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Mi cofradía con Naná

Por Valentín Medrano
“Allá no habrá tribulación. Ningún pesar, ningún dolor” se escuchaba en un cántico descompasado al solo asomarse a la entrada de la casa. La noticia se esparció entre familiares. Un mensaje de WhatsApp anunciaba la muerte de Naná.

Era un Sábado lluvioso. Anunciaron una vaguada. Todo el camino de regreso a mi pueblo fue de muchos en taponamientos a causa de las lluvias. Tuve que pasar a recoger a mi madre para llevarla al lugar convocado para el velatorio. Y al llegar debí retroceder en el vehículo, ya que por lo angosto de la calle de acceso se hacía imposible llegar en vehículo. Retrocedí hasta la calle principal y parqueé a media cuadra de distancia de la Intercepción en cuya esquina hay un colmado muy concurrido que solía ser de una dama comerciante a quien llamaban Cúna. Caminé la distancia desde la calle Duarte por todo el callejón Puerto Rico cruzándome con lugareños a mis pasos. A diferencia de años atrás mis saludos eran respondidos a un absoluto desconocido. Jamás me había sentido un desconocido en mi propio terruño.

Entre pequeños cúmulos de personas situados en el interior de dos lonas tendidas como techo, cursé mis pasos hasta la casa de Naná. La numero 6 del callejón Puerto Rico. Fue a unos cuatro pasos de la entrada que deparé en el cántico que vociferaban los hermanos, así se denominan entre sí los que profesan la fe cristiana.

Al entrar quedé impregnado del ambiente triste, sin embargo extrañé los habituales griteríos. Alguien mencionó mi nombre bajo llanto, la hija mas pequeña de Naná, quien desde su nacimiento jamás vivió un solo día apartada de su madre. Casó y se hizo madre haciéndola abuela en un anexo de la casa número 6.

Naná vivió noventa y seis años catorce hijos y setenta nietos, y vivió en amor cada vida nacida de su vida y las nacidas a su vez de los nacidos de ella.

Naná fue solo amor, la mujer más amorosa y comprensiva del mundo, quizá solo comparada con Nato la madre de Bolívar de quien a su vez nacieron Boli, Deyanira, Ely y Lenis. La vida es una constante de multiplicar vidas.

Las nietas de Naná, todas formadas en cristiandad, empezaron a testimoniar sus vidas a su lado, sus aprendizajes e interrelaciones, hacían menciones de sus hijos y nietos y de cada relación particular y personal con Naná. Cuando dejaron de hablar, ya mis ojos simulaban las vaguadosas nubes y el líquido doloroso se corría por mis mejillas y querían entrar nueva vez a mi cuerpo por mi boca.

Naná fue muy especial para mi, para todos mis hermanos y mi madre, fue la segunda y primera madre de mi madre, ya que cuando la orfandad le alcanzó en los primeros años de su existir, fue su tía, Naná, quien hizo las veces de madre y por ende de nuestra abuela sustituta pero protagónica.

Al escuchar los dolores testimoniados de las nietas hoy madres, no pude sino sentir exclusión y envidia, ¿Cómo es posible que no supieran de la relación linda que tenía yo con ella?, nuestra cofradía secreta, nuestro vínculo de amor no fue testimoniado. Me acerqué al féretro, y la vi, y al verla vinieron a mi mente los recuerdos más lejanos de mi existir, ella estuvo ahí en cada aflicción y felicidad, sentí morir en parte y así era, y al ver la paz en su rostro rejuvenecido comprendí que la razón por la que seguía siendo secreta nuestra cofradía es porque esta no moría con ella.

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