
Por Ramón Peralta
Me encuentro sumido en la triste marea de la derrota, esa que no se puede negar, esa que se extiende como una sombra por cada rincón de mí ser. Un dolor profundo me consume, como un eco sin fin que resuena en cada fibra de mi cuerpo, esa angustia que brota de un corazón roto, desgarrado por la derrota, por una serie que se nos escapó, por un sueño que se desvaneció a tan solo unos pocos centímetros de nuestro alcance. Sin embargo, a pesar de todo, me siento orgulloso de ser un fiel seguidor del glorioso equipo del Licey.
El Licey, ese equipo eterno, que viste el azul del profundo y misterios mar, del cielo eterno, de la gloria que se despliega más allá del horizonte. El azul que representa tanto la grandeza como la majestad de un océano que no conoce fin, ni de un cielo que jamás deja de abrazarnos, mientras nuestro corazón se pierde en la vastedad de la esperanza y la desesperación.
Esta serie final, la más emocionante de todas, la más intensa, la que me mantuvo al borde de la locura, no me atreví a verla. Ni siquiera a través de la pantalla. Temía, quizás, que si contemplaba siquiera un juego, mis ojos ya no pudieran abrirse más, que mi corazón dejara de latir, que la desesperación me tragara por completo. Hoy, aquí estoy, escribiendo con los ojos inundados, con el alma quebrada, como un río que no encuentra su cauce, sumido en la tristeza de la pérdida, la tristeza de esa victoria que no llegó.
Mi corazón no soportaba ver a mi equipo perder, y aunque intenté alejarme, el dolor me encontró, como siempre. Esta noche, sin embargo, me queda una sola consigna: agradecer a Dios por haberme hecho fanático del equipo más grande que el mundo haya conocido, el equipo de las cinco gloriosas letras, aquellas que han resonado en victorias nacionales e internacionales, que han conquistado tierras lejanas en la Serie del Caribe.
Algunos dirán que no soy digno de llevar el nombre del Licey, que mi lealtad es cuestionable, que al no tener el valor de ver un solo juego de esta serie final, al no tener fe suficiente, traicioné mi amor por el equipo azul. Pero ellos no saben. No saben de los años de alegrías y sufrimientos que he vivido por ser del Licey.
A mis años, confieso que el daño más grande que me hicieron mis antepasados fue inculcarme esa terrible adicción que no acepta un resultado distinto a la victoria. Los liceístas tenemos dentro de nuestra sangre azul ese vicio incontrolable de ganar, y por eso sufrimos la derrota más que cualquier otro ser de este planeta.
Hoy, con el alma lacerada, le pido a Dios que perdone a mi abuelo y a mi padre por haberme inyectado el veneno adictivo de la victoria, por enseñarme que el segundo lugar es un lugar de perdedores, y ahora esta adicción me persigue cada enero.
Poco conocen de esos relatos que mi abuelo me contaba cuando, aún niño, me hablaba de Alonso Perry, el gigante que, al vestir el uniforme azul, se convirtió en el hombre más temido del béisbol dominicano. Ese hombre que, en 1951, con su cuadrangular, dio el triunfo al Licey en una serie final histórica. Y cuando le preguntaron de dónde provenía tal poder, él respondió: «Mi poder sale de las cinco gloriosas letras del Licey.»
Esta noche de dolor no quiero mencionar nombres de jugadores ni las hazañas épicas del Licey en cada Serie del Caribe, ni aquel año en que perdimos la final contra las Águilas del Cibao. Fue entonces cuando la vida le dio a ese gran equipo la oportunidad de mostrar su grandeza en la Serie del Caribe celebrada en el Estado Cibao, donde nuestro glorioso Tigres del Licey se coronaron campeones del Caribe, aun sin ganar el campeonato de su país.
Los fanáticos del Licey somos los más fervientes. Incluso un sencillo lo celebramos como si fuera un jonrón. Somos los más ruidosos en el estadio y los más comprometidos con nuestro equipo, porque siempre elegimos ganar, y la derrota en una final la sentimos como la pérdida de una familia.
Esta noche, llena de tanta tristeza, debo confesar que, a mis años, ya no estoy preparado para ver una serie final. Al inicio de estos siete juegos, me propuse no verlo. Quería estar en un país lejano, donde no pudiera escuchar los gritos de los aficionados. Pero vivo en un barrio donde, en cada out importante o cada batazo, el público estallaba en vítores, y ese ruido penetraba mi habitación, obligándome a mirar en mi celular para saber qué había ocurrido.
