clase política la dota de recursos, lo que siempre ha sido escaso en ese cuerpo y les prohija de los protocolos rígidos legales y las condiciones pars ejercer dignamente tan necesaria y digna profesión.

Llegó el 911 nueva vez, se llevan a la policía, la institución está grave, padece de heridas aguijoneadas venidas de quienes la instrumentalizaron, usaron y ahora le dan la espalda. Ojalá y pueda salvarse.

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