sábado, 30 de mayo de 2026
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El último baile

[author title=»Por Ramon Peralta» image=»https://ciudadoriental.com/wp-content/uploads/2016/08/ramonperalta.jpg»][/author]
aría de los Ángeles llegó aquella noche a la afamada discoteca con un júbilo ingenuo, ajena al presagio que en el aire flotaba, invisible pero espeso. Aquel salón de espejos y luces, donde la aristocracia decadente de la media isla revivía los años dorados del merengue, pronto se convertiría en el escenario de su maldición.

Al primer sorbo de piña colada, sintió tierra en la garganta; al alzar la mirada, una nube de polvo, más bien, una arenilla cenicienta que se desprendía del techo como si de una cripta se tratara, le cayó a los ojos. Ardieron. Y en el ardor, el presentimiento: “Vete antes de la medianoche… o no volverás a ver la luz del día”, susurró una voz sin cuerpo, flotando en el aire pesado del baño donde se lavaba la cara, temblando.

María, vencida por el pánico, pidió un taxi. A las 12:39 de la madrugada, ya estaba frente a su casa, en la zona oriental. Pero un hedor nauseabundo, nacido de un contenedor de basura a escasos metros de su puerta, una monstruosa estructura impuesta por la alcaldía, que más parecía una tumba abierta, le provocó náuseas violentas. Mientras vomitaba, intentó encontrar sus llaves… y fue entonces cuando se percató que las había dejado en el taxi.

El conductor no se detuvo. Había huido al ver figuras sombrías escarbando en el basurero. Sombras humanas, viciosas, deformadas por la miseria, habitantes de la tiniebla en que el municipio se había sumido desde abril del 2024. En medio del mareo y el vómito, una de esas figuras la golpeó brutalmente en la cabeza.

Despertó al día siguiente en una clínica, con puntos en el cráneo y la memoria nublada. Le habían robado el celular, la cartera, la dignidad. Pero no el recuerdo de ese instante en que la arena maldita le cayó en los ojos y lo supo… ese lugar estaba maldito.

Su esposo, Pablo, se hallaba en el campo aquel día. Aunque no comprendía qué hacía María fuera de casa tan tarde, la amaba demasiado como para interrogarla.

Pasaron los días, y en la empresa donde María trabajaba como auxiliar contable conoció a Juan Francisco, alias Toño: un hombre de 62 años, elegante en su decadencia, encantador como una serpiente. Decía ser amigo del presidente, de la familia más rica del país y del zar del turismo. Su voz era miel y su alma, hiel.

Lo que comenzó como admiración se tornó deseo. Y el deseo, en pasión clandestina. Mientras Pablo salía al interior, Toño entraba por la puerta trasera del deseo. Pero no era amor. Toño no amaba a María. Le gustaba exhibirla; esa piel canela tersa, ese cabello negro como las noches sin luna. A sus 33 años, María parecía de 27, y él, un viejo resucitado por la juventud.

Toño evitaba los moteles; prefería la calle, lo público. Sentía éxtasis al mostrar a sus amigos el trofeo de su virilidad moribunda.

Y entonces llegó la tragedia final.

Toño, con voz engalanada de promesas, la invitó a una fiesta exclusiva en la misma discoteca maldita. María se negó. Aún sentía en los ojos la arena del presagio. Pero él insistió. Mintió. Dijo que su esposa estaba en casa, cuando en realidad se hallaba en Nueva York. Toño le temía a su esposa como el diablo a la cruz, pero le fingía a Marida que era un hombre independiente

—Si me amas, ven conmigo —dijo Toño—. He pagado una fortuna por esas entradas.

Ella se rindió. Y la noche del cumpleaños de su esposo, mientras sus hijas esperaban el bizcocho, María se vistió para la muerte.

En la discoteca, entre luces frías y rostros plastificados, alguien la llamó:

—María, cuánto tiempo sin verte…Era Julián, el mejor amigo de Pablo, ahora camarero del lugar.

El rostro de María palideció. Supo entonces que su secreto estaba condenado. Suplicó a Toño que se fueran. Pero él, arrogante, le pidió media hora más.

—Prométeme —le dijo ella con voz quebrada— que si me quedo, te mudarás conmigo. No puedo volver a casa.
Toño, falso como Judas, aceptó.

Bailaron.

Y en el clímax de la música, el techo retumbó. Un sonido sordo, como la furia de Dios descargada sobre Sodoma.

Una roca inmensa cayó, directa hacia la cabeza de Toño, pero María, con reflejos de amor o de locura, lo empujó.

La piedra impactó su pierna, triturándola.

Los gritos fueron de ultratumba. Toño, ileso, la miró con el frío de la luna. Al ver su pierna destrozada, comprendió que la belleza de María había desaparecido. A pesar de la joven solo sufrió daño en la pierna derecha Lo que quedó fue un estorbo, una mujer con una pierna menos, un cadáver emocional.

—Toño… llévame… por favor… —murmuró ella entre sollozos.

El miedo lo envolvió. Su esposa jamás debía saber que había estado allí con otra mujer. Entonces, con mano temblorosa, levantó un pedazo de concreto y lo descargó con furia sobre el cráneo de María.

No gritó. No supo que moría.

La besó, le robó el guillo de oro ensangrentado que ella llevaba para la ocasión y huyó, como huyen los cobardes: sin mirar atrás.

Tres días después, su esposa regresó de New York. Para sellar su silencio, el mismo amigo que le regaló las entradas a la discoteca maldita les pagó un fin de semana en un resort del Este. Allí, mientras sonaba una canción de Rubby Pérez en la pista de baile, Toño se arrodilló con una sonrisa.

—Acéptalo —le dijo, entregándole el guillo de oro que escondía un crimen sin remordimiento Su esposa emocionada por ese costoso regalo no podía articular palabras y Toño sin ninguna culpa se paró y le puso el guillo en la mano y la mirándola a los ojos se movió suavemente al ritmo de la música mientras le murmuraba a su esposa acéptalo como recuerdo del último baile.
Y la besó.