En los últimos años, para mitigar el dolor de la derrota, escribo en las redes sociales que el equipo azul va a perder, como una manera de recordarme a mí mismo que los otros equipos también tiene derecho de ganarle, de preparar mi mente por si la derrota azul llega. Pero aun así, no puedo evitar ese sufrimiento, similar a la pérdida de un ser querido.
Recuerdo aquellos días de mi infancia, cuando Miguel Dilone, el más espectacular ladrón de bases de la historia del béisbol dominicano, robaba base tras base, mientras las Águilas nos vencían. Pero también recuerdo a Manuel Mota, sus batazos decisivos, y esas series del Caribe, cuando el Licey se alzaba campeón en tierras extranjeras.
Nunca olvido aquellos momentos en que mi padre me llevaba al estadio. La primera vez que vi a Steve Garvey, un pelotero del Licey, decidir un juego con un jonrón, el mismo Garvey que luego vi en las Grandes Ligas. A lo largo de los años, viví tantos momentos memorables. El Licey, como el brillo en la oscuridad, nos iluminaba incluso en las horas más sombrías. Recuerdo aquellos partidos en que el Pintacora de Los Santos, con su brazo incansable, salvó dos juegos en el mismo día para darnos el campeonato, en esas finales dramáticas contra las Águilas del Cibao.
Y en medio de esta pena, un nombre resuena en mi memoria, como un eco lejano: Henry Rodríguez, el matatán azul, que nos regaló tantos triunfos; Luis Castillo y Ronnie Belliard, que, con su determinación, nos condujeron a victorias inolvidables. No puedo evitar sonreír al recordar esas épocas de «los menores», donde, siendo adulto, mi corazón palpitaba como el de un niño emocionado, temiendo por cada juego de mi amado Licey.
El jonrón histórico de Tulile, ese momento de gloria, fue el instante en que comencé a dudar. La emoción de ver a mi equipo luchar tanto ganar con tanta emoción y tanto sufrimiento, me llenó de una felicidad tan intensa que, por momentos, me pregunté si sería posible seguir soportando tantas emociones.
Yo no puedo ver los juegos de mi equipo, porque cuando ese glorioso grupo de las cinco letras pierde, son semanas de agudo sufrimiento donde mi mente recuerda cada jugada, pensando por qué ese pelotero del Licey falló en ese momento, por qué el dirigente no sacó a ese lanzador perdedor a tiempo. Y si ganamos, gozamos, pero lo hacemos sabiendo que ganar es nuestro estado natural. Los fanáticos de otros equipos, acostumbrados a perder, ven la victoria como sacarse la loto y la derrota como algo casi normal en sus vidas.
Hoy, con 60 años y las canas que el tiempo me ha impuesto, no tengo valor para ver a mi equipo sufrir nuevamente. El Licey ha perdido una serie final tan dramática que mi corazón ya no sabe cómo llorar. Pero, a todos los fanáticos del Licey, les pido que sigan adelante, con una sonrisa en los labios y el corazón lleno de orgullo. Y si alguien les pregunta de qué equipo son, levanten la cabeza, con la dignidad intacta, y respondan: «Soy del Licey hasta la muerte.»
Y aunque mi alma se vea cubierta por la tristeza, aunque mi corazón no sepa cómo sonreír hoy, aunque mis lágrimas, como un río azul, sigan surcando mi rostro, me quedo con una certeza: seré liceísta por siempre. Aunque el presente me duela, en el pasado se encuentran las glorias que jamás olvidaremos. ¿Quién sabe? Tal vez un día regresen.
Aunque parezca contradictorio, hoy anuncio con dolor que renuncio a ser parte de la familia del Licey, de esa clase egoísta que siente que debe ser siempre ganadora, renuncio a tantas victorias y glorias de ese gran equipo. Hoy quiero ser un humano normal, sin esa sed tan adictiva de victoria que conlleva el compromiso de ser parte del equipo de esas cinco gloriosas letras.
No quiero seguir llevando sobre mis hombros ese compromiso de solo vivir por los éxitos adictivos que brinda ser fanático del Licey. Hoy renuncio al equipo azul, porque su grandeza y su gloria no me dan la paz que necesito para vivir tranquilo en medio de la derrota.
Hoy sé que esta renuncia al equipo del Licey se evaporará en el mismo momento en que salga esta publicación, porque ser liceísta es un compromiso que ni con la muerte se rompe.
