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De títeres y titiriteros. Lawfare y engaños

“La prehistoria, la historia y la actualidad del abuso desde el poder”.

Por: Valentín Medrano Peña

En la antigüedad el hombre vivía como animal, dormía como animal, comía como animal y comía animales, no vestía, como los animales, y no soñaba, como los animales. El hombre era animal, y era objeto de caza de algunos animales que constituyeron sus depredadores. Depredaba y era depredado.

El hombre aprendió instintivamente a ser cruel y despiadado, quizá una condición inherente de si, a atacar a todo lo que se moviera, a temer y a odiar.

La naturaleza circundante le era atroz, el hombre fue testigo de la muerte de muchos que jamás vieron diez hibernaciones de osos. Aprendió a resistir, moviéndose sin rumbo, andando sin saber porque y afrontando las inclemencias naturales. Aún no sabía que sufría, aún no descubría la felicidad ni sabía que anidaba en él el amor. No conocía a Dios, aunque Dios le conocía muy bien.

La vida le fue dura. Su adaptación al medio le fue hostil. Luchaba por subsistir y preservar la especie protegiendo a sus iguales, aún no nacía la familia como tal, la que al surgir obligó a la vida sedentaria. Y el sedentarismo parió las reglas, normas e instituciones y los círculos ensanchables de congregaciones poblacionales.

Mientras fue nómada, el hombre peleó sus propias batallas, afrontó cada peligro jugándose la vida, exhibiendo su lado más cruel y feroz para doblegar a sus atacantes. Enjuiciaba y ejecutaba en un mismo instintivo acto. En la vida en sociedad, el papel correspondió a los jueces-verdugos, que perseguían, juzgaban, condenaban y ejecutaban a los disidentes y enemigos. Había surgido el Estado y con el sus normatividades. El soberano encarnaba todo el poderío, decidía la vida y la muerte de los demás, y bajo su implacable merced podía perdonar.

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Hasta las hojas de los árboles que caían respondían a la voluntad soberana. Y todo, lo malo y lo bueno, ocurría bajo su imperio y mandato, era manifestación de su voluntad, y era por igual su responsabilidad. Fue dueño de su era.

En la vida contemporánea; cientos, quizá miles de Fuche’s, Maquiavelo’s, Hitler’s y demás crápulas después, unas desarrolladas, unas taladas y otras en ciernes; sigue siendo así, solo que el soberano, o mejor, el detentador de poder, total o parcial, quiere que se haga su voluntad, impuesta desde el poder, disimuladamente, que se persiga, condene y fustigue a sus contrarios, y que los costos políticos y la responsabilidad de sus hechos recaigan sobre otros, que aunque alineados y seguidores de sus directivas, se publicitan como distantes, como independientes. Una suerte de tirar la piedra y esconder la mano, con la inteligencia de hacer creer que se obra a gusto e instancia del pueblo, el que no tiene una minima idea de lo que ello encarna.

De ahí, que la nueva cara del lawfare, que no es más que la utilización del sistema judicial (comunicadores, fiscales y jueces) para perseguir opositores políticos y cumplir con venganzas personales, ahora se maquille bajo el precepto de “justicia independiente”, que no es un concepto nuevo ni de invención regional siquiera.

Brasil es el mejor ejemplo de ello, su otrora presidente Luis Ignacio (Lula) Da Silva, considerado como el productor del milagro de sacar de la pobreza a más de cuarenta millones de brasileños, fue perseguido mediaticamente, incluso por los mismos que antes le alababan, con filtraciones y creaciones falsas de imputaciones que apuntaban a acciones corruptas a su cargo, y es que el primer paso del lawfare es aniquilar la posible resistencia moral de sus víctimas. Hay que mancillarlos éticamente, presentándolos como prospectos de una acción delincuencial y de males consecuentes.

El otro paso es crearles un proceso penal, acusarlos, procesarlos y pagar para sus condenas, como el premio-pago al juez Moro, todo ello en complicidad con medios de comunicaciones, influencers, fiscales y jueces.

Es el uso del poder del estado con la implacable finalidad de aplastar, de asesinar moralmente y quizá hasta asesinar en un cuartucho carcelario a contrarios y enemigos. Solo que respecto de esos hechos, se pretenderá que el culpable sea un juez Moro y no un presidente Bolsonaro, es decir, que las culpas serán del títere y no del titiritero, que podrá, o al menos eso se creerá, perseguir a sus ya vendidos y tenidos como delincuentes, convertirlos en subjúdices con el aplauso aprobatorio de la gleba dirigida, siseñoreada, de los nuevos fariseos, y despejar el camino para sus planes. Solo que, ni a uno ni a otros la historia podrá absolverles, y no podrán, ni títeres ni titiritero, escapar de la justicia real, de la verdadera, de la que no se define ni vanagloria de “independiente”.

Para el infeliz propósito, solo se requiere de alguien capaz de vender su alma al diablo, de ejecutores con suficientes almacenamientos propios de odios a lo interno, con erróneas pero fundadas razones para querer vengarse y con su propio listado de personas a perseguir, y claro está unos chivos expiatorios. ¿Los tenemos?. Si la respuesta es si, así se concreta la maliciosa obra y empieza el espectáculo.

En la antigüedad, como ahora, el detentador del poder maneja el hoy ya vetusto Estado a su antojo, solo que ayer lo asumía con la honestidad de saberse dueño y señor y exhibirlo, y hoy con subterfugios y medios que camuflan y ocultan sus despropósitos, y que no obstante, terminan en el mismo fin (in)-justificado, la persecución política y la venganza contra contrarios y odiados.

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