viernes, 1 de mayo de 2026
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Policía ejecuta a una persona en Monte Plata Y Trata De Encubrir Su Crimen, Pero Le Salió Mal.

Por Manuel Soto Lara
iembros de policía de Verón y de Sabana Grande de Boya, encabezados por el coronel Mejía Jiménez, ejecutaron a una persona de un disparo a la cabeza. Luego, como es habitual, trataron de encubrir su propio crimen; pero algo le salió mal. Ya un oficial está preso.

Indignado, se levantó violento el pueblo de Sabana contra la policía. Exigía justicia; pero no es fácil hacer justicia cuando los investigadores son los autores. Por eso en este caso la policía no procesó la escena del crimen para levantar los proyectiles que permitan hacer la prueba de balística.

La policía quería a Luis Alberto, según ellos, para ejecutarle una orden de arresto por la presunta sustracción de una determinada cantidad de dinero, mediante clonación de tarjeta, a un ciudadano alemán.

Es un turista rico. Y el abnegado coronel Mejía Jiménez quería garantizar la efectividad del trabajo, tal vez por eso no delegó en sus subalternos y se trasladó desde Verón, en el extremo este de la isla, hasta Sabana Grande de Boya, al centro.

Una vez en Sabana, el coronel y su comitiva, se hicieron acompañar del encargado del Dicrim allí, segundo teniente Rosario Bernardo Joseph. Estaban decididos a llevarse a Luis Alberto, aunque hubiera que sacarlo de debajo de la tierra. Para ubicarlo, hicieron comparecer al destacamento a la pareja de este, Perla María, una menor de 17 años y parida de una niña.

Una vez allí, bajo presión, amenazas y chantajes obligaron a la menor a llamar a su pareja. Como la menor no tenía balance en su teléfono, el coronel “le puso una recarga”.

El ambiente hostil y la actitud agresiva y autoritaria de los agentes la hicieron presentir un final fatal para el padre de la criatura que sostenía en sus brazos. Ella hizo todo por no llamar a Luisito porque ella sabía. Finalmente sucumbió ante el autoritarismo policial. En el destacamento el ambiente era tenso y ella tenía razones para temer un encuentro de Luis Alberto con la policía.

Aun es menor de edad, pero Perla María sabe que la policía ejecuta personas, pone armas, implanta droga y se inventa intercambios de disparo para justificar sus propios asesinatos. Tal vez no sabía de la existencia de una prensa parapolicial, de miembros del ministerio público indiferentes. Pero con lo que ella sabía le alcanzaba para no dudar de la inminente orfandad de su hija; una flor recién abierta a la vida.

Eran las nueve de la noche del 25 de septiembre del 2024, en torno al hospital, las calles lucían íngrimas y solas.

En el cuartel se respiraba un aire helado y el silencio misterioso presagiaba un infortunio que solo Perla María era capaz de percibir.

-Llámelo y dígale que vaya al hospital que la niña está enferma -le ordenó el coronel Mejía Jiménez con voz autoritaria. Ella vaciló; pero él remachó, -Si él no aparece, prepárate, que tú vas presa con la niña para Verón. La menor, constreñida y asustada, hizo la llamada. No tenía opciones.

El coronel y su séquito escucharon la breve conversación. Con la menor en la camioneta se fueron a esperar a Luis Alberto al hospital. Aguardaban impacientes la llegada de su presa.

Desde el interior del vehículo policial, la adolescente observaba ansiosa con el fruto fecundo de su amor en sus tiernos brazos. Ella, que había oído discretos e insinuosos murmullos, sabía que lo iban a matar. Habría que estar en el lugar de esa niña para saber lo que en tal circunstancia se siente. Claro, no falta quienes lo saben porque estamos en República Dominicana y eso no le pasa solo a ella.

Cuando Luis Alberto se aprestaba a salir para el hospital en busca de su compañera y su hija; se produjo una mutación del destino: Se presentó Alexander Silva, un adolescente de 17 años y le pidió prestada la motocicleta para comprarle las pastillas de su abuelita.

-Ok, vete y pasa por el hospital y tráeme a Perla María que está allá con la niña, -le dijo. En el lúgubre hospital, como es usual, rondaba la muerte; pero esa noche la víctima no sería un paciente.

Luego de los hechos, afectada emocionalmente, Perla María, entre llantos y lágrimas, declaró ante la psicóloga forense. Por los traumas que esta observo, aunque no era el objeto de consulta, recomendó a las autoridades: “orientación psicológica para la menor de edad. Referirla a trabajo social. Tomar las medidas que amerite el caso”. Perla María estaba traumada.

Es otra víctima colateral del abuso de autoridad policial. Como ella, de ordinario, los hijos del barrio comparecen en esas mismas condiciones de humillación y vejamen a cualquier dotación de policía. Pero estas víctimas, a diferencia de los ricos del gobierno, que se roban medio país, no tienen voceros en los grandes medios de comunicación de masas.

Alexander iba raudo hacia el hospital en busca de Perla María y de la bebé. Nunca le pasó por la mente que asistía a una cita con la muerte, cuando apenas se abría a la vida. Y menos aún que quien le quitaría la vida sería precisamente quien estaba destinado a protegérsela.

Conforme a un vídeo reproducido por el juez en la audiencia de la medida de coerción, frente al hospital, ajenos a la inminente desgracia, algunos vecinos jugaban al dominó. Frente a ellos, presagiando la llegada de Alexander, cruzo un minibús. Detrás, la quejumbrosa motocicleta de Luis Alberto, y sobre ella, cual jinete cabalgando en solitario, un niño macilento, indefenso e inofensivo.

A su llegada al hospital, antes que la misma se detuviera, detrás de ella, con pasos agiles, se colocó el segundo teniente Rosario Bernardo Joseph; levantó imperturbable su pistola y antes de bajarla, la motocicleta se barría en el pavimento con Alexander a horcajadas.

Luego, tomándolo de un brazo que parecía desprendérsele, arrastró, como a un perro muerto, el cuerpo, aun con vida, del menor, al que con tanto primor asesinara.

Luego, miembros del Dicrim, (un cuerpo especializado de policía) instrumentaron una nota informativa. En ella decían al ministerio público que los hechos se produjeron cuando dos sujetos encapuchados se presentaron al lugar y al cerciorarse de la presencia de la policía hicieron ademanes de desenfundar un arma, lo que los había obligado a hacer el disparo que le había costado la vida a uno de ellos.

Pero la coartada le salió mal… porque todo había quedado gravado en videocámara. No todos los miembros de la policía son delincuentes, lo sabemos, y fuéramos injustos si no lo dijéramos aquí; pero es preocupante que nuestra población carcelaria, decenas de miles dominicanos, son el producto de las versiones de esa policía. Ese es el talón de Aquiles de la seguridad ciudadana, aunque preferimos mirar para otro lado.